Hace tiempo que el Partido Popular se instaló en la demagogia populista trumpizada pese a que la Constitución Española del 78 exige que la oposición sea siempre constructiva. De cuando en cuando, entre insulto y bulo, Alberto Núñez Feijóo propone alguna idea, ocurrencia o medida siquiera para disimular. Ayer tocaba vivienda, un asunto que está causando una auténtica sangría de votos al PSOE, a Sumar y en general a la izquierda española en claro retroceso y decadencia. “El acceso a la vivienda es la puerta de entrada de los jóvenes a un proyecto de vida y el Gobierno de Sánchez les está cerrando la puerta”, dijo el dirigente popular, que se fue a Barcelona, epicentro del movimiento okupa como hace un siglo lo fue del anarquismo, a presentar su tan cacareado como vacío de contenido Plan Integral de Vivienda del PP.
Feijóo sabe que el Gobierno se tambalea con el asunto del problema habitacional. Cinco minutos después de que Pedro Sánchez anunciara su plan de rebajas fiscales para los caseros propietarios que no especulen, los socios de coalición reaccionaban ante una idea que consideran liberal y conservadora. Yolanda Díaz, Bustinduy y otros salieron en comandita para mostrar su total rechazo y calificaron la propuesta como un insulto a los inquilinos, una tomadura de pelo y una medida injusta e ineficaz. La izquierda apuesta por una intervención directa del mercado para frenar a burbuja de los alquileres y amparar a las familias sometidas a los abusos inmobiliarios de todo tipo. O sea, un escudo que dé amparo a las clases más vulnerables.
La vivienda puede ser la tumba del socialismo, más teniendo en cuenta que las generaciones jóvenes, principales damnificadas por esta deserción del Estado de bienestar, ven cómo se les niega cruelmente un derecho constitucional. La muchachada está tan harta de ser atracada con alquileres millonarios, con el timo del zulo céntrico con encanto, que está dispuesta a votar al nuevo Franco incluso a costa de dejarse engañar con una versión revisionista y falsificada de la historia. Un autócrata que les dé pan y un techo antes que un teórico de la socialdemocracia que habla mucho y hace poco. Lo explica muy claramente Gabriel Rufián en uno de sus últimos tuits: “O se legisla para que con la vivienda no se especule o la izquierda se va al carajo para lustros. Una familia, una casa”.
Feijóo ha olido el rastro de la sangre y lo ha seguido obsesivamente cual tiburón hambriento. ¿Le interesa el problema de la vivienda en España? Solo como simple ciudadano y observador de la realidad. ¿Son sus propuestas un intento de arrimar el hombro ante la crítica situación que viven millones de personas? Qué va, pone el asunto encima de la mesa solo porque sabe que le hace mucho daño a Sánchez. No hay más que echar un vistazo a las últimas encuestas para comprobar que un nicho importante del granero de votos socialista se está yendo, no ya al PP, sino a Vox, que es mucho más alarmante. La extrema derecha, de forma tan astuta como maquiavélica, está enarbolando las banderas que la izquierda abandonó hace ya tiempo. Basta con escuchar al vendedor de crecepelos Abascal –su tono obrerista y rupturista propio de los líderes revolucionarios del siglo XX, su discurso anticasta, su defensa a ultranza de una supuesta libertad mal entendida, el manido eslogan de “el pueblo primero” frente a las élites, las aristocracias financieras y las oligarquías globalistas–, para constatar cómo Vox le ha dado el cambiazo o tocomocho al votante de izquierdas desafecto y desencantado.
Toda esa apropiación/usurpación de la simbología y la retórica de la izquierda por parte de la ultraderecha, todo ese caldo hurtado a socialistas y comunistas y recalentado con el fogón del odio, viene aderezado con su pizca de sal fascista: el patriotismo exacerbado, la guerra cultural contra el establishment “woke”, el rechazo al inmigrante que, según los ultras, le roba el pan al trabajador, y el boicot al feminismo que mete miedo a tantos hombres acomplejados. Una sopa boba explosiva que se le da a beber al obreraje y que no puede fallar, tal como demuestran las encuestas, que dan a Vox la barbaridad del 18 por ciento de los sufragios de cara a las próximas elecciones. Dentro de nada, a este paso, uno de cada cuatro españoles votará ultra, consumándose el funeral de nuestra efímera democracia.
La extrema derecha ha sabido jugar con las cosas del comer mientras la izquierda estaba a otras cosas, a otras discusiones bizantinas, mayormente al ciclismo, al veganismo, a la quimera del coche eléctrico y al mundo trans. De aquellos polvos estos lodos. Feijóo, aunque por momentos pueda parecer un líder político obtuso, un candidato algo despistado y un orador necesitado de logopedia, no es tonto y sabe por dónde van los tiros demoscópicos. ¿Tiene un plan realista para terminar con el abuso de los precios, los crueles desahucios bancarios y la dictadura de los fondos buitre? Repasemos someramente qué es lo que propone: una vaga promesa, la construcción de un millón de viviendas en una legislatura que solo contribuirá a aumentar el negocio redondo de las hipotecas; la liberalización total del suelo para que se forren los promotores (tal como ya ocurrió en los tiempos de Aznar); la inyección de fondos a las comunidades autónomas para que construyan más pisos (otra falacia, nadie controla ese dinero que en las regiones gobernadas por el PP suele terminar en proyectos faraónicos y megalómanos) y mano dura contra los okupas e inmigrantes (eso sí lo cumplirán, les va la marcha y sueñan con limpiar el lumpen tal como lo está haciendo Trump en Estados Unidos, a garrotazo y tiro limpio). O sea, la misma receta de siempre (cemento, ladrillo y burbuja) convenientemente envuelta en el celofán rojo de la propaganda.