La izquierda española atraviesa un momento crucial tras los últimos pésimos resultados en las elecciones autonómicas. El llamado Frente Amplio, concebido como un espacio de coordinación entre fuerzas progresistas para frenar el avance de la derecha y la extrema derecha, se encuentra en punto muerto. Y, según voces de Esquerra Republicana y analistas del espacio progresista, una de las razones principales es la ausencia de un relevo claro para Yolanda Díaz al frente del liderazgo de Sumar.
La vicepresidenta segunda se convirtió en 2023 en la figura más reconocible del espacio a la izquierda del PSOE. Su perfil dialogante, su capacidad para tejer alianzas y su presencia institucional la situaron como un referente capaz de ordenar un territorio político históricamente fragmentado. Sin embargo, el desgaste acumulado en los últimos años, las tensiones internas en Sumar y la pérdida de impulso electoral han debilitado su liderazgo. Hoy, dentro del propio espacio, pocos dudan de que Díaz ya no ejerce el papel de articuladora que tuvo en su momento. Sumar ha perdido su razón de ser como herramienta política, en buena medida por el boicot sistemático de Podemos y de Pablo Iglesias.
El problema es la falta de una figura alternativa capaz de asumir la jefatura de esa coalición sin garantías. Sumar no ha logrado consolidar un liderazgo de segunda línea, y las distintas sensibilidades que lo integran (ecologistas, municipalistas, feministas, exdirigentes de Podemos, independientes) no han encontrado un punto de cohesión. La consecuencia es un vacío político que dificulta cualquier intento de coordinación amplia con otras confluencias como Esquerra, BNG, Compromís, Bildu o la Chunta.
Ese vacío afecta directamente al proyecto de Rufián. El portavoz de Esquerra en el Congreso lleva meses defendiendo la necesidad de un Frente Amplio que agrupe a todas las fuerzas progresistas, desde los partidos territoriales hasta las formaciones estatales. Su argumento es claro: la izquierda no puede permitirse seguir compitiendo entre sí mientras la derecha avanza en territorios clave. Pero para que ese espacio funcione, necesita un interlocutor sólido en Sumar, una figura capaz de comprometer al conjunto del espacio. Y esa figura, hoy por hoy, no existe. Se ha ido barajando una serie de nombres, como Antonio Maíllo (Izquierda Unida); Mónica García y Rita Maestre de Más Madrid; o Pablo Bustinduy y Ernest Urtasun. Todos ellos han ido declinando por el camino y la consecuencia es que, a esta hora, no hay un sucesor claro para Yolanda Díaz.
En Esquerra reconocen que la falta de un liderazgo claro en Sumar ha obligado a Rufián a ralentizar su estrategia. “No se puede construir un frente amplio si uno de los pilares está en reconstrucción”, admiten voces republicanas. La situación genera un dilema: si ERC avanza demasiado deprisa, corre el riesgo de aparecer como fuerza tutelar o de interferir en debates internos ajenos; si avanza demasiado despacio, el proyecto pierde sentido en un contexto político que se mueve con rapidez.
A esta dificultad se suma otro factor: la fragmentación creciente del espacio progresista. Podemos mantiene su propio rumbo, con una estrategia diferenciada y un electorado fiel pero limitado, aunque en las últimas horas la formación morada se ha mostrado dispuesta a negociar el Frente Amplio con Rufián. Por su parte, Sumar intenta recomponerse, pero sin un liderazgo claro. Y los partidos territoriales (Compromís, BNG, CHA, entre otros) observan con cautela cualquier intento de articulación estatal que pueda diluir su identidad. En este escenario, el Frente Amplio de Rufián aparece como una propuesta ambiciosa, pero difícil de materializar sin un mínimo de estabilidad en el resto de actores.
La falta de sucesión en Sumar también tiene implicaciones simbólicas. Yolanda Díaz representó durante un tiempo la posibilidad de una izquierda moderna, transversal y capaz de dialogar con distintos sectores sociales. Su figura permitía imaginar un espacio progresista cohesionado, incluso en medio de las tensiones internas. Sin un relevo claro, esa expectativa se ha desvanecido, y con ella parte del impulso que alimentaba la idea de un frente amplio.
Mientras tanto, el avance de la derecha y la extrema derecha continúa marcando el ritmo político. Las elecciones autonómicas y municipales de los últimos años han mostrado un desplazamiento del mapa político hacia posiciones conservadoras, especialmente en territorios donde la izquierda solía tener presencia significativa. Para Rufián y para sectores de Esquerra, este contexto hace aún más urgente la necesidad de cooperación. Pero la urgencia no basta para resolver los problemas estructurales del espacio progresista.
Algunos analistas señalan que el retraso del Frente Amplio no es solo consecuencia de la falta de sucesión en Sumar, sino también de la dificultad de Esquerra para definir su propio papel en la política estatal. El partido sigue debatiéndose entre su identidad independentista y su voluntad de influir en la política española. Rufián ha intentado conciliar ambas dimensiones, pero no siempre con el respaldo unánime del partido.
A pesar de todo, en Esquerra mantienen que el proyecto no está descartado, sino simplemente en pausa. La expectativa es que, una vez Sumar resuelva su liderazgo (ya sea mediante una figura nueva o mediante una reorganización interna), el diálogo pueda retomarse con más claridad. Mientras tanto, Rufián continúa defendiendo la necesidad de cooperación, consciente de que el tiempo político corre en contra de la izquierda.
En definitiva, la falta de un sucesor para Yolanda Díaz no es solo un problema interno de Sumar: es un obstáculo que retrasa la posibilidad de articular un Frente Amplio capaz de ofrecer una alternativa sólida al avance conservador. Y mientras ese vacío persista, el proyecto de Rufián seguirá esperando su momento. Sumar, a esta hora, resta, no suma.
