Las palabras del diputado del PP Jaime de los Santos a propósito de la forma de vestir de los ministros de la izquierda han causado indignación en las instituciones democráticas. “Yolanda Díaz, Urtasun, Sira Rego, Mónica García... estos personajes, que eran los que estaban en las plazas aquel 15M, casi siempre bastante poco aseados. Y me refiero a la falta de aseo personal e intelectual, pero esto es otra cosa”, dijo el vicesecretario de Educación e Igualdad del PP.
Ayer lunes, la vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, aseguraba que “se retrata quien dice semejante estupidez”. Mientras, la ministra de Sanidad, Mónica García, bromeaba con que “hoy hemos venido muy aseados”. Y el ministro de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030, Pablo Bustinduy, añadió que esta manera de calificar a los líderes de Sumar “es una demostración impúdica de la talla moral y política de este señor”.
Hasta donde se sabe, Alberto Núñez Feijóo sigue sin llamar al orden a su diputado. Y no se espera que lo haga. No resulta extraño, el PP ha llegado a un nivel de degradación política y moral difícilmente superable. El comportamiento público de Jaime de los Santos se ha convertido en un paradigma de un fenómeno más amplio: la creciente crispación, la pérdida de las formas y el populismo como basura retórica. Comportamientos de este tipo se han ido normalizando en determinados sectores conservadores. En ese contexto, la mala educación atribuida a De los Santos se interpreta como un síntoma, no como una excepción.
El diputado del PP era, hasta hoy, un perfil casi anónimo. No lo conocía nadie. Ahora toda la prensa se ocupa de él. Es el muchacho del momento. Esa es la forma que tienen los políticos mediocres de lograr la notoridad que no pueden alcanzar con talento y trabajo. Así funciona este negocio en el mundo de hoy. En los últimos años, el parlamentarismo español ha experimentado un deterioro notable en el tono y en la calidad de las intervenciones públicas. La política se ha vuelto más emocional, más agresiva y más orientada al espectáculo. En ese clima, figuras como Jaime de los Santos han ganado visibilidad gracias a intervenciones que, según sus críticos, priorizan la descalificación personal sobre el argumento político. Para estos sectores, su estilo no es un accidente, sino un reflejo de una estrategia más amplia dentro de la derecha: convertir la confrontación en un arma electoral.
Los episodios más comentados en los que De los Santos ha sido protagonista suelen compartir un patrón: interrupciones constantes, tono despectivo, ataques ad hominem y una tendencia a convertir cualquier debate en un enfrentamiento personal. Sus detractores sostienen que este comportamiento no solo empobrece el debate democrático, sino que además envía un mensaje peligroso: que la falta de respeto es aceptable si sirve para reforzar la identidad del propio bloque político. En otras palabras, que la educación y las formas son secundarias frente a la eficacia comunicativa.
Para quienes ven en De los Santos un símbolo de esta deriva, el problema no es únicamente estilístico. Lo que preocupa es la normalización de un tipo de política que renuncia deliberadamente a la cortesía parlamentaria, que desprecia el matiz y que convierte al adversario en enemigo. Según esta lectura, la derecha española ha asumido un marco discursivo en el que la agresividad se premia, la moderación se castiga y la mala educación se convierte en una herramienta para movilizar a los sectores más radicalizados de su electorado.
Este fenómeno no es exclusivo de España. En numerosos países occidentales, la derecha ha adoptado estrategias comunicativas basadas en la provocación, la descalificación y la teatralización del conflicto. La lógica es simple: en un ecosistema mediático saturado, quien grita más fuerte obtiene más atención. Y en un clima político polarizado, la atención se traduce en influencia. De los Santos encaja, según sus críticos, en este patrón global: un político que entiende que la visibilidad se gana más fácilmente con un exabrupto que con un argumento.
Sin embargo, lo que para algunos es una estrategia eficaz, para otros es un síntoma de decadencia moral. La mala educación no se percibe como un rasgo personal, sino como una renuncia colectiva a los valores que deberían sostener la vida democrática: el respeto, la escucha, la capacidad de disentir sin destruir. Desde esta perspectiva, la actitud de De los Santos no es un problema aislado, sino la expresión de un deterioro más profundo en la cultura política de la derecha.
Los defensores de esta tesis señalan que la crispación no surge de la nada. Responde a una lógica electoral que premia la polarización y castiga la moderación. En ese contexto, figuras como De los Santos se convierten en portavoces útiles: su estilo directo, su tono agresivo y su disposición a la confrontación encajan con una estrategia que busca movilizar a los propios a través de la indignación. Pero esa utilidad táctica, advierten sus críticos, tiene un coste: la erosión del respeto institucional y la degradación del debate público.
La pregunta que muchos se hacen es si esta tendencia tiene vuelta atrás. Algunos analistas creen que sí, pero solo si los partidos asumen que la crispación permanente no es sostenible. Otros, en cambio, consideran que la dinámica ya está demasiado instalada y que la política española seguirá atrapada en un ciclo de confrontación creciente. En cualquier caso, el papel de figuras como Jaime de los Santos seguirá siendo objeto de debate: para unos como Feijóo, un comunicador eficaz y un activo del partido; para otros, un símbolo de la decadencia moral de la derecha española.
