Feijóo asume el revanchismo como programa político

El líder del PP se deja arrastrar por la dureza del discurso de Vox y pide dimisiones por el accidente de Adamuz antes de conocerse las conclusiones sobre las causas del siniestro

30 de Enero de 2026
Actualizado el 02 de febrero
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Feijóo y Mazón durante los días de la dana.
Feijóo y Mazón durante los días de la dana.

La reacción del Partido Popular al accidente ferroviario de Adamuz, señalando directamente al ministro Óscar Puente y exigiendo su dimisión, ha reabierto un debate que lleva meses sobrevolando la política española: ¿se ha convertido el revanchismo en el eje central de la estrategia de Alberto Núñez Feijóo? La rapidez con la que el PP vinculó la tragedia con la gestión del ministro, antes incluso de que se conocieran los informes técnicos, ha sido interpretada como un movimiento político calculado, más orientado a ajustar cuentas que a esclarecer responsabilidades.

El episodio no puede entenderse de forma aislada. Llega después de meses de tensión entre el Gobierno central y el PP valenciano a cuenta de la nefasta gestión de la riada a cargo de Carlos Mazón. La confrontación entre administraciones, amplificada por declaraciones cruzadas, ha generado un clima en el que cada incidente se convierte en una oportunidad para devolver golpes políticos. En ese contexto, la ofensiva contra Óscar Puente aparece como una pieza más de una estrategia más amplia: convertir la oposición en un ejercicio permanente de desquite. El cainismo español está bien arraigado en las derechas españolas.

En realidad, poco o nada tiene que ver la dana de Valencia con la gestión de los accidentes ferroviarios en Adamuz y Cataluña. En el primer caso hubo una negligencia clara del hombre del Ventorro, que no estuvo donde tenía que estar, es decir, en el Cecopi lanzando la alerta por dana a la población. Ese error costó vidas y no solo eso: estuvo un año mintiendo sobre su famosa comida en el restaurante en la peor crisis climática de la Comunidad Valenciana. En el segundo caso, Óscar Puente no tiene ninguna culpa del accidente, salvo que se piense que era él el competente para revisar cada soldadura del tren AVE siniestrado. El informe de la CIAF determinará qué ocurrió realmente con esa vía y por mucho que Feijóo pida la dimisión del ministro, no tiene demasiado sentido. Si existió alguna negligencia será responsable quien no cumplió con su cometido o función. ADIF es una maraña gigantesca de departamentos, direcciones, subdirecciones, etcétera, con cientos de personas trabajando en cada cuestión. El culpable pagará, el Estado indemnizará y se revisarán los protocolos que haya que revisar para actualizar y evitar errores en el futuro. En cuanto a la gestión informativa de Puente, salvo inexactitudes propias del momento dramático, ha sido más que aceptable. Ha informado en tiempo real y ha dado todos los datos disponibles, cosa que Mazón no hizo como lo demuestra el hecho de que la jueza de Catarroja, instructora de la causa, haya concluido ya, antes de cerrar el caso, que las decisiones tomadas por la Generalitat, primera administración competente, fueron erráticas.

El accidente ferroviario de Adamuz ha abierto un periodo de conmoción nacional. El funeral de Estado celebrado ayer, con asistencia de los Reyes de España, es la mejor prueba. Mientras los equipos de emergencia trabajaban y los técnicos comenzaban a analizar las causas, el PP centraba su mensaje en responsabilizar al ministro de Transportes. La exigencia de dimisión llegó de inmediato, sin esperar a los informes de Renfe, Adif o la Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios. Fue una patética deslealtad que solo tenía un objetivo: vengar a Carlos Mazón. En cuanto a Vox, mejor no hablar. El grito de “asesinos” del exaltado José María Figaredo, diputado ultra, dirigido a la bancada socialista, solo se explica teniendo en cuenta la catadura moral del personaje delirante que practica un odio supremo hacia todo lo que huela a izquierda.

La figura de Óscar Puente, uno de los ministros más combativos en el discurso público, se ha convertido en un objetivo recurrente para la oposición, lo que refuerza la idea de que el ataque no se explica solo por el accidente, sino por un clima político previo. El PP y Vox lo odian porque es brillante en la red social y sus zascas a los cuñados de la derecha son antológicos. Su nombre suena con fuerza para suceder a Sánchez, de ahí que se lo quieran quitar de en medio. Puro revanchismo. Ese cainismo conservador se demuestra en la reacción irracional inmediata que han tenido durante la crisis ferroviaria, en la búsqueda de culpables antes de los datos, en la personalización del conflicto, en la escalada retórica, en la utilización de cada crisis como arma política. Se trataba, una vez más, de ganar la batalla del relato, tal como Feijóo aconsejó a Mazón mientras 235 personas morían ahogadas. En este marco, la política deja de ser un debate sobre modelos y se convierte en una sucesión de ajustes de cuentas. Navajeo. La oposición no se articula en torno a un programa alternativo, sino en torno a la idea de que cada error, cada incidente y cada crisis debe devolverse con la misma intensidad con la que se percibe que el Gobierno actúa.

La estrategia del PP no puede entenderse sin tener en cuenta la presión interna que vive Alberto Núñez Feijóo. Desde su llegada a la dirección del partido, ha intentado proyectar una imagen de moderación. Sin embargo, la competencia con Vox y la necesidad de mantener cohesionada a su base electoral han empujado al PP hacia posiciones más duras. En este contexto, el revanchismo funciona como un elemento de cohesión interna, moviliza a la militancia, evita que Vox monopolice el discurso duro y permite al PP presentarse como una oposición firme y combativa. La ofensiva contra Óscar Puente encaja en este patrón: un gesto contundente que refuerza la imagen de un PP dispuesto a confrontar al Gobierno en todos los frentes. El revanchismo como programa político se caracteriza por una lógica simple: si el Gobierno critica, el PP devuelve el golpe con más fuerza. Esta dinámica se ha visto en la gestión de emergencias. La política se convierte así en una sucesión de ataques y contraataques sin demasiada razón de ser. Cada gesto del Gobierno se interpreta como una provocación; cada crítica, como una agresión; cada decisión, como una oportunidad para responder con mayor intensidad. Y mientras tanto, falla la unidad necesaria de los dos principales partidos de este país para afrontar grandes catástrofes. Ya se vio durante la pandemia, cuando el ya defenestrado Pablo Casado dio un espectáculo político lamentable.

La ofensiva del PP contra Óscar Puente tras el accidente de Adamuz, interpretada como una respuesta a la tensión generada por la dana de Valencia, ilustra un patrón más amplio: la consolidación del revanchismo como eje de la estrategia política de Feijóo. En un contexto de polarización creciente, esta dinámica contribuye a un clima político donde cada crisis se convierte en un campo de batalla y cada decisión en una oportunidad para ajustar cuentas y ganar votos con la indignación popular.

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