Jark, la isla iraní que Trump no puede conquistar sin perder a cientos de soldados americanos

El Pentágono tiene planes avanzados para invadir el islote y controlar la distribución de petróleo, pero el presidente americano sabe que un paso en falso y perderá las elecciones legislativas de noviembre

14 de Marzo de 2026
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La estratégica isla de Jark, territorio iraní, por donde pasa el noventa por ciento del petróleo de Oriente Medio
La estratégica isla de Jark, territorio iraní, por donde pasa el noventa por ciento del petróleo de Oriente Medio

En el centro de la guerra entre la coalición Estados Unidos/Israel e Irán ha emergido un punto geográfico diminuto pero decisivo: la isla de Jark (Kharg). Situada a unos 25 kilómetros de la costa iraní, esta franja de tierra cubierta de terminales, tuberías y depósitos es la infraestructura energética más importante del país. Su relevancia es tal que varios analistas la describen como “la arteria vital” del régimen iraní. Por allí pasa el 90 por ciento del petróleo del Estrecho de Ormuz. Conquistarla podría suponer el final de la guerra. Trump lo sabe y sus generales tienen planes avanzados para lanzar una invasión inmediata.

Hay razones para pensar que esa misión está ya en marcha en las mesas de los halcones del Pentágono. Así se desprende, por ejemplo, de una reciente rueda de prensa, donde un periodista le preguntó al presidente norteamericano si iba a dar la orden. Trump se enojó como nunca y le respondió que “tú no deberías preguntar eso”. Luego le dijo que esa invasión no estaba en sus prioridades ahora mismo, pero acto seguido añadió que podía cambiar de opinión a los cinco segundos. Pulsión irracional trumpista en estado puro.

Jark no es un puerto más: es el principal terminal petrolero de Irán, responsable de manejar entre el 90 y el 95% de todas sus exportaciones de crudo, lo que equivale a unos 1,7 millones de barriles diarios en tiempos recientes. La isla está conectada por oleoductos a los grandes campos petrolíferos del suroeste iraní y cuenta con terminales de aguas profundas capaces de cargar superpetroleros. Desde los años 60, cuando se expandió con inversión extranjera, se convirtió en la columna vertebral del sistema energético iraní.

En la guerra actual, mientras instalaciones militares y nucleares iraníes han sido atacadas, Jark ha permanecido intacta. No es casualidad: su destrucción o captura tendría consecuencias económicas y geopolíticas de enorme alcance. La economía iraní depende críticamente de sus exportaciones de petróleo. Sin ellas, el régimen perdería su principal fuente de ingresos para financiar el esfuerzo bélico, sostener a sus fuerzas armadas y apoyar a sus aliados regionales.

Controlar o inutilizar Jark tendría tres efectos inmediatos: asfixiar económicamente al régimen de los ayatolás (la pérdida de la terminal paralizaría casi por completo las exportaciones de crudo, Irán no dispone de una alternativa equivalente, ya que otros puertos son demasiado pequeños o carecen de la infraestructura necesaria); un impacto global en los precios del petróleo (un ataque a Jark podría disparar los precios internacionales del crudo, como ya se ha visto con simples amenazas o tensiones en el estrecho de Ormuz); y riesgo de escalada militar (Irán considera Jark un “punto rojo”. Un ataque directo podría desencadenar represalias masivas, incluyendo ataques a infraestructuras petroleras de países aliados de EEUU o incluso intentos de bloquear el estrecho de Ormuz).

Hay quien piensa que capturar Jark pondría fin al conflicto, pero no todos los análisis geoestratégicos y militares avalan esta hipótesis. Irán respondería con fuerza, probablemente atacando instalaciones petroleras en Arabia Saudí, Emiratos o Kuwait, ampliando el conflicto. Además, la ocupación requeriría una presencia militar prolongada: Teherán intentaría recuperarla a cualquier precio. Y un desembarco de ese calado conllevaría cientos de bajas de soldados norteamericanos, un precio que Trump, con las elecciones legislativas de medio mandato a las puertas, no está dispuesto a asumir.

En caso de invasión, el régimen podría intensificar tácticas asimétricas, desde ataques con misiles hasta acciones de milicias aliadas en la región. El impacto económico global presionaría a Washington para evitar una escalada que afecte a Europa y Asia. Tomar Jark debilitaría enormemente a Irán, pero no garantizaría el final de la guerra. De hecho, podría abrir un escenario más caótico y prolongado.

Según informes recientes, la administración Trump ha estudiado varias opciones para neutralizar o incluso capturar la isla. Ninguna es sencilla. La operación podría empezar con ataques aéreos selectivos. El objetivo sería inutilizar temporalmente las instalaciones petroleras sin ocupar la isla. Esto reduciría la capacidad exportadora iraní, pero evitaría el coste político y militar de una invasión. Sin embargo, incluso un ataque limitado podría provocar represalias severas.

Más tarde podría llegar la operación de fuerzas especiales. Washington ha evaluado si unidades de élite podrían tomar el control de la isla rápidamente, asegurando los terminales antes de que Irán pueda destruirlos. Jark está fuertemente defendida y cualquier intento de captura podría desencadenar una respuesta masiva.

Otra opción sería impedir que petroleros entren o salgan de Jark mediante un bloqueo naval. Aunque menos arriesgado que una invasión, podría provocar ataques iraníes contra buques estadounidenses o aliados. Estados Unidos podría intentar paralizar los sistemas de carga y bombeo mediante ataques cibernéticos. Esta opción es menos visible, pero su eficacia es incierta y podría ser temporal. Por eso el Pentágono duda. A pesar de la importancia estratégica de Jark, Washington ha evitado atacarla directamente. Hay demasiado riesgo de escalada regional: un ataque podría arrastrar a otros actores y desestabilizar el Golfo. El impacto en el mercado energético global generaría un colapso de las exportaciones iraníes y podría disparar los precios del petróleo.

Jark es, sin duda, uno de los puntos más estratégicos del conflicto. Su captura o destrucción tendría un impacto devastador en la economía iraní y podría alterar el curso de la guerra. Sin embargo, la idea de que tomar la isla pondría fin al conflicto es engañosa: las consecuencias serían profundas, impredecibles y potencialmente desestabilizadoras para toda la región. Por eso, aunque la administración Trump estudia opciones para presionar a Irán a través de Jark, el Pentágono se mueve con extrema cautela. La isla es decisiva, sí, pero también es un polvorín cuyo control podría desencadenar un conflicto aún mayor.

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