Hombres de hielo: la Gestapo de Trump

La unidad policial contra la inmigración en Estados Unidos, bajo el nombre de ICE, siembra el terror en todo el país

18 de Enero de 2026
Actualizado el 19 de enero
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Agentes del ICE, la llamada Gestapo de Trump, detienen a un inmigrante durante una redada
Agentes del ICE, la llamada Gestapo de Trump, detienen a un inmigrante durante una redada

Unas siglas siembran el terror en Estados Unidos: ICE. El Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos se ha convertido en la Gestapo de Donald Trump. Su policía mercenaria y secreta actúa ya al margen de la ley y de los derechos humanos. Desde su creación en 2003, la misión oficial de esta unidad ha sido hacer cumplir las leyes migratorias y combatir delitos transnacionales. Sin embargo, en los últimos meses de dura Administración Trump, la brigada ha adquirido una dimensión mucho más agresiva, sórdida, generando el pánico entre los propios norteamericanos, que empiezan a sentir en sus propias carnes cómo el país de la libertad ha retornado a los tiempos de los peores regímenes fascistas.

El pasado 7 de enero, un agente del ICE abrió fuego y mató a una mujer de 37 años durante una redada contra los migrantes en Minneapolis. Renee Good, madre de tres hijos, no era ninguna terrorista o delincuente. El gobernador de Minnesota, Tim Walz, declaró el estado de emergencia y pidió a la Guardia Nacional que se preparara para unas jornadas de manifestaciones y protestas. El hecho ocurrió mientras los oficiales de ICE deportaban a más de 1.000 personas de Ecuador, México y El Salvador. La Gestapo de Trump primero dispara y después pregunta. La escena, grabada en vídeo, dura 22 segundos. Varios agentes del ICE se bajan de una camioneta y se dirigen al vehículo que tienen enfrente, el coche de Good. Uno de los uniformados intenta abrir la puerta del piloto, el coche retrocede con lentitud, mientras es rodeado por otros dos agentes: uno se pone en la puerta del copiloto y el otro en la parte delantera. Cuando el vehículo arranca, uno de los agentes, con su arma ya lista, dispara contra ella.

Dos días después, otro agente de inmigración tiroteaba a un hombre y a una mujer en Portland, Oregón. “¿Esto está ocurriendo realmente?”, se pregunta entre lágrimas, en un vídeo grabado por ella misma y subido a las redes sociales, una testigo aterrorizada y metida en su coche mientras los lacayos de Trump se llevan a rastras a su vecina inmigrante. En Estados Unidos ya nadie se siente a salvo ante las operaciones y actividades de unos tipos, los “hombres de hielo” (así conocidos por su falta de escrúpulos y de humanidad), que no duran en emplear los medios más expeditivos, crueles y al margen de la legalidad, para detener inmigrantes y deportarlos en caliente. Los ciudadanos norteamericanos tienen la sensación de que esta gente enmascarada puede irrumpir impunemente en sus casas en cualquier momento, de día o en medio de la noche, para llevarse detenido a alguien de su familia. La tensión se masca en las calles y en los barrios de todo el país. El gobernador de California, Gavin Newsom, firmó recientemente una ley que prohíbe a los agentes del ICE ocultar su identidad. De esta manera, trata de combatir el “miedo y el terror” provocado por las redadas en ese estado del Oeste americano. “Estados Unidos nunca debería ser un país en el que una policía secreta enmascarada agarra a la gente en las calles y la tira en furgonetas sin matrículas y se va”, denuncia el político demócrata, que reivindica que los ciudadanos “deben saber que están interactuando con agentes legítimos”.

Aunque no hay cifras oficiales (la falta de transparencia rige ya en la autocracia trumpista), se estima que una treintena de personas han muerto ya en incidentes con policías del ICE. En Nueva York, el miedo se ha apoderado de la extensa comunidad de inmigrantes. Muchos han optado por sacar a sus niños de la escuela ante el riesgo de ser arrestados en su camino de ida o regreso a las clases en algunas de las redadas prometidas por Donald Trump, que ya han comenzado a materializarse en la ciudad. Hace unos días, era la propia secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, quien dirigía en persona la primera redada en la Gran Manzana, concretamente en el barrio del Bronx, que se concretó con la detención de un individuo acusado de secuestro, asalto y robo. “Seguiremos eliminando de nuestras calles a este tipo de basura”, escribió la responsable de Seguridad en su cuenta de X, dando el tono del nuevo espíritu de la Administración Trump, informa Efe.

