Las elecciones en Castilla y León (CyL) han venido a confirmar que el PSOE no está tan muerto como Feijóo, Tellado y Ayuso decían. Cuando todo apuntaba a un nuevo descalabro socialista, el candidato regional Carlos Martínez ha dado oxígeno a Ferraz con dos escaños más (30) y un leve repunte en votos hasta casi nivelar la balanza con el PP (los populares obtienen 33 escaños, una diferencia más ajustada de lo que cabría pensar). “Nos daban por amortizados, pero no lo estábamos”, aseguró ayer el dirigente local del PSOE.
La cita de ayer viene a demostrar que un candidato sobre el terreno, próximo y cercano a los electores de la comunidad autónoma, funciona mejor que uno colocado por Moncloa o un paracaidista, pero en cualquier caso el éxito es fruto de un trabajo en equipo y confirma que el socialismo no estaba tan derrotado como decían. Hay partido de cara a las elecciones generales. Bien por el contexto internacional de guerra en Oriente Medio (que ha movilizado al electorado de izquierdas concentrando voto útil en torno al PSOE) bien porque una buena parte de la ciudadanía valora positivamente la experiencia del Gobierno de coalición, lo cierto es que Feijóo sigue sin tener atada la victoria de 2027. Al gallego se le sigue resistiendo el sanchismo y quizá el CIS, que en los últimos meses ha ido avanzando sondeos halagüeños para los socialistas, no ande tan desencaminado en sus augurios sobre lo que puede pasar en la cita trascendental del próximo año (de hecho, Tezanos ha clavado las encuestas previas en los comicios de ayer en Castilla y León).
Alberto Núñez Feijóo sigue sin rematar la faena para desactivar el llamado “sanchismo”, un término que el propio Partido Popular ha convertido en eje de su estrategia, pero que, paradójicamente, sigue funcionando como un escudo para el presidente del Gobierno. Cada intento de desgaste, cada ofensiva parlamentaria y cada campaña mediática acaban chocando con una realidad que se repite elección tras elección: el liderazgo de Pedro Sánchez, lejos de debilitarse, se mantiene como un elemento aglutinador para la izquierda y como un muro difícil de derribar para la oposición. De hecho, ayer se vio que el PSOE es capaz de concentrar y aglutinar voto útil a costa de otras formaciones de izquierdas que como Sumar y Podemos desaparecen del mapa político de CyL.
El PP lleva más de un año intentando construir un relato según el cual el país vive atrapado en una anomalía política, sostenida por pactos “indeseables” y decisiones “irresponsables”. Sin embargo, ese marco no termina de calar más allá de su propio electorado. La razón es doble. Por un lado, Sánchez ha demostrado una capacidad notable para convertir cada ataque en una oportunidad de reafirmación. Por otro, Feijóo no ha logrado proyectar una alternativa suficientemente sólida, ni en términos programáticos ni en términos emocionales. El resultado es un escenario en el que el “sanchismo” no solo no se derrumba, sino que resiste, salva los muebles. Esa resistencia socialista podría verse reforzada si en los próximos meses se enquista la invasión de Irán desatada por Trump y la izquierda se moviliza con el No a la guerra. Más voto útil para Sánchez extraído de la sangría de la izquierda a la izquierda del PSOE.
Uno de los elementos que más desconcierta al PP es la capacidad de Sánchez para sobrevivir a crisis que, en cualquier otro contexto, habrían sido letales. Desde la amnistía hasta los acuerdos con partidos independentistas, pasando por las tensiones internas de la coalición, el presidente ha ido sorteado cada episodio. Los pactos con Vox, lejos de reforzar al PP, han minado su hegemonía política, como se ha demostrado en las recientes elecciones en Extremadura y Aragón. La oposición se ha convertido en un ejercicio de repetición: advertencias sobre el fin del Estado de derecho, acusaciones de cesión y un tono de alarma permanente que, lejos de movilizar a nuevos votantes, parece reforzar a los ya convencidos. Feijóo no ensancha espacio político, en buena medida porque no convence al votante de centro cansado del sanchismo. Por otra parte, es evidente que el PP es cada vez más rehén de Vox, al que necesita para gobernar.
El problema para Feijóo es que el “sanchismo” no es solo una figura política, sino un marco emocional. Para una parte importante del electorado progresista, Sánchez representa la contención frente a la derecha, la defensa de ciertos avances sociales y la garantía de que España no girará hacia posiciones más duras en materia territorial o de derechos civiles. Esa percepción, más allá de los matices, convierte al presidente en un símbolo que trasciende su propia gestión. Y es precisamente ese componente simbólico el que Feijóo no ha logrado erosionar.
A ello se suma un factor interno: el PP vive una tensión soterrada entre su dirección nacional y los sectores más duros del partido, especialmente en Madrid. Mientras Feijóo intenta mantener un perfil institucional y moderado, figuras como Isabel Díaz Ayuso empujan hacia un discurso más confrontativo, más emocional y más cercano al estilo de la derecha populista europea. Esa dualidad genera ruido, contradicciones y mensajes cruzados que dificultan la construcción de una alternativa coherente. El votante percibe esa disonancia y, en un contexto de polarización, tiende a refugiarse en posiciones conocidas.
El “sanchismo”, por su parte, se alimenta de esa división. Cada vez que el PP se enreda en debates internos o en contradicciones estratégicas, el Gobierno aprovecha para reforzar su narrativa: la de un Ejecutivo estable frente a una oposición que no termina de definirse. Aunque esa estabilidad sea discutible, la percepción importa tanto como la realidad. Y en ese terreno, Sánchez ha demostrado ser un comunicador eficaz, capaz de marcar la agenda incluso en momentos de debilidad.
Otro elemento que explica la resistencia del “sanchismo” es la fragmentación de la derecha. Vox, lejos de desaparecer, sigue ocupando un espacio significativo que impide al PP ampliar su base electoral. Feijóo necesita atraer a votantes moderados sin perder a los sectores más conservadores, una ecuación que se ha demostrado casi imposible. Cada gesto hacia el centro provoca tensiones con Vox; cada guiño hacia la derecha aleja a los votantes que podrían darle la mayoría. En ese equilibrio inestable, el “sanchismo” encuentra un terreno fértil para mantenerse.
