Benjamín Netanyahu compareció ante sus seguidores en Jerusalén con el discurso de quien se considera vencedor, aunque los resultados electorales todavía no le conceden esa condición. El primer ministro israelí proclamó una «mayoría decisiva» de la derecha, reivindicó sus operaciones militares en Oriente Próximo y anunció su intención de formar un nuevo Gobierno conservador. Sin embargo, las urnas han dejado una realidad bastante menos favorable a sus aspiraciones con un Parlamento fragmentado, dos grandes bloques sin mayoría suficiente y un avance de los partidos árabes que amenaza con alterar los equilibrios políticos sobre los que Netanyahu ha construido buena parte de su poder.
Los sondeos a pie de urna situaban a los bloques encabezados por Netanyahu y por su principal adversario, el exjefe del Estado Mayor Gadi Eisenkot, prácticamente empatados. Las proyecciones de las cadenas Kan 11 y Channel 13 les atribuían 51 escaños a cada uno, lejos de los 61 necesarios para controlar la Knéset, integrada por 120 diputados. Channel 12 concedía una pequeña ventaja al bloque del primer ministro, pero tampoco suficiente para garantizarle la continuidad. El recuento oficial seguía abierto.
La distancia entre las cifras y el relato político resultó especialmente significativa. Netanyahu presentó como una victoria inequívoca lo que, por el momento, constituye una disputa abierta por la formación del próximo Ejecutivo. Su partido, el Likud, mantiene la primera posición entre las fuerzas políticas israelíes, pero esa circunstancia no equivale a disponer de una mayoría parlamentaria ni asegura que el presidente Isaac Herzog termine encargándole la formación de Gobierno.
El dirigente conservador prefirió dirigir sus críticas contra los medios de comunicación, a los que acusó de difundir propaganda y de intentar desmovilizar a sus votantes mediante encuestas desfavorables. El enfrentamiento con la prensa volvió así a ocupar un lugar destacado en una intervención que evitó detenerse en las dificultades parlamentarias que afronta.
Los ciudadanos árabes, decisivos pero excluidos por Netanyahu
El dato políticamente más relevante de la noche electoral puede encontrarse fuera de los dos grandes bloques. Las formaciones de representación árabe y palestina obtendrían entre 17 y 19 escaños, según las distintas proyecciones, frente a los diez de la legislatura saliente. Se trata de un avance que podría convertirlas en protagonistas de las negociaciones para formar Gobierno y que refleja una movilización electoral especialmente significativa entre la población árabe de Israel.
Netanyahu respondió a ese resultado con una descalificación general de sus representantes. Los acusó de antisemitismo, de actuar como enemigos del Estado y de considerar a Hamás una organización salvadora. También rechazó cualquier posibilidad de que el próximo Gobierno dependa de su respaldo parlamentario. Sus declaraciones introducen una cuestión que trasciende la negociación entre partidos. Los ciudadanos árabes de Israel tienen derecho a votar, concurrir a las elecciones y estar representados en el Parlamento, pero el primer ministro plantea que sus representantes deben quedar excluidos de las combinaciones políticas que determinen quién gobierna el país.
La identificación indiscriminada de los partidos árabes con los enemigos de Israel resulta particularmente controvertida en una sociedad donde la pertenencia nacional, la identidad palestina y la ciudadanía israelí conviven en un marco de profundas desigualdades y tensiones históricas. Las posiciones de esas formaciones tampoco son idénticas, por lo que atribuirles colectivamente simpatías hacia Hamás supone borrar diferencias políticas sustanciales.
El avance electoral de la Lista Conjunta y de Ra'am plantea además un problema inmediato para la oposición. Eisenkot podría necesitar algún tipo de entendimiento con estas fuerzas para reunir los apoyos necesarios. La alternativa sería explorar otras alianzas parlamentarias, incluida una fórmula de unidad nacional, aunque las diferencias entre los dirigentes y las exigencias de sus respectivos socios dificultan ese escenario.
No sería la primera vez que Israel atraviesa una situación semejante. Entre 2019 y 2022 celebró cinco elecciones legislativas en un contexto de bloqueo político. La nueva distribución de escaños vuelve a situar al país ante la posibilidad de negociaciones prolongadas e incluso de otra convocatoria electoral si nadie consigue reunir una mayoría.
La elevada participación añade otra dimensión al resultado. Más del 77% del electorado acudió a votar, una de las cifras más altas registradas en Israel durante las últimas décadas. La movilización demuestra la importancia que los ciudadanos conceden a estas elecciones, pero no permite sostener que exista un respaldo mayoritario e inequívoco al proyecto de Netanyahu.
La guerra y la alianza con Trump como argumentos de continuidad
Netanyahu dedicó una parte sustancial de su intervención a presentar las operaciones militares israelíes como prueba de su capacidad de liderazgo. Habló de los cinturones de seguridad establecidos en Gaza y Líbano, de la eliminación de dirigentes enemigos y del debilitamiento de Irán. Describió algunas de esas actuaciones como auténticos «milagros» militares.
