Santiago Abascal está haciendo sudar sangre a Alberto Núñez Feijóo tras las sucesivas batallas por los gobiernos regionales. Las citas con las urnas autonómicas de Extremadura, Aragón y Castilla y León han reforzado a Vox y ahora los populares tienen que tragar y pasar por el aro ante las exigencias de los ultras. Es evidente que Abascal tiene la sartén por el mango y si María Guardiola, Azcón y Mañueco quieren gobernar tendrán que aceptar todo el ricino del programa voxista. Y decimos todo porque el dirigente de Vox no tiene ninguna intención de negociar nada ni de ceder en nada. Está en la estrategia totalitaria y agresiva del trágala. Él pone sus cartas encima de la mesa y dice aquello de “esto son lentejas”, y si el PP local de turno no firma, sin problema, se repiten elecciones, que es lo que quieren los ultraderechistas, y hasta que salgan ellos o haya un sorpasso. Así se doblega la democracia.
Pese a que pueda parecer lo contrario, es Abascal quien manda. Y lo que está haciendo con el PP no es negociar, sino marear la perdiz, dar y quitar, una de cal y otra de arena y piano piano. Que pase el tiempo, que juega a favor de Vox. En definitiva, lo que está haciendo el jefe ultra es trolear a Feijóo, mangonearlo, zarandearlo como un pelele. Humillarlo. El gallego, entre impaciente y frustrado y harto de ser tratado como un donnadie, estalló ayer con un “ya está bien” para la historia. Feijóo se queja de que el partido verde solo pone le “excusas” para no cerrar los tratos en las diferentes autonomías, pero, ¿qué esperaba? Está alternando con el monstruo que él mismo ha alimentado, un ente que va ya por libre, al margen de las reglas del juego democrático. Vox es un partido antisistema, rupturista, y ya ni siquiera acata la autoridad del rey Felipe VI. Cualquier día da el golpe definitivo y da por enterrado el Régimen del 78 para pasar a la fase trumpista en la convulsa evolución de la historia.
En los últimos días, Abascal ha desafiado a Feijóo no pocas veces. El líder de Vox ha conseguido proyectar una imagen de fuerza en contraste con la prudencia (o tibieza, según sus críticos) del presidente del Partido Popular. Y es precisamente en esa comparación donde algunos consideran que Abascal ha “humillado” políticamente a Feijóo, al menos en términos de narrativa y percepción pública.
El detonante ha sido la estrategia adoptada por Vox ante los últimos movimientos del PP. Mientras Feijóo intenta mantener un equilibrio complejo entre moderación, pactos territoriales y presión interna, Abascal opta por un discurso contundente, sin matices, que busca capitalizar el descontento de una parte del electorado conservador. Mientras Feijóo llama al acuerdo, Vox se ríe del diálogo y aprieta el acelerador del rupturismo. Su mensaje, directo y sin concesiones, ha resonado especialmente entre quienes perciben que el PP se mueve con excesiva cautela en un momento que consideran crítico para España. Lo que queda es la imagen de que quien manda es Vox mientras el PP transmite la sensación de partido débil y segundón.
La clave del episodio no reside únicamente en lo que Abascal ha dicho, sino en cómo lo ha dicho y cuándo. Vox ha sabido aprovechar un clima político crispado para presentarse como la única fuerza dispuesta a plantar cara sin complejos. En contraste, Feijóo aparece atrapado entre la necesidad de ampliar su base electoral y la presión de sectores que le exigen una oposición más agresiva. Esa tensión interna se ha hecho visible, y Abascal no ha dudado en explotarla.
En política, la percepción lo es casi todo. Y en este caso, la percepción dominante en ciertos círculos es que Abascal ha logrado marcar la agenda, obligando al PP a reaccionar en lugar de liderar. Para un partido que aspira a gobernar, verse arrastrado por la iniciativa de un competidor menor (en términos de representación parlamentaria) supone un desgaste evidente. Es algo letal. Feijóo, que había construido su imagen sobre la idea de solvencia y control, se ha visto desplazado a un papel defensivo, secundario, menor.
La capacidad de Abascal para conectar emocionalmente con una parte del electorado que se siente frustrada preocupa y mucho en Génova 13. Mientras Feijóo apuesta por un discurso institucional, Abascal se dirige a las tripas, no a la cabeza. Y en tiempos de polarización, ese tipo de comunicación suele tener un impacto inmediato. Vox ha convertido cada gesto del PP en una oportunidad para reforzar su relato: el de un partido que no se pliega, que no negocia, que no teme el conflicto.
Esto no significa que la estrategia de Abascal sea necesariamente más eficaz a largo plazo. Pero sí ha logrado, en este episodio concreto, situarse en una posición de ventaja simbólica. Feijóo, por su parte, parece atrapado en un dilema: si endurece su discurso, corre el riesgo de perder el perfil moderado que intenta consolidar; si mantiene su línea actual, deja espacio a Vox para seguir creciendo en el terreno emocional y mediático.
El episodio también revela un problema más profundo dentro del espacio político de la derecha: la falta de un liderazgo indiscutido. Feijóo no ha conseguido todavía imponer una narrativa clara que unifique a su electorado. Abascal, en cambio, no necesita convencer a todos; le basta con movilizar a los más descontentos. Esa asimetría estratégica explica por qué, en momentos de tensión, Vox parece avanzar mientras el PP se ve obligado a justificar cada paso.
En definitiva, la “humillación” de Feijóo no es solo una metáfora, sino un hecho cierto. Abascal ha logrado apropiarse del foco mediático, marcar el ritmo y obligar al PP a moverse en su terreno. En política, eso ya es una victoria. El desafío para Feijóo será recuperar la iniciativa y demostrar que puede liderar sin quedar a merced de los movimientos de Vox. Porque, si algo ha quedado claro, es que Abascal no piensa renunciar al papel de agitador principal dentro de la derecha española.
