La España de Sánchez es el país en el que, aunque las cifras macroeconómicas muestran un crecimiento salarial nominal, la realidad microeconómica revela una desigualdad estructural creciente que pone en cuestión el optimismo gubernamental y destaca la preocupante pérdida de poder adquisitivo de la clase trabajadora frente a la inflación de productos básicos y vivienda.
Uno de los puntos más críticos de la manipulación propagandística del Gobierno Sánchez es el uso del salario medio como indicador de bienestar. El salario medio en España ha experimentado una subida del 32,93%, situándose en torno a los 2.385,60 euros. Sin embargo, este dato es muy engañoso desde una perspectiva de equidad distributiva, ya que más del 60% de los trabajadores españoles perciben una remuneración por debajo de esa cifra.
La verdadera métrica de la realidad social es el salario mediano, aquel que divide a la población exactamente en dos mitades. La brecha es tan profunda que, para que un trabajador del decil más bajo logre alcanzar ese punto medio de la tabla, debería prácticamente duplicar sus ingresos, una barrera que consolida la pobreza salarial como un rasgo persistente del modelo productivo español.
A pesar de los sucesivos incrementos del SMI, que en 2024 se situó en los 1.221 euros mensuales, la realidad de los deciles más bajos es alarmante. Un dato clave es que el 30% de los empleados en España cobran, de media, menos que el Salario Mínimo Interprofesional debido a la alta incidencia de la parcialidad y la precariedad.
En el escalón más bajo de la pirámide, el 10% de la población con menos ingresos percibe apenas 710,20 euros brutos al mes. Mientras tanto, en el extremo opuesto, el decil más alto ha visto cómo su incremento salarial en términos nominales es superior a lo que percibe el 40% de la población trabajadora en su totalidad. Esta dinámica no solo normaliza la desigualdad, sino que vacía de contenido la revalorización salarial de los últimos cinco años, al ser absorbida íntegramente por el coste de la vida.
Por otro lado, un presidente que se ha autocalificado como feminista, permite que las mujeres representen el 73% de los salarios más bajos del país. Aunque el incremento del SMI ha beneficiado especialmente a este colectivo por encontrarse en los tramos inferiores, el avance hacia la igualdad retributiva es extremadamente lento.
A medida que se asciende en la escala de ingresos, la presencia femenina se diluye: solo ocupan el 36% de los puestos en el decil mejor remunerado. Existe un "techo de cemento" salarial provocado no solo por el salario base, sino por los complementos y pluses de disponibilidad, donde las mujeres se ven castigadas por la asunción mayoritaria de las tareas de cuidados y las consiguientes interrupciones o reducciones en su carrera laboral.