El Gobierno de Netanyahu olvida el Holocausto y tiende puentes con un partido fundado por miembros de las SS

Las alianzas de Israel con las fuerzas de la ultraderecha europea priman los cálculos políticos por encima del recuerdo del Holocausto y del rechazo visceral de la comunidad judía a unirse con los herederos de sus verdugos

18 de Septiembre de 2026
Actualizado a la 13:25h
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Holocausto Polonia Varsovia
Israel ha perdido los pocos escrúpulos que le quedaban con su diálogo con un partido fundado por miembros de las SS

El ministro de Exteriores israelí, Gideon Saar, ha dejado a medio mundo helado al confirmar que su Gobierno busca un "diálogo sincero" con el Partido de la Libertad de Austria (FPÖ). Sí, han oído bien. Hablamos de una formación fundada en su día por antiguos oficiales de las SS nazis y cuyos líderes actuales aún coquetean, sin ponerse encarnados, con la sombra del Tercer Reich. Un disparate que la propia comunidad judía de Viena denuncia a gritos.

Este volantazo de Jerusalén no es un hecho aislado. Es la jugada desesperada de un Gobierno, el de Benjamín Netanyahu, contra las cuerdas. Tras los brutales atentados de Hamás del 7 de octubre de 2023 y con el avispero de la guerra en Gaza ardiendo, Israel se ha encontrado más solo que nunca en la escena internacional. ¿La solución? Un pragmatismo salvaje. Buscar amigos donde sea y como sea.

Ahí es donde entra la plataforma Patriotas por Europa. Los chicos de Vox, la Liga italiana de Salvini, Le Pen o el húngaro Orbán. El propio partido de Netanyahu, el Likud, acabó sentándose con ellos como observador a principios de 2025. Vistos los cromos, el intercambio estaba cantado. El trato, aunque no esté firmado en papel timbrado, se entiende a la primera.

Para el líder austríaco del FPÖ, Herbert Kickl, la foto con los enviados israelíes es el billete de oro. La lavadora perfecta para blanquear el pasado nazi de su partido y venderse ante los electores como un tipo de fiar, listo para gobernar. Por eso Kickl no dudó en Estrasburgo en condenar el 7 de octubre y tragar con la definición más dura de antisemitismo, esa que salpica a cualquiera que ose criticar las decisiones del Gobierno israelí.

Tel Aviv recibe a cambio de semejante certificado de pureza un regalo envenenado pero suculento. Kickl les regaló los oídos reconociendo la soberanía histórica de Israel sobre Judea y Samaria, es decir, la Cisjordania ocupada, y prometió mudar la embajada austríaca a Jerusalén si llega al poder. Una jugada que la diplomacia internacional evita como la peste por rozar la ilegalidad, pero que en el gabinete de Netanyahu han celebrado como si hubieran ganado la lotería. "Un punto de inflexión histórico", llegó a soltar el ministro israelí para la Diáspora.

Ahora bien, pregunten en Viena. Pregunten a la comunidad judía que encabeza Oskar Deutsch. La consternación es absoluta. Lo sienten como una traición en toda regla, una patada en la boca a la memoria de los seis millones de asesinados por el nazismo.

Pero en este siglo XXI de trazo grueso, los fantasmas del pasado pesan menos que los enemigos del presente. Hoy manda la política del puro interés, esa que no tiene empacho en abrazar a los herederos de las SS con tal de ganar una votación en Bruselas o rascar un titular conveniente. Cuestión de pragmatismo..., nos dirán.

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