Gabriel Rufián, portavoz en el Congreso de ERC, no acudirá el sábado al acto de Izquierda Unida, Movimiento Sumar, Más Madrid y Comunes, según ha desvelado este lunes una fuente de su entorno. Enviados de estas organizaciones sí asistirán a su charla del miércoles junto al diputado de la Asamblea de Madrid Emilio Delgado, a excepción de IU, que dice no haber recibido invitación.
¿Qué ha pasado en las últimas horas? Rufián lleva semanas reclamando un frente amplio de izquierdas para frenar a Vox y a la primera reunión no acude. Y no solo eso, ahora se descuelga con que él “ya tiene casa” y recuerda que su idea solo engloba a partidos soberanistas, independentistas y regionalistas.
Por Madrid corre el rumor que la cúpula de Esquerra le ha cortado las alas a Rufián, que por primera vez en mucho tiempo había logrado despertar la ilusión en la desnortada y cainita izquierda española. Sin duda, la propuesta del portavoz de ERC de crear un Frente Popular a escala estatal había abierto un nuevo foco de tensión dentro de Esquerra Republicana de Catalunya. Lo que el portavoz en el Congreso presentó como una iniciativa estratégica para frenar el avance de la derecha y recomponer puentes con el espacio progresista español ha sido recibido en la dirección del partido con una mezcla de incomodidad, recelo y preocupación. Para ERC, que atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia reciente, el movimiento de Rufián llega en el peor momento posible y amenaza con reabrir debates internos que la formación intentaba mantener bajo control.
El pulso entre el político y la dirección del partido ha provocado tensión en las filas republicanas, pero la cúpula está convencida que este choque no acabará en ruptura. Así lo sostienen múltiples fuentes de ERC consultadas por Efe, que no esconden que la insistencia de Rufián con esta propuesta no avalada por el partido ha tensado mucho el ambiente, tanto en la dirección como entre cuadros intermedios. Aunque muchos creen que “se ha pasado”, en la ejecutiva mantienen la confianza en su cabeza visible en Madrid, como verbalizó la misma secretaria general, Elisenda Alamany, el pasado lunes: “Si él quiere ser candidato lo será, y tiene todas las ganas”.
La idea de un frente de izquierdas no es nueva en la política española, pero sí lo es que provenga de un dirigente de ERC con tanta visibilidad mediática. Rufián, que desde hace años ha construido un perfil propio en Madrid, ha intensificado contactos con formaciones progresistas y ha defendido públicamente la necesidad de coordinar estrategias para frenar el avance de Vox y la radicalización del PP. Su planteamiento, más allá de su contenido, ha sido interpretado dentro del partido como un gesto unilateral que desborda los marcos tradicionales de decisión de ERC.
La dirección republicana, encabezada por Oriol Junqueras y Marta Rovira, ha reaccionado con cautela. Oficialmente, ERC ha evitado desautorizar a Rufián, pero en privado varias voces admiten que la iniciativa ha generado malestar. El partido se encuentra en plena redefinición estratégica tras los malos resultados electorales y la pérdida de influencia institucional. En este contexto, cualquier movimiento que pueda interpretarse como un giro hacia la política estatal despierta suspicacias. ERC lleva años insistiendo en que su prioridad es Cataluña, la reconstrucción del espacio independentista y la defensa de una agenda propia. La propuesta de Rufián, en cambio, parece situar el foco en Madrid y en alianzas que no forman parte del plan inmediato de la dirección.
El choque no es solo estratégico, sino también identitario. ERC ha construido su relato sobre la idea de que su papel en la política española es instrumental: negociar, condicionar, arrancar avances y defender los intereses de Cataluña. La idea de un frente de izquierdas, aunque pueda tener componentes tácticos, implica una forma de integración política que muchos dirigentes republicanos consideran incompatible con la identidad del partido. Para ellos, Rufián corre el riesgo de diluir el perfil propio de ERC en un espacio progresista estatal que no siempre ha entendido las demandas del independentismo.
Además, la iniciativa llega en un momento en el que ERC intenta recomponer su relación con Junts y con el conjunto del movimiento independentista. Tras años de enfrentamientos internos, los republicanos buscan reconstruir puentes y evitar nuevos motivos de fricción. La propuesta de Rufián, sin embargo, puede interpretarse como un gesto que aleja a ERC de ese objetivo, ya que sitúa al partido en un terreno donde Junts no está dispuesto a entrar. Para sectores del independentismo, cualquier aproximación a un frente de izquierdas estatal es vista como una renuncia a la agenda nacional catalana.
Las tensiones también tienen una dimensión orgánica. Rufián ha consolidado un liderazgo propio en Madrid, con un estilo comunicativo directo y una presencia mediática que a menudo eclipsa a otros dirigentes del partido. Su autonomía política ha sido tolerada mientras ERC mantenía una posición fuerte en Cataluña, pero en un momento de debilidad interna, la dirección teme que iniciativas como esta puedan erosionar aún más la cohesión del partido. Algunos cuadros territoriales consideran que Rufián actúa con excesiva independencia y que su propuesta responde más a su propio posicionamiento político que a una estrategia colectiva.
Por otro lado, la iniciativa ha generado debate entre las bases. Una parte del electorado de ERC, especialmente el más joven y urbano, ve con buenos ojos la idea de coordinar esfuerzos con otras fuerzas progresistas para frenar a la derecha. Otro sector, más vinculado al independentismo clásico, considera que la propuesta es una distracción que aleja al partido de sus objetivos nacionales. Esta división refleja la tensión histórica dentro de ERC entre su alma independentista y su alma socialdemócrata.
La dirección del partido se encuentra así ante un dilema. Desautorizar públicamente a Rufián podría abrir una crisis interna y debilitar aún más la imagen del partido en Madrid. Pero permitir que la iniciativa avance sin control podría generar confusión estratégica y alimentar la percepción de que ERC carece de rumbo. Por ahora, la respuesta ha sido intentar rebajar el alcance de la propuesta, presentándola como una reflexión personal de Rufián más que como una línea política del partido.
Mientras tanto, el propio Rufián ha defendido su planteamiento insistiendo en que no pretende sustituir la agenda independentista, sino complementarla. Según su visión, la izquierda catalana no puede aislarse del contexto estatal y debe participar en la construcción de mayorías progresistas que permitan avanzar en derechos sociales y en la desjudicialización del conflicto catalán. Sus palabras, sin embargo, no han logrado disipar las dudas dentro del partido.
El episodio revela una tensión de fondo que ERC arrastra desde hace años: su doble condición de actor clave en la política catalana y de fuerza decisiva en la política española. La propuesta de Rufián ha actuado como catalizador de ese conflicto interno, obligando al partido a replantearse su papel en un momento de máxima fragilidad. Lo que está en juego no es solo una iniciativa puntual, sino la definición del proyecto político de ERC en los próximos años.
Por ahora, el frente de izquierdas de Rufián ha servido para poner sobre la mesa un debate que la dirección prefería evitar. Y ha evidenciado que, en un partido acostumbrado a gestionar equilibrios delicados, cualquier movimiento fuera del guion puede desencadenar tensiones profundas. El tiempo dirá si ERC logra reconducir la situación o si este episodio marca el inicio de un nuevo ciclo de disputas internas.
