La guerra de Trump acelera el cambio climático

El coste del conflicto en Oriente Medio será alto y la zona tardará décadas en recuperarse

08 de Abril de 2026
Actualizado a las 11:30h
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Un misil impacta en el Líbano. La guerra acelera el cambio climático
Un misil impacta en el Líbano. La guerra acelera el cambio climático

La relación entre conflictos armados y cambio climático suele pasar desapercibida en el debate público, eclipsada por la urgencia humanitaria y geopolítica. Sin embargo, cada guerra deja una huella profunda en el planeta, y el conflicto en Irán no es la excepción. Más allá de las pérdidas humanas y la devastación material, la guerra está generando un impacto ambiental que contribuye a acelerar el calentamiento global, comprometiendo la estabilidad climática y ecológica de la región y del mundo.

Aunque los datos disponibles aún son preliminares, investigadores y organizaciones ambientales coinciden en que los primeros días del conflicto ya han producido millones de toneladas de emisiones de CO₂, además de desencadenar procesos de degradación ambiental que podrían prolongarse durante décadas. Comprender cómo se produce este impacto es esencial para dimensionar el verdadero costo de la guerra.

Las guerras modernas son extremadamente intensivas en carbono. Cada operación militar —desde el despegue de un caza hasta el lanzamiento de un misil— consume cantidades masivas de combustibles fósiles. En el caso de Irán, los primeros análisis estiman que en apenas dos semanas se generaron más de 5 millones de toneladas de CO₂ equivalente, una cifra comparable a las emisiones anuales de países enteros.

Estas emisiones provienen de varias fuentes como la aviación militar. Los aviones de combate son de los vehículos más contaminantes del planeta. Un solo vuelo puede emitir varias toneladas de CO₂. También los blindados y vehículos terrestres como tanques, transportes y maquinaria pesada consumen enormes cantidades de diésel. Además, las explosiones y municiones, así como la detonación de misiles, bombas y proyectiles liberan gases de efecto invernadero y compuestos tóxicos. Por último, están los incendios provocados por los ataques: cuando arden depósitos de petróleo, refinerías o infraestructuras energéticas, las emisiones se disparan. La guerra, en este sentido, actúa como un acelerador climático: en días se libera lo que en tiempos de paz tardaría meses o años en emitirse.

Más allá de las emisiones inmediatas, la guerra en Irán está generando un desastre ecológico de largo plazo. La destrucción de ecosistemas, la contaminación del suelo y del agua, y la liberación de sustancias tóxicas pueden afectar la capacidad de la naturaleza para absorber carbono y mantener su equilibrio.

Hay impactos preocupantes como la contaminación química. Los restos de explosivos, combustibles y metales pesados se filtran en el suelo y los acuíferos. Sustancias como TNT, percloratos y compuestos de uranio empobrecido pueden permanecer activos durante décadas, afectando cultivos, fauna y salud humana. La “lluvia negra” en zonas donde se han incendiado instalaciones petroleras, se han registrado precipitaciones mezcladas con hollín, hidrocarburos y partículas tóxicas. Este fenómeno, conocido como “lluvia negra”, ya se observó en conflictos como la Guerra del Golfo y tiene efectos devastadores sobre la agricultura y el agua potable. La pérdida de vegetación, los incendios, bombardeos y movimientos de tropas destruyen bosques, humedales y áreas agrícolas. La pérdida de vegetación reduce la capacidad de captura de CO₂ y acelera la desertificación, un problema ya crítico en Irán debido al estrés hídrico. La fauna local —incluyendo especies en peligro— sufre desplazamientos, mortalidad masiva y pérdida de hábitat. La desaparición de especies clave altera cadenas tróficas y debilita ecosistemas enteros.

Estos daños no se limitan al presente: pueden tardar siglos en revertirse. Hay retrocesos globales en la transición energética. El impacto climático de la guerra no se limita a las emisiones directas o a la destrucción ambiental. También tiene consecuencias económicas y políticas que afectan la lucha global contra el cambio climático. Los conflictos en regiones productoras generan incertidumbre y tensiones en los mercados energéticos. El encarecimiento del petróleo provoca que muchos países aumenten subsidios a combustibles fósiles para contener la inflación, desviando recursos que podrían destinarse a energías renovables. Los gobiernos involucrados —y sus aliados— redirigen presupuestos hacia gasto militar, dejando menos margen para políticas climáticas, investigación energética o adaptación al cambio climático. En contextos de crisis, los países suelen priorizar la seguridad energética a corto plazo, lo que puede retrasar inversiones en tecnologías limpias. La guerra, por tanto, actúa como un freno indirecto a la descarbonización global.

La relación entre guerra y cambio climático no es unidireccional. Así como los conflictos aceleran el calentamiento global, el cambio climático también aumenta el riesgo de conflictos. La escasez de agua, la desertificación, la pérdida de cosechas y las migraciones climáticas generan tensiones sociales y geopolíticas que pueden desembocar en violencia. En regiones como Oriente Medio, donde el estrés hídrico es extremo y las temperaturas alcanzan niveles peligrosos, este círculo vicioso es especialmente evidente. La guerra en Irán, por tanto, no solo agrava la crisis climática: también se alimenta de ella.

La guerra en Irán está acelerando el cambio climático a través de tres mecanismos principales: emisiones masivas e inmediatas de CO₂, destrucción ambiental con efectos duraderos retrocesos globales en la transición energética.

Estos impactos rara vez aparecen en los titulares, pero representan un costo ambiental que afectará a generaciones futuras. Comprender esta dimensión es esencial para evaluar el verdadero precio de la guerra y para recordar que la paz no solo salva vidas humanas: también protege el clima del que depende toda la vida en la Tierra.

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