El mensaje que Gabriel Rufián lanzó este miércoles no fue una simple intervención en un coloquio. Fue, en realidad, una declaración de intenciones sobre el tipo de combate político que él cree imprescindible para frenar a la extrema derecha. Su advertencia (“ganar provincia a provincia escaños a Vox”) no es solo un diagnóstico electoral, sino una llamada a reorganizar la estrategia de la izquierda ante un escenario que, según él, puede derivar en “ilegalizaciones, encarcelamientos y un sufrimiento social terrible”. Al portavoz de Esquerra se le ha visto en plan estadista, líder, muy alejado del papel de dirigente local que ostenta en Cataluña. Podría decirse que cada vez se le ve más suelto de ataduras y enganchado a la política nacional. Dispuesto a asumir un liderazgo general, no solo regional.
La contundencia de sus palabras revela la profundidad de su preocupación, pero también la urgencia con la que intenta mover a un espacio político que, a su juicio, no está reaccionando con la velocidad necesaria. Rufián no se limita a describir un riesgo; lo dramatiza para subrayar que la amenaza no es una alternancia convencional, sino algo “salvaje” como el fascismo, protagonizado por “imitadores baratos de Milei y Trump”. Su retórica, más emocional que técnica, busca sacudir inercias. Y lo hace incluso a costa de tensar la relación con su propio partido. Cuando afirma que seguiría defendiendo su propuesta “aunque me hicieran dimitir”, está verbalizando un conflicto latente: la distancia entre su visión y la de la dirección de ERC.
“¿Qué sentido tiene que catorce izquierdas representando lo mismo nos presentemos en el mismo sitio?”, se preguntó Rufián, que animó a la movilización general “porque si no, nos van a fusilar políticamente por separado”. Y añadió: “Cada uno en su casa y antifascismo, derecho a la autodeterminación y dignificación de las condiciones de vida en las de todos. Y grupo interparlamentario coordinado en común”, agregó mientras argumentaba su propuesta. “Tenemos mucho más que nos une de lo que nos separa y luego programa, programa, programa, que es vivienda, vivienda y vivienda”, apostilló recordando a Julio Anguita. Esa vuelta a las esencias de la izquierda, tras experimentos con gaseosa supuestamente renovadores o modernizadores que no han funcionado, se ha convertido en una de las señas de identidad del discurso del dirigente catalán.
Junto a Emilio Delgado, diputado de Más Madrid, Rufián se reunió con una constelación de diversas fuerzas: Movimiento Sumar, IU, Comuns, la Chunta, Compromís y otros actores del espacio progresista. La presencia de representantes de tantas formaciones, aunque no de todas, muestra que la propuesta despierta interés, aunque también resistencias. No obstante, la curiosidad pudo más que los intereses particulares de cada organización política, de modo que acudieron prácticamente todos. Solo por eso, solo por ese intento de superar la división y el cainismo, el tradicional Frente de Judea, mereció la pena el histórico acto en la sala Galileo de Madrid.
Su mensaje central (que no pide a nadie renunciar a sus siglas ni a su identidad) apunta a un problema estructural de la izquierda: la dificultad para cooperar sin que cada actor sienta que pierde algo esencial. Rufián intenta desactivar ese miedo insistiendo en que la clave no es el “quién”, sino el “cómo”. Es decir, no se trata de quién lidera, sino de cómo se organiza la estrategia electoral para competir con Vox en el terreno donde la extrema derecha ha demostrado mayor eficacia: la implantación territorial. Es decir, la matemática antes que nada, ya que sin números, sin escaños, sin diputados, la izquierda queda en meras palabras y discusiones bizantinas. Algo se está empezando a hacer bien.
Su insistencia en la necesidad de “orden, eficiencia y método provincia a provincia” es una crítica implícita a la fragmentación y al tacticismo que han caracterizado a la izquierda en los últimos años. Para él, la batalla no se gana con tuits ni con gestos simbólicos, sino con una arquitectura electoral precisa, casi quirúrgica. Es un enfoque pragmático que contrasta con la tendencia habitual del espacio progresista a priorizar debates identitarios o programáticos antes que la ingeniería electoral.
