Marruecos se enfrenta al riesgo de bancarrota por la organización del Mundial de 2030

Organismos como el FMI alertan ante los peligros en un país con graves problemas económicos

06 de Agosto de 2026
Actualizado a las 12:11h
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Imagen del Mohammed V Stadium de Casablanca. Marruecos se enfrenta a la bancarrota por el Mundial 2030
Imagen del Mohammed V Stadium de Casablanca. Marruecos se enfrenta a la bancarrota por el Mundial 2030

El anuncio de que Marruecos coorganizará la Copa del Mundo de la FIFA 2030 junto a España y Portugal desató una ola de orgullo nacional en el reino alauita. Para Rabat, este evento no es un simple torneo deportivo; representa la consagración de su diplomacia blanda y una oportunidad dorada para consolidarse como el puente definitivo entre África y Europa. Sin embargo, detrás de las promesas de modernización, late una pregunta económica incómoda pero obligatoria: ¿puede Marruecos arruinarse financieramente con la organización de este megaevento? Y hay señales que llevan a una respuesta afirmativa.

Un país donde 70.000 ciudadanos se lanzan al mar, jugándose la vida, en busca de un futuro mejor no está para alegrías deportivas. Pero el rey Mohamed VI, un gobernante autoritario de manual, ha diseñado el Mundial específicamente como campaña de propaganda a mayor gloria de su régimen y su persona. El Mundial rendirá beneficios, eso no se duda, pero no revertirá en el pueblo, que seguirá pasando hambre, sino que servirá para llenar los bolsillos de las oligarquías corruptas próximas a la corte del autócrata. Proyectos faraónicos deslumbrantes: un clásico de los gobiernos dictatoriales desde que el mundo es mundo.

Marruecos ha diseñado una estrategia de inversión masiva para no asfixiar el presupuesto ordinario del Estado. El plan de infraestructuras asciende a 190.000 millones de dirhams (unos 19.000 millones de dólares) entre 2024 y 2030. Esto equivale al 11,9% de su PIB de 2024. Unos 25.000 millones de dirhams se pagan directamente con el presupuesto estatal para estadios y centros de entrenamiento. Las empresas públicas aportan 17.000 millones de dirhams para transportes. El resto se financia mediante asociaciones público-privadas y esquemas de financiamiento específicos al margen del déficit general. Para cubrir las obras estratégicas –como el gigantesco Gran Estadio Hassan II de Casablanca para 115.000 espectadores– el país emitió 2.200 millones de dólares en bonos soberanos.

Ante este ambicioso plan propio de un Estadio rico que Marruecos no es, el Fondo Monetario Internacional (FMI) ha emitido alertas estrictas sobre los puntos que podrían desestabilizar las finanzas marroquíes. El organismo advierte sobre sobrecostes en la construcción (las ineficiencias o retrasos en las líneas de alta velocidad, aeropuertos y estadios pueden inflar el gasto real); sobre fuga de capitales por importaciones (al requerir tecnología y materiales extranjeros, gran parte del dinero invertido puede salir del país en lugar de dinamizar la economía local); y sobre la presión inflacionaria post-Mundial: el boom constructor podría disparar los precios locales (mayormente en la cesta de la compra) y obligar al banco central a subir los tipos de interés, encareciendo las deudas privadas y públicas. Todas esas disfunciones económicas las pagará el pueblo llano.

El proyecto representa un riesgo fiscal colosal y una hipoteca económica que el ciudadano común podría pagar durante décadas. Históricamente, los Mundiales han sido sinónimo de déficits crónicos y de los temidos “elefantes blancos”: estadios faraónicos que quedan en el olvido una vez se apagan los reflectores. Marruecos, consciente de estos precedentes, ha diseñado una estrategia de financiación que busca fragmentar el riesgo para no asfixiar el presupuesto ordinario del Estado. El reino está recurriendo masivamente a las asociaciones público-privadas (APP) y a la emisión de deuda internacional. Un ejemplo de ello ha sido la emisión de 2.200 millones de dólares en eurobonos, capital destinado en gran parte a financiar obras estratégicas como el Gran Estadio Hassan II en Casablanca, proyectado para 115.000 espectadores. Esta ingeniería financiera aleja el fantasma del impago inmediato, pero el Fondo Monetario Internacional (FMI) ya ha encendido las alarmas sobre los riesgos macroeconómicos. El primer peligro radica en los inevitables sobrecostes. Las obras públicas rara vez se ajustan al presupuesto inicial; los retrasos y la inflación suelen inflar las facturas entre un 30% y un 50%. En un contexto de fuerte endeudamiento externo, cualquier desviación obligará a Marruecos a emitir más deuda a tipos de interés potencialmente más altos.

En cuanto a la “fuga por importaciones”, al carecer de la capacidad tecnológica para ejecutar obras de alta velocidad ferroviaria en un plazo tan ajustado, Marruecos adjudica contratos a consorcios extranjeros. Esto significa que una porción significativa del dinero invertido saldrá inmediatamente del circuito económico local, reduciendo el efecto multiplicador esperado. Frente a estas amenazas, los defensores del proyecto esgrimen la teoría del catalizador económico. Las previsiones del FMI apuntan a que la inversión elevará el PIB real marroquí un 3% por encima de su tendencia normal a partir de 2031. El argumento es que Marruecos no está gastando dinero en estadios inútiles, sino acelerando infraestructuras críticas que el país iba a necesitar de todos modos en los próximos treinta años, como la ampliación de aeropuertos o las líneas de tren de alta velocidad. El beneficio vendrá de la ganancia en productividad nacional.

El turismo es la otra gran palanca económica. Marruecos aspira a atraer a 26 millones de visitantes anuales de cara a 2030. Si estas previsiones se cumplen, los ingresos por turismo equilibrarían la balanza de pagos. No obstante, esta transformación ocurre en medio de una profunda tensión social interna. Con una tasa de desempleo juvenil muy elevada y recurrentes periodos de sequía, muchos ciudadanos cuestionan la moralidad de gastar miles de millones en estadios de lujo en lugar de sanear el sistema de salud pública y mitigar la crisis del agua. En conclusión, Marruecos se enfrenta a un riesgo de colapso cierto. Ya ocurrió en otros eventos fatuosos del pasado, de modo que hay precedentes. El legado envenenado de los Juegos Olímpicos Atenas 2004 es el mejor ejemplo: deudas millonarias y estadios abandonados. Diez años después de la espectacular ceremonia de apertura ateniense, la mayoría de las instalaciones olímpicas quedaron abandonadas a su suerte y los griegos acabaron convencidos de que, salvo deudas, poco beneficio reportó a la población.

En cuanto a la transparencia, el déficit democrático de Marruecos dificultará el control sobre las inversiones y cuentas públicas, un precioso caldo de cultivo para la especulación, el pelotazo y la corrupción. Donald Trump ha olido esa miel y esa es la explicación de que esté tan interesado en que su fiel aliado sea el anfitrión principal del próximo campeonato mundial de fútbol.

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