Las amenazas del régimen iraní contra Donald Trump han reavivado un debate que lleva años latente: ¿tiene realmente Irán la capacidad operativa (células, agentes, infraestructura y logística) para llevar a cabo atentados en territorio extranjero, especialmente en países altamente vigilados como Estados Unidos? La cuestión no es nueva, pero los acontecimientos de 2026 han elevado la preocupación a niveles inéditos. Diversos informes de inteligencia estadounidenses apuntan a que Teherán podría estar intentando activar células clandestinas dormidas en el exterior, un movimiento que coincide con la escalada de tensión tras el asesinato del ayatolá Alí Jamenei y los ataques de la Operación Furia Épica llevada a cabo por Washington e Israel y que está costando miles de muertos en Irán y Líbano.
El régimen iraní cuenta con un entramado de seguridad complejo, en el que destaca el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) y, dentro de él, la Fuerza Quds, responsable de operaciones extraterritoriales. Esta unidad ha sido históricamente la encargada de apoyar milicias aliadas, entrenar combatientes y coordinar acciones clandestinas en Oriente Medio, África y, en menor medida, Occidente. Quds posee entre 7.000 y 10.000 efectivos y se puede considerar una fuerza de comandos de élite altamente preparada y lista para actuar. La Fuerza Quds responde directamente ante el Líder Supremo.
Según informes recientes citados por medios estadounidenses, las agencias de inteligencia interceptaron transmisiones codificadas de origen iraní que sugerían la posible activación de agentes clandestinos fuera del país. Esto no implica necesariamente que existan células plenamente operativas en Estados Unidos, pero sí indica que Teherán mantiene redes de simpatizantes, colaboradores o agentes durmientes en varios países.
La idea de “células durmientes” asociadas a Irán no es nueva. Durante décadas, la Fuerza Quds ha tejido alianzas con grupos como Hezbolá, que sí ha demostrado capacidad operativa en el extranjero. Sin embargo, la presencia directa de células iraníes en Estados Unidos es un tema más delicado.
Los informes citados por ABC News y reproducidos por medios internacionales indican que Estados Unidos emitió una alerta interna ante la posibilidad de que Irán intentara “despertar” células en el exterior. Aunque la alerta no confirma su existencia, sí refleja que Washington considera plausible que Teherán haya posicionado agentes o colaboradores en países occidentales.
La activación de estas células podría incluir recopilación de información sobre objetivos; movilización de simpatizantes con vínculos ideológicos o religiosos; uso de redes criminales para logística, financiación o transporte; y coordinación remota mediante comunicaciones cifradas. No obstante, la capacidad real de estas células para ejecutar un atentado de alto impacto en Estados Unidos es discutible, debido al nivel de vigilancia y contrainteligencia del país.
La tensión entre Washington y Teherán alcanzó un punto crítico cuando la televisión estatal iraní emitió imágenes del atentado de Butler contra Trump, acompañadas del mensaje: “Esta vez, la bala no fallará”. Este gesto fue interpretado como una amenaza directa, no solo retórica, sino también propagandística.
Irán ha utilizado históricamente la propaganda como herramienta de presión psicológica. La difusión de imágenes violentas no implica necesariamente una capacidad operativa real, pero sí busca intimidar a adversarios políticos y movilizar a su base interna en momentos de crisis.
En paralelo, Teherán ha acusado a Trump de incitar a la violencia y amenazar su soberanía, en una carta enviada al Consejo de Seguridad de la ONU. Este intercambio de acusaciones forma parte de un clima de confrontación que favorece la retórica agresiva.
¿Tiene Irán la logística para ejecutar un atentado en EEUU? Esa es la pregunta. La logística es el punto más crítico. Ejecutar un atentado en territorio estadounidense requiere acceso a armas o explosivos sin levantar sospechas; movilidad interna sin ser detectado por agencias federales y financiación encubierta. También capacidad de comunicación segura y conocimiento del terreno. Históricamente, Irán ha demostrado capacidad para operar en países con menor vigilancia, como Argentina en los años 90 o Irak y Siria en la actualidad. Pero Estados Unidos es un entorno completamente distinto. Los informes recientes sugieren que Irán podría intentar movilizar agentes ya posicionados, en lugar de infiltrarlos desde cero. Esto reduciría riesgos, pero no elimina las dificultades. Además, la comunidad iraní en Estados Unidos es diversa y, en su mayoría, opuesta al régimen.
Un elemento clave es la relación de Irán con Hezbolá, organización libanesa con presencia global. En América Latina, por ejemplo, se han documentado actividades de financiación y logística vinculadas al grupo. Sin embargo, trasladar esa infraestructura a un atentado directo contra un expresidente estadounidense sería un salto cualitativo enorme, con consecuencias impredecibles para Teherán.
Aunque las amenazas son explícitas, su objetivo puede ser más político que operativo. La propaganda puede ser más útil para Teherán que un atentado real, cuyo coste sería incalculable. Los ayatolás disponen de redes, agentes y aliados que podrían, en teoría, apoyar operaciones clandestinas en el exterior. Los informes recientes indican que Estados Unidos considera plausible que Irán intente activar células dormidas. Sin embargo, la capacidad logística real para ejecutar un atentado de alto perfil en Estados Unidos es limitada.
