El preocupante lenguaje xenófobo y fascista de Alberto Núñez Feijóo

El líder del PP vincula inmigración con ideas como "invasión", "terrorismo" y delincuencia", conceptos empleados por regímenes totalitarios para generar miedo en la población

20 de Marzo de 2026
Actualizado a las 9:42h
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Feijóo en una imagen de archivo
Feijóo en una imagen de archivo

Feijóo ya no tiene complejos a la hora de vincular inmigración con delincuencia (incluso con terrorismo), un mensaje repudiable desde el punto de vista de la democracia y los derechos humanos. Ayer, el líder del PP vinculaba la regularización de migrantes anunciada por el Gobierno con un eventual “efecto llamada” en un momento en el que hay “una alerta antiterrorista creciendo en suelo europeo” por la guerra en Oriente Medio. Es decir, dos ideas nauseabundas (que los extranjeros nos invaden y que la delincuencia nos la traen los de fuera) en un mismo párrafo.

La afirmación de Feijóo es radicalmente falsa. Solo 1 de cada 8 habitantes es de nacionalidad no española. La mayoría de delitos en España son cometidos por personas de nacionalidad española. En el fondo, lo que hace el dirigente conservador es agitar el fantasma del odio al diferente. La asociación entre inmigración, invasión y delincuencia forma parte de un repertorio retórico que los movimientos fascistas y ultranacionalistas han utilizado durante más de un siglo para construir enemigos internos, movilizar el miedo y justificar políticas autoritarias. Aunque el contexto histórico cambia, la lógica es siempre la misma: presentar a un grupo vulnerable como una amenaza existencial para la nación. Entender por qué este discurso tiene raíces fascistas es fundamental para reconocer sus implicaciones y evitar que se normalice. Por tanto, la afirmación de Feijóo solo puede tener un objetivo: no perder votos entre al sector ultra de la población que simpatiza con Vox.

En primer lugar, la idea de “invasión” (ampliamente difundida por Vox y aplicada a personas migrantes) transforma un fenómeno social y consustancial al ser humano (la movilidad) en un acto militar. No se habla de familias que buscan oportunidades, de trabajadores que cubren sectores esenciales o de personas que huyen de conflictos, sino de una fuerza hostil que pretende ocupar un territorio. Este lenguaje no es casual. En los años 20 y 30 del siglo XX, los movimientos fascistas europeos ya utilizaban expresiones como “contaminación”, “desbordamiento” o “sustitución” para describir la llegada de minorías étnicas o religiosas. El objetivo era generar alarma y presentar la diversidad como un peligro para la identidad nacional. Hoy toda esa basura ideológica la resucita el trumpismo con consecuencias nefastas para el mundo.

En segundo lugar, vincular inmigración con delincuencia responde a un mecanismo clásico de estigmatización. Numerosos estudios sociológicos y criminológicos han demostrado que las tasas de criminalidad no aumentan por la presencia de población migrante. Sin embargo, los discursos extremistas insisten en esta asociación porque permite construir un relato emocionalmente potente: el extranjero como amenaza directa a la seguridad personal. Esta narrativa simplifica la realidad y oculta factores estructurales como la desigualdad, la precariedad o la falta de oportunidades, que afectan tanto a personas migrantes como autóctonas.

Históricamente, el fascismo ha necesitado crear chivos expiatorios para cohesionar a sus seguidores. La figura del “otro peligroso” (ya fueran judíos, gitanos, comunistas o migrantes) servía para justificar políticas represivas y para desviar la atención de los problemas reales. En la actualidad, la retórica que presenta a los inmigrantes como delincuentes cumple una función similar: canaliza frustraciones sociales hacia un grupo vulnerable y evita abordar debates más complejos sobre vivienda, empleo o servicios públicos. Convierte al migrante en el primer culpable de los males de la patria.

Otro elemento característico de esta visión es la idea de que la nación es un cuerpo homogéneo que debe protegerse de influencias externas. Esta concepción esencialista, integrista, de la identidad nacional, es uno de los pilares del pensamiento fascista. En lugar de entender la sociedad como un espacio plural y dinámico, se la concibe como una unidad cerrada que debe defenderse de cualquier alteración. Bajo esta lógica, la inmigración no es un fenómeno normal en un mundo globalizado, sino una amenaza que pone en riesgo la “pureza” cultural o étnica del país.

Además, el discurso que vincula inmigración con invasión suele ir acompañado de propuestas políticas que restringen derechos fundamentales: controles policiales selectivos, limitaciones al acceso a servicios básicos, internamientos o expulsiones aceleradas. Estas medidas, justificadas en nombre de la seguridad, reproducen patrones autoritarios que recuerdan a los regímenes fascistas del siglo XX. La historia demuestra que cuando se empieza a recortar derechos a un grupo concreto, el deterioro democrático termina afectando al conjunto de la sociedad.

Por último, es importante señalar que este tipo de discursos no solo estigmatizan a las personas migrantes, sino que también polarizan a la ciudadanía. La retórica del miedo divide, enfrenta y dificulta la convivencia. Frente a ello, numerosos organismos internacionales y expertos en derechos humanos insisten en la necesidad de abordar la inmigración desde una perspectiva basada en datos, no en prejuicios, y en políticas que favorezcan la integración, la igualdad y la cohesión social.

En definitiva, vincular inmigración con invasión y delincuencia no es solo una simplificación peligrosa: es una idea con raíces profundas en la tradición fascista. Su objetivo no es describir la realidad, sino manipularla para generar miedo, justificar exclusiones y debilitar los valores democráticos. Reconocer este patrón es el primer paso para construir un debate público más justo, más informado y más respetuoso con la dignidad humana. No cabe duda, Feijóo se abraza a un lenguaje xenófobo y fascista.

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