Abascal se lo debe todo a Pedro Sánchez

La socialdemocracia ha defendido derechos formales con convicción, pero ha fallado a la hora de asegurar una seguridad material tangible que permita a las familias planificar su futuro con confianza. Eso lo ha aprovechado la extrema derecha de Abascal

03 de Febrero de 2026
Actualizado a las 9:37h
Guardar
Abascal Sanchez Apocalipsis

Durante décadas la socialdemocracia europea fue el eje central del consenso político del continente. Construyó el Estado del bienestar, amplió derechos laborales y articuló una promesa creíble de progreso para amplias mayorías. Sin embargo, hoy asiste con desconcierto al avance sostenido de la extrema derecha en Europa, incluida España, donde el PSOE gobierna pero no logra frenar una creciente desafección social. El fenómeno no es coyuntural ni fruto exclusivo de la manipulación populista. Es, sobre todo, la consecuencia de una pérdida de eficacia social y económica de los partidos que durante décadas se presentaron como garantes de la igualdad y la prosperidad.

La crisis financiera de 2008 marcó un punto de inflexión del que la socialdemocracia nunca terminó de recuperarse. Muchos partidos socialdemócratas gestionaron aquel colapso con recetas que chocaban frontalmente con su tradición histórica. Aceptaron marcos de austeridad, reformas laborales regresivas y recortes en servicios públicos bajo la presión de los mercados y de las instituciones europeas. Desde entonces, la inadaptación de la socialdemocracia a la nueva realidad económica ha sido evidente. El mundo del trabajo se fragmentó, la precariedad se normalizó y el ascensor social dejó de funcionar, mientras los partidos que decían representar a los perdedores de la globalización parecían hablar un idioma antiguo para problemas nuevos.

Esa desconexión se tradujo en medidas insuficientes para garantizar el bienestar de las familias. Políticas de ayudas parciales, subsidios condicionados y parches fiscales no han compensado el encarecimiento estructural de la vivienda, la energía y los alimentos. En países como España, Alemania o Francia, millones de hogares trabajan más que nunca pero viven con menos margen que hace quince años. La socialdemocracia ha defendido derechos formales con convicción, pero ha fallado a la hora de asegurar una seguridad material tangible que permita a las familias planificar su futuro con confianza.

El resultado ha sido una desafección creciente de las clases medias y trabajadoras, tradicionalmente el corazón electoral socialdemócrata. No se trata de un giro ideológico brusco hacia la extrema derecha, sino de una ruptura emocional más profunda. Muchos votantes sienten que los partidos socialdemócratas ya no comprenden sus problemas cotidianos ni hablan desde su experiencia vital. Cuando el discurso político se percibe como distante, tecnocrático o moralizante, el terreno queda abonado para fuerzas que ofrecen mensajes simples, identitarios y emocionalmente potentes.

En este contexto emerge una paradoja central. La socialdemocracia habla de derechos cuando la ciudadanía pide prosperidad económica. La ampliación de derechos civiles y sociales es un logro incuestionable, pero cuando no va acompañada de crecimiento inclusivo y movilidad social, pierde capacidad de seducción. Para amplios sectores populares, el problema no es la falta de reconocimiento simbólico, sino la imposibilidad de llegar a fin de mes, comprar una vivienda o asegurar un futuro mejor para sus hijos. La extrema derecha ha sabido explotar esta brecha, presentándose como la única fuerza que promete orden, protección y prosperidad, aunque sus recetas sean en muchos casos ilusorias.

A ello se suma un fenómeno más profundo y silencioso. La desideologización de las clases trabajadoras. La vieja conciencia de clase ha sido sustituida por identidades fragmentadas y por una lógica de supervivencia individual. En ese vacío ideológico, la extrema derecha ofrece relatos simples de pertenencia nacional y culpables claros, mientras la socialdemocracia parece atrapada en debates internos y marcos conceptuales que ya no movilizan.

Otro factor clave es la percepción de complicidad de los gobiernos socialdemócratas con determinadas élites económicas. La cercanía con grandes corporaciones, la tolerancia hacia la concentración de poder y la falta de reformas fiscales ambiciosas han erosionado la credibilidad de partidos que nacieron para combatir los abusos del capital. Cuando los ciudadanos perciben que quienes gobiernan protegen más a los de arriba que a los de abajo, la narrativa antisistema de la extrema derecha gana terreno, incluso cuando termina beneficiando a esas mismas élites.

Finalmente, la socialdemocracia ha contribuido a su propio aislamiento mediante un sectarismo ideológico que dificulta pactos con fuerzas de centro derecha. En varios países europeos, la negativa a construir acuerdos amplios ha alimentado bloqueos institucionales y gobiernos débiles. La extrema derecha ha sabido presentarse entonces como árbitro necesario o como alternativa al estancamiento, normalizando su presencia en el sistema político.