El miedo a que sus cuatro hijos afronten el “trauma” de un arresto en Estados Unidos empujó a la colombiana Yarlidis Goez-Santos a autodeportarse esta semana del país, cansada de vivir bajo el terror de los esbirros del magnate neoyorquino. “No quiero que mis hijos sufran el trauma de que, al salir a la calle, agentes de ICE me detengan, nos esposen o nos saquen por la fuerza de la casa, no quiero que mis hijos vivan eso”, expresó a Efe horas antes de sumarse a los más de 1,6 millones de migrantes que se han autodeportado este año.

Diversas organizaciones de derechos humanos, activistas y juristas han denunciado que ICE operó con prácticas que, según ellos, vulneran derechos fundamentales. En ese contexto, algunos críticos llegaron a describirlo como “una unidad policial ilegal que pisotea derechos humanos” y, en términos aún más duros, “la Gestapo de Trump”. Estas comparaciones, aunque polémicas, reflejan el nivel de alarma y rechazo que generaron ciertas actuaciones del organismo.

En los últimos meses, el ICE llevó a cabo operativos masivos en lugares de trabajo, barrios residenciales y carreteras. Testimonios recogidos por organizaciones civiles describen escenas de agentes irrumpiendo en casas y pisos sin órdenes judiciales, deteniendo a personas sin antecedentes penales y trasladándolas a centros de detención donde, según denuncias, se instauran condiciones inhumanas.

Uno de los episodios más controvertidos fue la separación de familias en la frontera. Aunque la Patrulla Fronteriza y otras agencias también participaron en estas prácticas, ICE fue señalado por su papel en la detención prolongada de padres e hijos, lo que generó indignación global.

Los centros de detención administrados o supervisados por el ICE han sido objeto de múltiples investigaciones periodísticas y demandas judiciales. Las cárceles de Bukele en El Salvador ofrecen mejores condiciones y más dignidad para los detenidos. De hecho, el recientemente arrestado presidente venezolano, Nicolás Maduro, ha terminado con sus huesos en la prisión de Brooklyn, rebautizada como El infierno en la Tierra. Con todo, nadie sabe qué está pasando de puertas y muros para adentro en estos auténticos campos de concentración según el modelo nazi. Informes de oenegés describieron hacinamiento, falta de atención médica adecuada, alimentación insuficiente y episodios de abuso físico o psicológico. En algunos casos, jueces federales intervinieron para ordenar mejoras o liberaciones inmediatas. Para las oenegés, estas condiciones no eran fallos aislados, sino el resultado de una política deliberada de disuasión basada en causar sufrimiento a seres humanos. Pura violencia de un Estado segregacionista y racista. Funcionarios del Gobierno defendieron que se trataba de instalaciones legales y reguladas, pero las denuncias continuaron acumulándose.

Juristas y expertos en derecho migratorio señalaron que ICE operaba en un terreno gris, con amplias facultades y escasa supervisión. Las detenciones administrativas, que no requieren cargos penales, permiten privar de libertad a miles de personas durante meses o años. Para los defensores de los derechos humanos, esto equivalía a un sistema paralelo de justicia sin garantías. Todo esto va contra la Constitución americana, pero los funcionarios de Justicia tienen miedo de aplicarla. No en vano, seis fiscales dimitieron en bloque tras la muerte a tiros de la inmigrante de Minneapolis. Hace tiempo que la Justicia está en manos de Trump y nada se puede investigar con imparcialidad e independencia sin miedo a ser depurado, a perder el puesto de trabajo y a terminar condenado a la muerte civil.

Diversos analistas han denunciado que la estructura del ICE facilita los abusos y que su cultura interna prioriza la fuerza sobre la legalidad. Desde esa perspectiva, la comparación con cuerpos represivos históricos surgió como una forma de denunciar lo que consideraban un peligro para la democracia. No todos los agentes de ICE comparten la línea dura. Algunos han denunciado presiones internas y amenazas de expulsión del cuerpo si no logran alcanzar un número mínimo de inmigrantes detenidos al mes. Así es Trump, siempre paga a comisión. 

Gobiernos extranjeros, organismos internacionales y medios de comunicación de todo el mundo han criticado las políticas migratorias estadounidenses. E informes de Naciones Unidas alertan sobre posibles violaciones de derechos humanos, especialmente en relación con los menores de edad. Nada de eso consigue frenar la crueldad extrema del amo del mundo. Estados Unidos empieza a parecerse demasiado a la Alemania de 1939.

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