En geopolítica, pocas cosas son tan reveladoras como llevar un argumento hasta sus últimas consecuencias. Si se aplicara de forma estricta la lógica defendida por Donald Trump en materia de narcotráfico, inmigración ilegal, recursos naturales y seguridad nacional, España podría reclamar, en teoría, el “derecho” a anexionarse Marruecos y Argelia. Este Ágora no es una provocación gratuita ni una propuesta política, sino un análisis crítico: al extrapolar esa lógica, queda al descubierto su fragilidad intelectual, su peligrosidad política y su incompatibilidad con el orden internacional contemporáneo.
Como ocurre a menudo en el análisis geopolítico de fondo, los argumentos que parecen contundentes en el corto plazo se desmoronan cuando se enfrentan a la historia, la economía y el derecho internacional. Este caso no es la excepción.
Seguridad, narcotráfico y la erosión selectiva de la soberanía
El primer pilar del razonamiento trumpiano es la seguridad. Según esta visión, cuando un Estado es incapaz —o no está dispuesto— a controlar el narcotráfico y el crimen transnacional, pierde parte de su legitimidad soberana. Trump ha utilizado este argumento para justificar políticas extremas frente a países vecinos, sugiriendo que la soberanía deja de ser inviolable cuando se convierte en una amenaza externa.
Trasladado al sur de Europa, el paralelismo resulta evidente. Marruecos es uno de los principales puntos de origen y tránsito del hachís que abastece al mercado europeo, mientras que Argelia ocupa una posición clave en redes de contrabando, tráfico de armas y flujos ilícitos que atraviesan el Sahel, una de las regiones más inestables del mundo.
Desde esta lógica, España podría argumentar que la incapacidad estructural de ambos Estados para controlar estos fenómenos supone una amenaza directa para su seguridad nacional y para la de la Unión Europea. La frontera deja de ser una línea jurídica para convertirse en una línea moral, un concepto recurrente en el discurso de Trump: si el problema cruza la frontera, la frontera deja de importar.
El precedente es peligroso. Si la soberanía se vuelve condicional al rendimiento en materia de seguridad, ningún Estado estaría a salvo. La vara de medir sería arbitraria y, sobre todo, política.
Inmigración ilegal, la justificación extrema
El segundo eje del argumento es la inmigración irregular. En la narrativa trumpiana, los flujos migratorios no son un fenómeno económico o humanitario, sino una exportación deliberada de inestabilidad. Un país que no impide la salida masiva de migrantes estaría, según esta lógica, fallando a la comunidad internacional.
España, como frontera sur de la Unión Europea, soporta desde hace décadas una presión migratoria constante procedente del Magreb y del África subsahariana. Ceuta, Melilla, Canarias y el Estrecho de Gibraltar se han convertido en símbolos de una frontera europea que funciona con dificultad.
Desde una extrapolación extrema del razonamiento de Trump, España podría sostener que Marruecos y Argelia no cumplen con su “deber soberano” de retener o gestionar esos flujos, trasladando los costes políticos, sociales y económicos al territorio español y europeo. En ese marco distorsionado, la anexión podría presentarse como una solución administrativa radical: si el problema nace al otro lado de la frontera, elimínese la frontera.
La falacia es evidente. La migración es un fenómeno estructural, no una conspiración estatal. Convertirla en argumento para redibujar mapas equivale a criminalizar la geografía.
Recursos naturales: del pragmatismo económico al colonialismo reciclado
El tercer pilar del razonamiento es económico. Argelia es uno de los principales proveedores de gas natural del sur de Europa y un actor clave en la seguridad energética española. Marruecos, por su parte, controla vastas reservas de fosfatos, esenciales para la agricultura global, y posee un enorme potencial en energías renovables, especialmente solar y eólica.
Siguiendo la lógica de Trump sobre “recuperar” o “asegurar” recursos naturales estratégicos para el interés nacional, España podría alegar que una integración forzada del Magreb garantizaría acceso directo y estable a materias primas críticas, reduciría su dependencia externa y reforzaría su posición dentro de la geoestrategia energética europea.
