Los resultados electorales en Castilla y León han dejado fríos a los dirigentes de Vox. Tanto es así que anoche se respiraba cierta atmósfera de frustración mientras corría por Bambú un comentario generalizado: “Hemos tocado techo”. Es evidente que esperaban más.
Aunque el partido verde logra mejorar ligeramente su representación parlamentaria, sumando un escaño más respecto a la anterior legislatura, el avance queda lejos de las expectativas que durante la campaña había alimentado su propio líder, Santiago Abascal. Hasta tres factores han penalizado el proyecto voxista en tierras castellanoleonesas: el mal recuerdo que los ciudadanos tenían del anterior Gobierno de coalición PP/Vox; las recientes purgas ordenadas por Abascal (con los sonados ceses de Javier Ortega Smith y el barón murciano José Ángel Antelo); y el tsunami pacifista del “No a la guerra”. Pero vayamos por partes.
Es evidente que el primero de los factores ha pesado de forma importante. La experiencia de gobierno compartido entre el Partido Popular y Vox en Castilla y León dejó un mal sabor de boca a los ciudadanos de esta región, especialmente en sectores rurales que habían visto con esperanza la llegada de los ultras al poder autonómico. Muchos agricultores y ganaderos dieron por sentado que Juan García-Gallardo Frings, el entonces hombre fuerte de Abascal en aquellas tierras, acabaría con la Agenda Verde 2030, con las políticas ecológicas y con la España vaciada, que carcome aquella región como a ninguna otra. Creyeron, erróneamente, que el neofranquismo de nuevo cuño resolvería las goteras de la democracia y traería prosperidad, aunque fuese instaurando un sistema clientelar y caciquil. Nada de eso ocurrió. Las patrañas demagógicas, bulos enloquecidos y falsas promesas de Vox quedaron al descubierto y en evidencia y los de Abascal vinieron a confirmar lo que ya se temía: que cuando están en la oposición se comportan como un partido rupturista, cañero y canalizador del odio y el malestar social pero, cuando les llega la hora de gobernar y gestionar, no saben. Con Gallardo Frings controlando consejerías, en plan señorito feudal, la crisis del agro se agravó, los incendios arrasaron aún más la maltrecha tierra castellana y la tuberculosis bovina causó estragos (lógico, los de Vox son negacionistas y no creen en medidas preventivas como la vacunación del ganado).
El resultado fue que ni los pequeños ganaderos ataron perros con longanizas ni los agricultores se hicieron de oro de la noche a la mañana con la presunta bajada de impuestos, tal como les habían prometido. Al final, las gentes engañadas de Castilla y León se revolvieron contra Frings por incompetente y soberbio y el Gobierno de Mañueco terminó saltando por los aires. Para la historia quedarán aquellas manifestaciones agrarias en las que el elitista vicepresidente fue abucheado e increpado. Faltó poco para que el pueblo, convencido de que aquel Ejecutivo ultraconservador era la casa de tócame Roque, los echara a gorrazos de las instituciones. Todo aquello, que sigue fresco en la memoria de los ciudadanos de CyL, no se ha olvidado, y esa factura la ha pagado Vox, indudablemente, en las elecciones de este fin de semana.
La segunda losa que ha terminado pesando sobremanera en las autonómicas de este domingo ha sido la cruenta purga iniciada en las últimas semanas por Abascal contra el llamado sector moderado del partido, aunque en realidad, bien mirado, tal caza de brujas no ha sido solo una limpieza ideológica para trumpizar todavía más el partido, sino más bien una liquidación de fundadores, líderes regionales y primeros espadas que al Caudillo de Bilbao le sobraban en su intento de convertir el partido en una organización de corte autárquico y personalista, o sea en su propio cortijo. Para muchos votantes, la cadena de expulsiones, ceses, escándalos y bochornosos enfrentamientos públicos a cara de perro ha sido una decepción. ¿Cómo va a garantizar la unidad de España un partido que ni siquiera puede garantizar la unidad de sí mismo? Es obvio que el proyecto ha sufrido un fuerte desgaste y la imagen de gallinero y jaula de grillos ha terminado pasando factura en estas elecciones. El castellano recio va de cara, es honrado e íntegro, y no ha terminado de entender cómo los líderes de un partido que supuestamente llegaban para salvar España altruistamente han terminado a sus cuitas, a sus navajazos y a trepar internamente. Como tampoco ha gustado a la parroquia voxista tanto bloqueo regional que solo favorece al sanchismo.
Y luego está la guerra de Irán. El delirio de Trump ha estallado en el peor momento para la extrema derecha española. Conviene no olvidar que Vox es la sucursal de la secta MAGA en nuestro país, de modo que Abascal ha tenido que hacer malabarismos dialécticos para defender su patriotismo mientras su mentor, enemigo declarado de España, amenazaba con cortarnos todo tipo de relación comercial, incluso con un embargo económico. No se puede soplar y sorber al mismo tiempo, como no se puede ser patriota y situarse junto al enemigo, de modo que el líder de Vox ha tenido que capear como ha podido el temporal bélico que se le venía encima y que quita el sueño a una inmensa mayoría de los españoles. Su alegato final, “a Sánchez le gusta más una guerra que a un tonto un lápiz” (mientras defendía al magnate neoyorquino) pudo ser una afilada boutade de campaña, pero también el mejor síntoma de que el amado líder había quedado descolocado, noqueado y sin discurso coherente. O sea, política y retóricamente en cueros.
Anoche, el líder regional de Vox, Carlos Pollán, destacaba que su partido ha roto el techo de votos, un “resultado histórico”, pero la realidad es que los ultras quedan en el 18,9 por ciento de los sufragios, lejos del jaque mate al bipartidismo. Las expectativas que Vox había despertado nada tienen que ver con este resultado que, aunque bueno para ellos, no los sitúa como el partido preparado para dar el sorpasso final a un PP que sigue mostrándose fuerte y poderoso en Castilla y León. Eso sí, le van a poner un precio muy alto a la investidura de Mañueco, como ya se lo han puesto a Guardiola en Extremadura y a Azcón en Aragón. Gobernar no sabrán, pero en jorobar al PP, son expertos.