Vox no puede permitir que el Estado funcione a través del consenso

Adamuz mostró que el Estado puede funcionar sin crispación. Vox reaccionó no respetando el silencio y el luto. Este análisis explica por qué

21 de Enero de 2026
Actualizado a las 11:11h
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Vox Abascal anticonsenso
Santiago Abascal en una imagen de archivo | Foto: Vox

El accidente ferroviario de Adamuz no solo dejó víctimas, conmoción social y preguntas técnicas aún sin respuesta. Dejó también, aunque fuera de forma fugaz, una escena política poco frecuente en la España contemporánea: cooperación institucional efectiva, mensajes públicos contenidos y una colaboración funcional entre administraciones gobernadas por el PP y el PSOE que evitó la crispación y priorizó la gestión del desastre y el acompañamiento a las víctimas. Ese paréntesis de normalidad democrática duró poco. Vox se encargó de romperlo, incluso antes de que concluyera el luto.

En los sistemas democráticos maduros, el luto institucional cumple una función estructural: suspende temporalmente el conflicto político, recuerda que existen intereses comunes superiores a la disputa partidista y refuerza la legitimidad del Estado cuando este actúa de forma coordinada ante una tragedia. No es solo un gesto simbólico, sino un mecanismo de cohesión.

Precisamente por eso, el luto se convierte en un problema para quienes basan su capital político en la confrontación permanente. Para Vox, el silencio compartido no es neutral: es una amenaza estratégica. Aceptarlo implicaría reconocer que el sistema funciona, que las instituciones pueden cooperar y que el consenso no es una ficción retórica, sino una práctica posible.

Ese funcionamiento coordinado es, para Vox, un problema político de primer orden. Su discurso se alimenta de la idea de que el consenso democrático es una traición, de que la colaboración entre PP y PSOE es la prueba de un régimen agotado que necesita ser derribado. Cuando la realidad muestra lo contrario, es decir, que la cooperación reduce la tensión social y mejora la gestión en momentos críticos, la reacción no es adaptarse, sino romper deliberadamente ese clima.

Romper el luto para restaurar el conflicto

La decisión de no respetar siquiera el luto por Adamuz no es un desliz comunicativo ni una sobreactuación emocional. Es una decisión racional desde la lógica de la polarización. Vox necesita reintroducir el conflicto de inmediato, impedir que se normalice la cooperación entre los grandes partidos y evitar que la ciudadanía perciba que el Estado puede actuar con humanidad y eficacia sin necesidad de confrontación ideológica.

El problema es que, en esta ocasión, la colaboración funcionó. No generó indignación, no produjo escándalo y no alimentó el relato del colapso institucional. Ante la ausencia de una reacción social espontánea, Vox optó por fabricar tensión, incluso a costa de vulnerar un consenso básico: el respeto a las víctimas y a sus familias.

La imposibilidad del silencio político

En el fondo, lo ocurrido tras Adamuz revela un rasgo estructural de la estrategia de Vox: no puede permitirse el silencio. El silencio democrático (ese espacio en el que la política se retira para dejar paso al respeto, la técnica y la compasión) debilita su modelo de movilización permanente. Allí donde otras fuerzas aceptan una pausa, Vox ve una pérdida de terreno.

El luto, en este contexto, no es un acto de humanidad, sino un obstáculo narrativo. Reconocerlo implicaría aceptar que existen momentos en los que la política debe ceder ante la tragedia, algo incompatible con una estrategia que necesita conflicto constante para mantenerse relevante.

Advertencia para la democracia

El episodio de Adamuz deja una conclusión incómoda: mientras exista una fuerza política cuya supervivencia dependa de impedir cualquier forma de consenso democrático, ni siquiera la tragedia estará a salvo de la instrumentalización. La pregunta ya no es si Vox ha vulnerado una norma no escrita del respeto institucional, sino hasta qué punto el sistema es capaz de proteger esos espacios mínimos de unidad y silencio compartido.

Porque cuando ni el luto logra suspender la confrontación, lo que está en juego no es una estrategia electoral más, sino la calidad misma de la cultura democrática. Adamuz ha demostrado que el consenso funciona. La reacción posterior ha demostrado quién no puede permitirse que funcione.

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