El primer ministro volvió a colocar la seguridad nacional en el centro de su discurso electoral. Sin embargo, los éxitos militares que reivindica no resuelven por sí solos las responsabilidades políticas de su Gobierno, ni las consecuencias humanas y diplomáticas de las campañas desarrolladas por Israel.
La ofensiva sobre Gaza, iniciada tras los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023, ha provocado una devastación de enorme magnitud y ha situado la actuación israelí en el centro de un intenso escrutinio internacional. Las cuestiones relativas a la protección de la población civil, el acceso humanitario y el cumplimiento del derecho internacional siguen formando parte del balance de una guerra que Netanyahu presenta fundamentalmente a través de sus objetivos militares.
Tampoco puede separarse ese balance del debate interno israelí sobre los fallos de seguridad que permitieron los ataques de octubre de 2023. La responsabilidad política por lo sucedido y la gestión posterior de la guerra han contribuido a profundizar las divisiones del país, aunque Netanyahu continúa reivindicando su experiencia en materia de seguridad como uno de sus principales activos.
Su rival, Gadi Eisenkot, tampoco representa una ruptura completa con la tradición militar israelí. Fue jefe del Estado Mayor y conoce directamente el funcionamiento de las Fuerzas Armadas. Su candidatura se ha articulado, sobre todo, alrededor de la necesidad de sustituir a Netanyahu y reconstruir la confianza en las instituciones. Tras conocerse las primeras proyecciones, Eisenkot sostuvo que los israelíes habían votado por el cambio y pidió al primer ministro que abandonara la vida política.
El primer ministro también aprovechó su comparecencia para reivindicar la relación con Donald Trump. Se refirió al presidente estadounidense como un aliado extraordinario y anticipó una estrecha colaboración para continuar presionando a Irán, al que describió como una amenaza existencial que Israel tendría ahora una oportunidad excepcional de eliminar.
La alianza con Washington constituye una de las principales bazas internacionales de Netanyahu. Trump ha respaldado públicamente al dirigente israelí, aunque tras las elecciones evitó dar por cerrado el resultado y reconoció que todavía era pronto para establecer conclusiones.
Las referencias a Teherán tampoco fueron casuales. Netanyahu intenta presentar su continuidad al frente del Gobierno como una garantía de firmeza en un Oriente Próximo profundamente transformado por las sucesivas confrontaciones militares. Su advertencia de que las operaciones desarrolladas hasta ahora constituyen solamente el comienzo apunta a la voluntad de mantener esa estrategia.
La cuestión es si ese horizonte de confrontación permanente puede seguir proporcionando la cohesión política que necesita para gobernar. La fortaleza militar que exhibe ante sus seguidores no se traduce automáticamente en una mayoría parlamentaria, y las elecciones han demostrado que una parte considerable de la sociedad israelí busca alternativas a su liderazgo.
A ello se añade el peso de sus socios de extrema derecha, particularmente las formaciones vinculadas a Itamar Ben Gvir y Bezalel Smotrich. Ben Gvir ya ha advertido contra la posibilidad de un Gobierno de unidad con Eisenkot, mientras que Smotrich ha defendido la continuidad de su proyecto político en Cisjordania. Son posiciones que condicionan las opciones de Netanyahu y dificultan cualquier aproximación hacia sectores más moderados.
El resultado electoral obliga, por tanto, a distinguir entre la continuidad del Likud como primera fuerza política y la posibilidad real de que su dirigente conserve el poder. Netanyahu ha construido su intervención sobre la primera circunstancia, dejando en segundo plano la segunda.
La jornada también ha dejado polémica sobre la limpieza del proceso electoral. Según la información publicada por The Guardian, la Comisión Electoral Central rechazó una petición para prolongar la votación y afirmó que no había encontrado pruebas de una manipulación sistemática, frente a las denuncias difundidas por Netanyahu sobre un supuesto intento de arrebatarle las elecciones.
La ausencia de pruebas acreditadas de fraude resulta especialmente relevante cuando las acusaciones proceden del propio jefe del Gobierno, responsable de preservar la confianza en las instituciones democráticas. Netanyahu ha terminado la noche electoral apelando a la unidad de Israel, pero al mismo tiempo ha rechazado la legitimidad política de una parte de sus representantes y ha convertido sus operaciones militares en el argumento central para reclamar un nuevo mandato.
La paradoja es que cuanto más insiste en presentar el resultado como una victoria de la derecha, más evidente resulta que todavía necesita apoyos que las urnas no le han garantizado. Israel ha votado masivamente, pero no ha entregado un cheque en blanco a su primer ministro. La composición definitiva del Parlamento y las negociaciones posteriores determinarán si Netanyahu consigue prolongar su mandato o si la fragmentación política abre una nueva etapa.
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