El periodista Antonio Maestre lo tiene claro: “El PSOE tiene un riesgo cierto de italianización y de terminar como el PCI. Ahora mismo no tiene sentido pensar en las próximas elecciones, hay que pensar en un proyecto a largo plazo, a diez años”, asegura el analista conocedor del mundo de la izquierda en España.
La hecatombe socialista de Extremadura, uno de los tradicionales graneros de votos del PSOE, nos lleva a pensar en dos opciones: una refundación del partido o una apuesta por el continuismo que solo conduce a la languidez y a la decadencia, quizá a la liquidación del gran proyecto socialista del siglo y medio de historia. Maestre habla de la desaparición del gran partido de izquierdas italiano hoy condenado a la intrascendencia, pero hay más casos de formaciones socialistas que hoy ya no pintan nada en Europa: la crisis del Partido Socialista francés (PS) y del PASOK griego, dos de los colapsos más estudiados de la socialdemocracia contemporánea.
El PS francés pasó en pocas décadas de gobernar Francia a convertirse en una fuerza marginal. Tras su derrota presidencial de 2017, el partido entró en una “larga caída al abismo”, hasta el punto de verse obligado a vender su sede histórica y buscar un nuevo liderazgo. Hoy las gloriosas victorias de François Mitterrand forman parte del pasado. La gran fuerza de centroizquierda y socialdemócrata del país galo ya no está en manos de una sola fuerza. El espectro se ha fragmentado y repartido entre varias opciones. La presidencia de François Hollande (2012-2017) generó descontento tanto en la izquierda como en el centro. Las reformas percibidas como demasiado liberales alejaron a su base tradicional. La pérdida de implantación territorial (caída en afiliación, alcaldías y presencia parlamentaria), los casos de corrupción y la dificultad para definir un proyecto coherente entre socialdemocracia clásica, ecologismo y políticas promercado, pasaron factura. La fragmentación del espacio progresista y el ascenso de La France Insoumise (Mélenchon) por la izquierda terminaron por desangrar el partido. El surgimiento de En Marche! (de Macron), ocupando el centro reformista, solo fue la puntilla final. Hoy, desarbolado el partido socialista francés, la extrema derecha de Marine Le Pen llama a las puertas del Elíseo.
Otro tanto pasó con la crisis del PASOK en Grecia. El partido socialista heleno vivió un colapso aún más drástico, hasta el punto de que se acuñó el término “pasokización” para describir la desaparición súbita de un partido socialdemócrata tradicional. En 2009 ganó las elecciones con el 43,9% de los votos. En 2015 cayó al 4,7%, un desplome sin precedentes en Europa occidental. La gestión de la crisis financiera, los duros programas de ajuste de Papandreu, los recortes, los rescates bancarios, más los sempiternos casos de corrupción y clientelismo (los escándalos siempre pasan más factura a la izquierda que a la derecha), asestaron un duro golpe a su credibilidad. Amplios sectores percibieron al PSOK como responsable directo de la crisis económica griega. Fue entonces cuando el ascenso de Syriza remató al partido. La izquierda radical canalizó el descontento social y ocupó el espacio del PASOK.
Dos años después de la caída del bloque socialista, el Partido Comunista Italiano se autodisolvió en su XX Congreso. Había sufrido una cruenta operación de desprestigio desde la derecha italiana y la OTAN a través de la Operación Gladio. ¿Cómo pudo ser que el gran partido que ganaba de forma arrolladora desapareciera del mapa político? Había perdido la conexión con su electorado y con la realidad. El Partido Comunista Italiano (PCI) fue durante décadas el más grande y exitoso de Occidente, con millones de afiliados y un peso político enorme. Sin embargo, el 3 de febrero de 1991 dejó de existir, un hecho que sorprendió incluso a muchos de sus militantes.
Su desaparición dio lugar a una nueva formación: el Partido Democrático de la Izquierda (PDS), que buscaba alejarse del comunismo clásico y acercarse a la socialdemocracia. Una parte de los militantes rechazó este giro y fundó el Partido de la Refundación Comunista (PRC). Las causas de la desaparición del PCI fueron múltiples y acumulativas: crisis del comunismo internacional (caída del Muro de Berlín y colapso de la URSS, que generaron una crisis de identidad profunda en todos los partidos comunistas); transformaciones internas hacia la moderación; pérdida de hegemonía social; y dificultad para gobernar. Aunque el PCI llegó a tener hasta tres millones de afiliados y un enorme arraigo social, su base se fue erosionando con los cambios económicos y culturales de los años 80.
El riesgo de “pasokización”, escisión o de refundación poco satisfactoria planea sobre el PSOE de Pedro Sánchez. La falta de autocrítica de la dirección de Ferraz resulta alarmante. Ese mensaje de “estamos más fuertes que nunca”, proferido por la portavoz del partido, Montse Mínguez, parece la afirmación de un loco iluminado que ya no está en este mundo. “Sobra autoengaño y falta autocrítica”, dice García-Page, y ahí tiene razón el barón manchego.
El PSOE podría perder parte de su espacio sociológico tradicional si no interpreta bien las demandas de sus votantes. Cuando España reclama un plan de vivienda que termine con los abusos en los alquileres, resulta un sarcasmo presentar un bono transporte como alternativa. Esa desconexión social está en el origen del mal. Los sondeos y encuestas de Tezanos en los que el PSOE siempre sale bien parado, por delante del PP con holgada ventaja, no son más que cortinas de humo que impiden ver la cruda realidad de que el partido ha perdido el poder territorial en casi todo el país. No se pueden ganar unas elecciones generales sin implantación electoral en las comunidades autónomas. Por no hablar de la preocupante carencia de un programa social y económico ambicioso, realmente de izquierdas, y de los casos de corrupción como la trama Koldo, que no ha hecho más que comenzar a soltar basura de los dirigentes del partido. Ese affaire no está para nada encapsulado, como se empeña en asegurar Moncloa, más bien al contrario, supura escándalos cada día. El sanchismo se antoja un proyecto agotado y ha llegado la hora de abrir un proceso de renovación desde la autocrítica y la reflexión.
Aunque el PSOE sigue manteniendo una base social relativamente estable, pesa sobre el partido la sombra de la pérdida de masa electoral. De momento, la izquierda alternativa no ha sustituido al PSOE, lo que da un respiro al partido. Podemos y Sumar han tenido su momento, pero no han logrado o no han sabido ocupar y consolidar el espacio de la izquierda como sí ocurrió en Francia y Grecia. La “pasokización” del PSOE es un riesgo real. Haría bien Sánchez en no tomarse el problema a broma.