La reacción de IU ilustra bien las tensiones que genera esta propuesta. Aunque la formación se declara siempre dispuesta a debatir sobre la unidad, fuentes de la formación subrayan que en un principio decidieron no participar porque no recibieron invitación formal. La explicación es protocolaria, pero el subtexto es político: IU defiende que la unidad debe construirse con “perseverancia y solvencia”, no con iniciativas que puedan interpretarse como impulsos momentáneos. Su referencia a los “fuegos artificiales” es una forma de marcar distancia sin romper puentes.
Podemos, por su parte, opta por minimizar el encuentro. Fuentes moradas reducen el acto de Rufián a “una charla” y recuerdan que ya hay precampaña en Castilla y León. La frialdad de esta respuesta refleja la desconexión entre Podemos y el resto de actores que se mueven en torno a Sumar y a las nuevas propuestas de cooperación. El partido morado, inmerso en su propio proceso de reconstrucción, no parece dispuesto a integrarse en dinámicas que no controla. Sin embargo, Rufián los quiere en el mismo barco. “Quien crea que esta gente sobra, se equivoca”.
En contraste, Movimiento Sumar, Más Madrid y los comunes sí consideran relevante estar presentes. Para Sumar, en particular, el acto encaja con su narrativa de construir un espacio amplio y plurinacional. Sus integrantes lo expresan con claridad: el debate responde a una inquietud real y forma parte de la búsqueda de un horizonte compartido entre las izquierdas transformadoras. La presencia del partido de Yolanda Díaz no es solo simbólica; es una forma de reforzar su papel como articulador de alianzas. A la ministra de Trabajo le ha gustado la letra de la canción de Rufián.
El propio líder soberanista celebró que IU finalmente acudiera tras recibir invitación. Su mensaje (“a mí no me van a escuchar rajar de nadie”) intenta proyectar una imagen de generosidad política, consciente de que cualquier gesto de confrontación interna podría debilitar su propuesta. Incluso justificó su ausencia en el acto del sábado organizado por Sumar alegando motivos de agenda, no discrepancias políticas.
Ese acto del sábado, donde Sumar, Más Madrid, los comunes e IU oficializarán su intención de concurrir juntos a las próximas generales bajo un nuevo proyecto, es el otro gran movimiento en el tablero. Rufián observa ese proceso desde fuera, pero su propuesta de un frente amplio aspira a ir más allá: no solo unir a las fuerzas que ya cooperan, sino incorporar también a partidos nacionalistas e independentistas. Es una ambición mayor, pero también más difícil.
La ausencia de ERC en su propio acto es el síntoma más evidente de esa dificultad. Rufián evita criticar a su partido, incluso cuando se le pregunta por Junqueras. Su respuesta (“a Junqueras le invité a mi boda, ¿cómo no lo voy a invitar a todo?”) mezcla humor y diplomacia para esquivar un conflicto abierto. Pero la realidad es que ERC no comparte su estrategia. La dirección republicana prioriza la agenda catalana y desconfía de cualquier iniciativa que pueda diluir su perfil propio en un frente estatal.
El comentario de Rufián sobre que habla con Junqueras “cada día” y que este solo le ha dicho que “en Madrid hace peor tiempo que en Barcelona” es una forma elegante de reconocer que la conversación sobre su propuesta no avanza. La reunión “rutinaria” que Junqueras tenía ese mismo día con los diputados del grupo añade un matiz más: ERC está gestionando internamente las tensiones que la iniciativa de Rufián ha reactivado.
En el fondo, lo que este episodio revela es una disputa estratégica dentro de la izquierda: cómo enfrentar a Vox, cómo organizar la cooperación y qué papel debe jugar cada actor. Rufián propone un método; otros priorizan preservar identidades o procesos propios. La discusión no es nueva, pero su intensidad actual refleja el momento político: la extrema derecha crece, la izquierda se fragmenta y el tiempo para reaccionar se acorta.
