El pasado jueves, durante la charla sobre el Frente Amplio organizada en Barcelona, Gabriel Rufián aseguró: “El problema no son los fascistas, son los neutrales”. Una vez más, el portavoz parlamentario de Esquerra puso el dedo en la llaga. Con esa sentencia lapidaria para la historia, Rufián condensó una crítica política que aparece cíclicamente en momentos de tensión social. No es una línea nueva de pensamiento, pero sí una que reaparece cuando una parte de la ciudadanía percibe que ciertos consensos democráticos se erosionan mientras una mayoría silenciosa observa sin intervenir. La afirmación apunta a un fenómeno incómodo: la pasividad como forma de complicidad.
En el siglo XX, varios episodios demostraron que la pasividad ciudadana puede erosionar una democracia desde dentro. En la Alemania de los años treinta, por ejemplo, el ascenso del nazismo no se debió únicamente al apoyo explícito de sus simpatizantes, sino también a la inacción de amplios sectores que, pese a desconfiar de Hitler, asumieron que las instituciones resistirían por sí solas. Algo similar ocurrió en la Italia de Mussolini, donde la indiferencia de las élites liberales permitió que el fascismo consolidara su poder tras la Marcha sobre Roma. Incluso en contextos más recientes, como el golpe de Estado en Chile en 1973, la desmovilización de parte de la ciudadanía y la confianza excesiva en la estabilidad institucional facilitaron que los sectores golpistas impusieran su proyecto. Estos episodios muestran que la democracia no suele caer por un arrebato repentino, sino por una acumulación de silencios, renuncias y neutralidades que dejan vía libre a quienes sí actúan con determinación.
A lo largo de la historia, los movimientos autoritarios han prosperado no solo por la fuerza de sus seguidores, sino por la inacción de quienes, sin compartir sus postulados, tampoco se oponen a ellos. La neutralidad, en este sentido, no es un espacio vacío; es un terreno fértil donde puede crecer cualquier proyecto político que se presente con suficiente determinación. La frase de Rufián señala precisamente esa zona gris donde se diluyen responsabilidades y donde frases como “yo no me meto” o “yo paso de la política” o “todos los políticos son iguales” se convierte en un escudo que evita tomar partido incluso cuando los valores democráticos están en juego.
La neutralidad suele presentarse como una postura razonable, casi virtuosa. En un clima político polarizado, quien se declara neutral parece situarse por encima del conflicto, como si la distancia garantizara objetividad. Sin embargo, esta visión ignora que no todos los conflictos son simétricos. Hay momentos en los que la equidistancia deja de ser prudencia y se convierte en una forma de permitir que otros decidan por uno. Cuando una parte del tablero político cuestiona derechos fundamentales, instituciones o libertades, la neutralidad no es un refugio inocuo: es una renuncia a defender aquello que se da por sentado.
La frase de Rufián también interpela a quienes consideran que la democracia es un mecanismo automático, capaz de sostenerse por sí mismo sin la participación activa de la ciudadanía. Pero la democracia no es un mueble que se deja en un rincón y permanece intacto; es un sistema que exige vigilancia, implicación y, en ocasiones, posicionamiento claro. La democracia se riega como una planta o se marchita. La democracia se defiende o muere. La neutralidad puede ser legítima en debates técnicos o en cuestiones donde las consecuencias son menores, pero cuando lo que está en juego es la igualdad, la convivencia o el respeto a las minorías, la indiferencia deja de ser una opción neutra.
Además, la neutralidad tiene un efecto político concreto: desplaza el centro del debate hacia quienes sí actúan. Si un grupo minoritario pero movilizado empuja el discurso público hacia posiciones extremas, y la mayoría permanece inmóvil, el resultado es un desplazamiento del marco democrático. No hace falta que la mayoría apoye esas ideas; basta con que no las enfrente. La historia reciente ofrece múltiples ejemplos de cómo movimientos radicales han ganado espacio gracias a la apatía generalizada.
La frase de Rufián, por tanto, funciona como advertencia. No señala únicamente a los extremistas (que, en cualquier sociedad, representan una parte limitada del espectro político) sino a quienes, por comodidad, desafección o cansancio, optan por no intervenir. En un contexto donde la crispación política convive con la desinformación y el desgaste institucional, la tentación de retirarse y declararse neutral es comprensible. Pero esa retirada tiene consecuencias colectivas.
La democracia se sostiene sobre la participación, no sobre la indiferencia. Y aunque no todas las personas tienen por qué militar, manifestarse o debatir activamente, sí existe una responsabilidad mínima: reconocer cuándo la neutralidad deja de ser una postura personal para convertirse en un vacío que otros llenarán. La frase de Rufián no obliga a nadie a adoptar una ideología concreta, pero sí invita a reflexionar sobre el papel que cada ciudadano desempeña, incluso cuando cree no estar desempeñando ninguno.