Este argumento suele presentarse como pragmatismo económico, pero en realidad recicla una idea profundamente antigua: que los recursos justifican la dominación. Es la misma lógica que impulsó imperios y protectorados durante los siglos XIX y XX, ahora envuelta en el lenguaje tecnocrático de la seguridad energética.
La historia demuestra que la apropiación política de recursos rara vez produce estabilidad económica. Más a menudo genera resistencia, sabotaje y dependencia militar permanente.
El Estrecho de Gibraltar como obsesión eterna
El cuarto elemento es la geoestrategia pura. El Estrecho de Gibraltar conecta el Atlántico con el Mediterráneo y constituye uno de los pasos marítimos más importantes del planeta. Marruecos y Argelia, además, son la puerta de entrada al Sahel, una región donde convergen terrorismo, competencia entre potencias y colapso estatal.
Desde una lógica de suma cero, la anexión de ambos países permitiría a España y, por extensión, a la OTAN y la Unión Europea, asegurar rutas comerciales, controlar flujos energéticos y migratorios, y bloquear la influencia de potencias rivales como Rusia o China en el norte de África.
La seguridad colectiva se invocaría como coartada estratégica. Sin embargo, este razonamiento ignora un hecho básico: la ocupación territorial no elimina la competencia geopolítica, la intensifica. Convertir el Magreb en territorio español implicaría heredar todos sus conflictos internos, multiplicados por la resistencia a la dominación externa.
España y el Magreb
España tiene una relación histórica particularmente compleja con el norte de África. Desde el protectorado en Marruecos hasta la descolonización tardía del Sáhara Occidental, la experiencia demuestra que la presencia española en la región ha sido costosa, conflictiva y políticamente divisiva.
A diferencia de otras potencias europeas, España no puede alegar ignorancia histórica. Conoce de primera mano el coste económico, humano y político del imperialismo. El Magreb, lejos de ser un espacio vacío esperando ser administrado, es una región con Estados, identidades nacionales y memorias coloniales profundamente arraigadas.
La anexión, incluso presentada como solución técnica, reavivaría dinámicas de resistencia y socavaría décadas de diplomacia mediterránea.
Derecho internacional, el punto donde todo se derrumba
La cadena argumental colapsa definitivamente cuando se enfrenta al derecho internacional. La inviolabilidad de las fronteras, el principio de autodeterminación y la prohibición del uso de la fuerza son pilares del orden global surgido tras 1945.
Si la incapacidad para controlar el crimen justificara la anexión, gran parte de América Latina, África y Asia perderían su soberanía.
Si la posesión de recursos legitimara la ocupación, el sistema internacional se reduciría a una competencia permanente por la fuerza.
Y si la geoestrategia bastara para redibujar fronteras, el orden internacional simplemente dejaría de existir.
La lógica trumpiana, aplicada de forma coherente, no produce seguridad; produce anarquía.
Europa como daño colateral
Un elemento adicional suele ignorarse: la Unión Europea. España no actúa en el vacío. Cualquier intento de anexión unilateral destruiría la arquitectura jurídica y política europea, basada precisamente en la superación del nacionalismo territorial agresivo.
Europa nació de la convicción de que la fuerza no puede ser el principio ordenador del continente. Exportar la lógica de Trump al Mediterráneo supondría dinamitar ese consenso desde dentro.
Este Ágora no demuestra que España tenga derecho a anexionarse Marruecos y Argelia. Demuestra exactamente lo contrario. Revela el vacío estructural del razonamiento que Donald Trump aplica a la política internacional.
No se trata de un principio universal, sino de una racionalización oportunista del poder, diseñada para justificar soluciones extremas a problemas complejos. Al extrapolarla, el argumento se vuelve absurdo, y en ese absurdo queda al descubierto su peligro.
En geopolítica, como en economía, las ideas que parecen funcionar en abstracto suelen fracasar estrepitosamente cuando se enfrentan a la historia, la legalidad y la complejidad del mundo real. El retorno de la anexión como herramienta política no resolvería los desafíos del siglo XXI; los multiplicaría.