A escasos tres meses de las próximas elecciones autonómicas, el presidente de la Junta andaluza lo fía ya todo al contenido emocional, a explotar la empatía y la imagen del perfecto yerno hasta que el cable permita estiramiento sin pasarse de edulcoramiento, jugar al siete y medio con precaución, sin sobrepasar medio punto que lo mande todo a la casilla de salida. De ahí sus continuos efectismos populistas, iniciativas con más bombo y platillo que luces y esa media sonrisa perenne que hace parecer que sobrevuela por encima del común de los mortales con una autosuficiencia rayana en lo cargante. La fina línea que separa al ser empático con la persona jartible (o hartible, adjetivo de uso dialectal en ciertas zonas de Andalucía que describe a una persona cansina y que provoca hartazgo) es tan sinuosa que solo cuando advierten reiteradamente al rey que está desnudo es cuando al fin se ve a sí mismo sin ropaje alguno. Juan Manuel Moreno Bonilla hormiguea continuamente por ese camino a riesgo de caer. De momento, el viento le sopla de cola y lo está aprovechando hasta la extenuación ante el solar yermo de ideas en que se ha convertido el Partido Popular en otras latitudes patrias más allá de su consabido mantra de “derrocar el sanchismo”.

A falta de una gestión contundente sin mácula o con un norte programático perfectamente definible, más allá de la consabida tendencia a contentar al sector privado en las tres patas de las joyas de la corona del sistema público (sanidad, educación y servicios sociales), los gurús que acompañan día y noche los pasos del barón del PP más valorado articulan al detalle el caminito de baldosas amarillas que su líder debe pisar sin margen de error para llevarlo en volandas a las próximas elecciones andaluzas. Hasta ahora, las encuestas le son del todo favorables y solo cunde la duda de si tendrá de nuevo que plegarse a las imposiciones de Vox como ya hizo en 2019, ostentando el dudoso honor de ser el primer alto cargo de la democracia que otorgó poderes en una administración pública a la ultraderecha, pese a esa imagen perenne de hombre centrado, moderado, sosegado, educado en las formas, que solo en contadas ocasiones ha torcido el gesto o sacado los pies del tiesto de la compostura de sonrisa eterna.
Alguna que otra vez las portavoces de PSOE y Por Andalucía han tenido que pararle los pies por su tendencia natural al mansplaining, una evidencia más de que muchos de los gestos del presidente andaluz son más de cartón piedra que de verdadero compromiso
Moreno Bonilla no llega a querer ser aquel Donald Trump que aseguraba arrogante y desafiante que “podría disparar a gente en la Quinta Avenida y no perdería votos”, pero en cierto sentido sí cree poseer esa aureola sobre su cabeza cuando apenas le rozan casos relevantes de dudosa legalidad como los fallidos cribados del cáncer de mama, con 2.371 mujeres afectadas, los presuntos contratos sanitarios irregulares durante la pandemia para favorecer a clínicas privadas, la corrupción que investiga la justicia y acecha a ex dirigentes del PP de Almería, las clamorosas listas de espera de la sanidad pública, la drástica reducción de aulas en la educación pública en detrimento de la concertada, los alarmantes tiempos de espera en las ayudas a la dependencia y un suma y sigue constante que hacen cuestionar el verdadero apego del ejecutivo de Moreno Bonilla por el sistema público, como le echan en cara continuamente los partidos de izquierdas en la oposición sin mucho rédito entre la opinión pública por el momento.

Los asesores más cercanos de Moreno Bonilla han visto un filón en esa imagen supuestamente empática de su líder en Andalucía. Quién les iba a decir a estos mismos que hoy disfrutan de estas condiciones de superioridad que, a las puertas de las decisivas e históricas elecciones autonómicas de diciembre de 2018, ya se hacían cábalas sobre qué hacer con “el pobre Juanma” en caso de una pifia electoral. De hecho, Moreno Bonilla ostenta aún el dudoso honor de ser el primer presidente andaluz con el PP pese a perder las elecciones y haber obtenido el peor resultado del partido en unas andaluzas.
De lo que se trata, en definitiva, es de explotar hasta el límite de lo permisivo la veta humana del hombre público: ese hombre que lloriquea ante el atril durante el Día de Andalucía por las víctimas de la tragedia ferroviaria de Adamuz y que admite que va inmediatamente al psicólogo por los efectos traumáticos que le ha supuesto este accidente con 46 víctimas mortales y 152 heridos, el que reconoce que tiene problemas de insomnio o el que admite en una entrevista ante escolares que no pudo terminar varias carreras universitarias porque tuvo que trabajar pero oculta en currículos oficiales su verdadera formación académica.

En muy contadas ocasiones se ha podido ver la imagen contrariada del líder político que tuerce el gesto, muy pocos en la oposición logran sacarlo de su zona de confort, pese a evidenciar incomodidad cuando José Ignacio García (Adelante Andalucía), Inmaculada Nieto (Por Andalucía) o María Márquez (PSOE) arremeten contra su gestión en los plenos parlamentarios durante las sesiones de control al gobierno.
Alguna que otra vez la portavoz socialista o la de Por Andalucía han tenido que pararle los pies por su tendencia natural al mansplaining, una evidencia más de que muchos de los gestos del presidente andaluz son más de cartón piedra que de verdadero compromiso, de cara a la galería, porque a poco que se rasque en la cáscara se encuentra al verdadero Moreno Bonilla, un hombre encantado con el photocall y las hormigas que le ponen brillando el camino de baldosas amarillas hacia otros cuatro años más habitando en el Palacio de San Telmo. Y para llegar a este objetivo final no dudará un instante en susurrarle de nuevo a una vaca, intercambiar pareceres con un caballo o envolverse como el primero en la blanca y verde como el primer andalucista de pro. Cosas veredes, amigo Sancho.