La tregua institucional ha terminado. El líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, acusó ayer al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, de haber “desaparecido”, mientras alimenta los interrogantes sobre la tragedia ferroviaria de Adamuz (Córdoba) e insta al Ejecutivo a dar la cara y a “asumir los errores de principio a fin”. “El duelo no puede ser coartada para la opacidad, porque el duelo no suspende las obligaciones del Gobierno, y una de ellas es garantizar la seguridad ferroviaria en nuestro país”, aseguró en rueda de prensa en la sede de Génova 13. Es decir, que el líder gallego resucita aquello de “queremos la verdad”, que abonó la teoría de la conspiración durante el 11M.
Feijóo entiende la política como una venganza permanente. El accidente ferroviario de Adamuz, que ha dejado al país conmocionado y en medio de un debate urgente sobre la seguridad ferroviaria, se ha convertido también en un escenario donde la confrontación política vuelve a imponerse sobre la búsqueda de soluciones. En ese marco, la actitud de Alberto Núñez Feijóo puede ser interpretada como un ejemplo más de una forma de entender la política basada en el ajuste de cuentas constante.
Mientras los equipos de emergencia trabajaban para atender a las víctimas y se abría paso la investigación técnica, el líder del Partido Popular centró su intervención pública en responsabilizar al Gobierno de lo ocurrido. Más que esperar a los informes periciales o a los datos oficiales, Feijóo optó por un discurso que subrayaba la supuesta negligencia del Ejecutivo, presentando el accidente como la consecuencia directa de sus decisiones. Este enfoque fue leído por parte de la opinión pública como un intento de capitalizar políticamente una tragedia, reforzando la idea de que su oposición se articula desde el agravio y la revancha.
El patrón no es nuevo: ante cada crisis (sanitaria, territorial, económica o, como en este caso, de infraestructuras) Feijóo tiende a situar el foco en la culpabilidad del Gobierno antes que en la búsqueda de consensos o soluciones. En el caso de Adamuz, esta dinámica se intensificó. Se exigieron dimisiones antes de que se conocieran las causas del siniestro. Se acusó al Ejecutivo de “abandono” y “desidia” sin esperar a los informes técnicos. Se utilizó el accidente como prueba de una supuesta decadencia institucional atribuida al Gobierno.
Este tipo de reacciones alimenta la percepción de que Feijóo concibe la política como un terreno para el revanchismo donde cada error del adversario debe convertirse en una oportunidad para ajustar cuentas. El episodio de Adamuz vuelve a poner de relieve la tensión interna del liderazgo de Feijóo: la promesa de moderación que lo acompañó en su llegada a Madrid choca con una práctica política que, en momentos críticos, se inclina hacia la deslegitimación del rival. La presión de sectores del PP que reclaman una oposición más dura y la competencia con Vox empujan a Feijóo hacia una posición donde la crítica se convierte en acusación y la discrepancia en hostilidad.
La utilización de tragedias como arma política tiene efectos corrosivos: dificulta la serenidad necesaria para analizar causas y responsabilidades reales; polariza a la ciudadanía en momentos que exigen unidad y rigor; desvía la atención de las soluciones técnicas y de las reformas necesarias; y erosiona la confianza en las instituciones encargadas de investigar y prevenir accidentes. Cuando la política se vive como una venganza permanente, incluso los momentos de dolor colectivo se convierten en trincheras.
El accidente ferroviario de Adamuz debería haber sido un punto de encuentro para reforzar la seguridad, mejorar la coordinación institucional y acompañar a las víctimas. Sin embargo, la reacción de Feijóo reforzó la percepción de que su estrategia se basa en la confrontación constante y en la búsqueda de culpables antes que en la construcción de soluciones.
Además, volvió a tirar de catastrofismo. Nada funciona, todo es un desastre, la España de Sánchez es un Estado fallido. Según el líder del PP, el estado de las vías “es reflejo del estado de la nación” y el “deterioro” no es “accidental” sino que es “una secuencia”. “Las casualidades no se encadenan durante meses y meses. Cuando los problemas se avisan y no se corrigen, dejan de ser imprevistos”, señaló el líder popular, quien afirmó que los maquinistas habían hecho “reiteradas advertencias” en los últimos meses de que “esto podía acabar mal”.
Feijóo insistió en la necesidad de escuchar a los maquinistas y en que los recientes accidentes en Adamuz y Gelida (Barcelona) “no son hechos aislados” sino “un síntoma general de que los servicios públicos esenciales no están funcionando”. “Es la evidencia de su colapso”, añadió Feijoo tras subrayar que el Gobierno tiene que asumir “de forma inmediata” la magnitud de lo que está pasando en el sistema ferroviario. A fuerza de carroñerismo y de jugar con el sufrimiento de las víctimas, ya tiene medio ganada la batalla del relato, que es lo que le interesa a él. Eso mismo le dijo a Mazón durante la dana: céntrate en el relato, gana el relato (incluso por encima de la verdad de los hechos). Feijóo demuestra escasa talla como estadista.