La Copa Mundial de fútbol 2030 se desarrollará en España, Marruecos y Portugal. Pero los últimos acontecimientos en la frontera sur (con flujos de migratorios de miles de marroquíes alentados por el rey de Marruecos como forma de chantaje para negociar sobre Ceuta, Melilla, el Sáhara y las relaciones comerciales con Argelia) hacen temer que los planes de aquí a cuatro años puedan sufrir drásticos cambios, tantos que el campeonato deportivo más importante a nivel global podría no llegar a celebrarse.
Las tensiones políticas entre España y Marruecos ponen en riesgo el Mundial de fútbol de 2030. La designación de la candidatura conjunta de España, Marruecos y Portugal para organizar el Mundial de Fútbol de 2030 fue celebrada en su día como un hito histórico de diplomacia deportiva. Una oportunidad sin precedentes para tender puentes entre dos continentes a través del balón. Sin embargo, a medida que avanzan los plazos organizativos, lo que nació como un idilio transcontinental se enfrenta a una realidad mucho más compleja. Las históricas y recurrentes tensiones diplomáticas entre Madrid y Rabat están emergiendo con fuerza, amenazando con desestabilizar el proyecto y sembrando serias dudas en el seno de la FIFA sobre la viabilidad de una coorganización pacífica.
La relación bilateral entre España y Marruecos siempre se ha movido en un delicado equilibrio. Asuntos de enorme sensibilidad como el control de los flujos migratorios, la soberanía de las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, y el complejo contencioso del Sáhara Occidental forman un cóctel político que cualquier chispa puede hacer estallar. A todo ello se ha sumado el enfado del rey de Marruecos por el acercamiento comercial de España hacia Argelia (enemigo tradicional de los marroquíes). Aunque en los últimos años se había escenificado una aparente reconciliación y una “nueva etapa” de cooperación, la desconfianza mutua sigue latente en las estructuras de ambos Estados.
El Mundial de 2030, lejos de actuar como un bálsamo neutralizador, ha trasladado estas disputas directamente al terreno de juego y a los despachos de los ministerios. En la arena internacional, cualquier gesto es interpretado en clave de soberanía. Y como trasfondo está la pugna entre España y Marruecos por hacerse con la final del campeonato. ¿Se celebrará en Madrid o en Rabat? La decisión caerá como una bomba política y diplomática. Entre tanto, Donald Trump respalda a su amigo el rey marroquí y presiona para que su amigo Gianni Infantino, presidente de la FIFA, privatice el Mundial dejándolo en manos de grandes empresas privadas, un proyecto que ya ha sido rechazado de plano por la UEFA, dispuesta a consumar el boicot del fútbol europeo a la medida.
La inclusión de mapas oficiales en las presentaciones del torneo o las declaraciones de los líderes políticos sobre las fronteras marítimas y terrestres se miran ahora con lupa. El temor a que una de las partes utilice el escaparate del evento deportivo más grande del planeta para lanzar proclamas políticas o consolidar posiciones geopolíticas unilaterales es una preocupación real y constante para los diplomáticos de ambas orillas. El punto de fricción más evidente y encarnizado en estos momentos es la designación de la sede para la gran final del torneo. Inicialmente, España partía como la opción natural para albergar el partido definitivo, respaldada por la historia, la infraestructura existente y el peso específico del remozado Estadio Santiago Bernabéu en Madrid o el Spotify Camp Nou en Barcelona. No obstante, Marruecos ha desplegado una agresiva y multimillonaria estrategia para arrebatarle ese privilegio a su vecino del norte.
El proyecto marroquí gira en torno al mastodóntico Gran Estadio Hassan II en Casablanca, una instalación proyectada para superar los 115.000 espectadores que aspira a convertirse en el templo del fútbol moderno. Rabat no concibe su participación como la de un socio secundario; exige el partido cumbre como una demostración de su emergente poderío económico y de su influencia en África. Esta competencia, que debería ser puramente técnica y logística, se ha emponzoñado con reproches políticos soterrados. Desde sectores españoles se cuestiona la capacidad del país vecino para asumir semejante reto estructural en los plazos fijados, mientras que desde el lado marroquí se acusa a España de mantener una actitud condescendiente y paternalista.
Este clima de desconfianza mutua no está pasando desapercibido en la sede de la FIFA en Zúrich. El organismo presidido por Gianni Infantino exige a los países organizadores una estabilidad política absoluta y garantías plenas de seguridad, libre tránsito de aficionados y cooperación jurídica. Las dudas sobre si una crisis diplomática repentina entre Madrid y Rabat podría paralizar los comités organizadores conjuntos o dificultar la expedición de visados para delegaciones y periodistas son cada vez más sonoras. Portugal, el tercer socio en discordia, asiste a este cruce de reproches con una mezcla de incomodidad y prudencia. Lisboa, que ha adoptado un perfil bajo y eficiente aportando tres sedes seguras, teme que el ruido político empañe un proyecto que debería ser una fiesta del deporte. Si la hostilidad soterrada entre España y Marruecos continúa escalando, la FIFA podría verse obligada a intervenir de manera drástica, imponiendo decisiones salomónicas o, en el peor de los escenarios, reestructurando el reparto de partidos para blindar el éxito comercial y organizativo de la cita mundialista del centenario. El balón de 2030 ya rueda, pero su trayectoria depende hoy más de los despachos diplomáticos que de los estadios.
Añadir DiarioSabemos como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.