El ascenso de la extrema derecha en Europa no puede explicarse solo por el miedo, la desinformación o la polarización cultural. Es también el reflejo de una crisis de resultados de la socialdemocracia, incapaz de ofrecer una promesa económica convincente en un mundo más inseguro y desigual. 

El PSOE y la paradoja del voto perdido hacia Vox

Uno de los fenómenos más incómodos para la socialdemocracia española es la transferencia directa de voto desde el PSOE hacia Vox, un movimiento que rompe con la lógica tradicional de bloques ideológicos. Sin embargo, los datos electorales y los estudios demoscópicos coinciden en un punto clave: no se trata de un giro ideológico masivo, sino de un voto de castigo. Vox capitaliza el malestar de antiguos votantes socialistas que se sienten abandonados en el plano económico y cultural por un partido que perciben cada vez más lejano.

El PSOE ha dejado de ser visto por una parte de su electorado como un instrumento eficaz de mejora material. En ese vacío, Vox aparece no como una opción coherente, sino como una herramienta de protesta radical, especialmente entre trabajadores precarizados, autónomos y clases medias empobrecidas.

Uno de los errores estratégicos más persistentes del PSOE ha sido sobrerrepresentar la agenda identitaria mientras subestima la ansiedad económica cotidiana. Aunque los derechos civiles son una parte legítima del proyecto progresista, el énfasis constante en estos debates ha generado la percepción de que el partido prioriza causas simbólicas frente a problemas materiales urgentes como la vivienda, los salarios o el coste de la vida.

Vox ha explotado esta desconexión con habilidad. No ofrece soluciones económicas sólidas, pero sintoniza emocionalmente con el enfado de quienes sienten que el Gobierno les habla desde una superioridad moral ajena a su realidad. El resultado es una fuga silenciosa de votantes socialistas que no se sienten escuchados y que encuentran en el discurso bronco de la extrema derecha una forma de revancha política.

Paradójicamente, el propio PSOE ha contribuido a normalizar a Vox como actor central al convertirlo en el eje permanente de su estrategia de movilización. Alertar de forma constante sobre el peligro de la extrema derecha puede ser eficaz a corto plazo, pero a medio plazo tiene un efecto perverso: consolida a Vox como alternativa real de poder.

Para una parte del electorado popular, el mensaje implícito es claro. Si Vox provoca tanto miedo en el sistema político, quizá sea porque amenaza intereses establecidos. Este razonamiento, aunque erróneo, resulta emocionalmente potente entre votantes desencantados que ya no confían en las promesas del PSOE.

Otro factor clave en la fuga de voto es la dependencia del PSOE de socios parlamentarios percibidos como minoritarios o ideologizados. Pactos necesarios para la gobernabilidad se traducen en una sensación de cesión permanente ante fuerzas que no representan a la mayoría social, especialmente fuera de los grandes núcleos urbanos.

Vox ha sabido capitalizar este malestar presentándose como el único partido que dice defender una idea clara de país frente a lo que describe como un Gobierno rehén de minorías políticas y territoriales. Para antiguos votantes socialistas con escasa identificación ideológica, este relato resulta más comprensible que los equilibrios parlamentarios del PSOE.

El PSOE sigue apelando retóricamente a la clase trabajadora, pero ha perdido gran parte de su conexión emocional con el mundo obrero tradicional. La precarización laboral, la inmigración como factor de competencia percibida y el deterioro de servicios públicos generan tensiones que el partido gestiona desde un discurso técnico o normativo.

Vox entra ahí con un mensaje simple y emocional. Promete protección, orden y prioridad nacional. Aunque sus propuestas económicas no benefician objetivamente a esos votantes, ofrece un relato de dignidad perdida que el PSOE ya no articula con la misma fuerza.

Finalmente, el PSOE paga el precio de ser visto como parte integral del sistema, incluso cuando gobierna con un discurso progresista. Tras décadas de alternancia y gestión institucional, para muchos ciudadanos representa continuidad más que cambio. Vox, en cambio, se presenta como ruptura, incluso cuando su agenda favorece a los mismos poderes económicos que critica.

Esta dinámica explica por qué la extrema derecha crece no solo a costa de la derecha tradicional, sino también de una izquierda socialdemócrata que ha perdido capacidad de canalizar el descontento.

El crecimiento de Vox no es solo un problema de radicalización ideológica. Es el síntoma de una crisis de representación social. El PSOE no pierde votantes porque estos se vuelvan de extrema derecha, sino porque dejan de sentirse socialdemócratas. Mientras no recupere una agenda clara de prosperidad material, justicia económica y protección social efectiva, seguirá alimentando, aunque sea de forma involuntaria, a la fuerza política que dice combatir.

Lo + leído