La mentira del colapso: cuando el conflicto sustituye a la verdad

Cómo se fabrica la sensación de ruina en una sociedad que no está en ruinas

31 de Enero de 2026
Actualizado el 02 de febrero
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La mentira del colapso: cuando el conflicto sustituye a la verdad

Hay momentos históricos en los que la distancia entre lo que ocurre y lo que se dice que ocurre se vuelve obscena. España vive uno de ellos. Los datos económicos muestran empleo elevado, crecimiento sostenido y beneficios empresariales robustos. Sin embargo, el discurso político dominante —especialmente desde la derecha— insiste en una narrativa de hundimiento, caos y decadencia nacional.

No estamos ante un error de diagnóstico. Estamos ante una operación discursiva.

El primer paso para desenmascararla es entender que la política moderna no gira en torno a la verdad, sino en torno a la percepción.

Cuando la percepción vale más que los hechos

Hannah Arendt advirtió en Verdad y política que “el conflicto moderno no es entre verdad y mentira, sino entre verdad y relato”. Esta idea es clave para comprender el presente.

La economía puede mejorar, pero si el relato dominante afirma que todo va mal, la verdad queda neutralizada. No se niegan los datos: se vuelven irrelevantes. Lo importante no es si la economía funciona, sino si el adversario puede ser presentado como ilegítimo.

En este marco, la crispación no es un exceso emocional: es una técnica de poder.

La política como construcción de enemigos

Carl Schmitt sostuvo que la esencia de la política reside en la distinción entre amigo y enemigo. Cuando este esquema se impone, la gestión desaparece y solo queda el conflicto.

En España, una parte de la derecha ha asumido plenamente esta lógica. El Gobierno no es un adversario democrático, sino una amenaza moral, institucional y casi existencial. El país no está mal gobernado: está “secuestrado”, “destruido”, “en manos del mal”.

Este lenguaje no busca convencer: busca movilizar mediante el miedo.

El conflicto como negocio político

La pregunta central es incómoda: ¿por qué insistir en un discurso de desastre si eso daña la economía y la estabilidad?

Porque el deterioro no es un efecto colateral, sino un activo político.

Antonio Gramsci explicó que la hegemonía no se basa solo en el control institucional, sino en la capacidad de imponer un marco mental. Si se consigue que una parte de la sociedad crea que todo está roto, cualquier alternativa —por radical que sea— parecerá legítima.

En este sentido, la crispación no fracasa: funciona exactamente como está diseñada.

Neoliberalismo extremo y desprecio por lo común

El ultraliberalismo contemporáneo no necesita demostrar que el Estado funciona mal: necesita que se perciba como disfuncional. La desconfianza es su materia prima.

La politóloga Wendy Brown ha explicado que el neoliberalismo avanzado “no busca mejorar las instituciones, sino vaciarlas de legitimidad para sustituirlas por la lógica del mercado”.

Cuando se repite que España es ingobernable, que el sistema está agotado o que la convivencia es imposible, se prepara el terreno para justificar recortes, privatizaciones y concentración de poder.

Ayuso y la teatralización del conflicto

El estilo político de Isabel Díaz Ayuso encaja perfectamente en este esquema. Su discurso no está orientado a resolver problemas, sino a escenificar una guerra permanente contra el Gobierno central y contra la izquierda en su conjunto.

No se trata de discrepancias políticas normales, sino de una narrativa moralizante: libertad contra tiranía, bien contra mal, pueblo contra élites. El adversario no se equivoca: corrompe.

Esta estrategia tiene un objetivo claro: sustituir el debate racional por la adhesión emocional.

Identidades heridas y política del resentimiento

Francis Fukuyama ha señalado que muchas democracias viven hoy una política del resentimiento, donde sectores sociales sienten que han perdido estatus, aunque objetivamente no estén peor que antes.

Cuando esa frustración no encuentra salida económica, se canaliza políticamente. El conflicto identitario sustituye a la discusión material. Ya no importa cuánto se crezca, sino quién manda y a quién se odia.

Religión, moral y poder simbólico

En este contexto, ciertos valores religiosos conservadores no actúan como estructura de control directo, sino como repertorio simbólico. No es necesario que organizaciones religiosas gobiernen: basta con que su lenguaje moral refuerce la idea de que el adversario es ilegítimo.

La religión se convierte así en herramienta cultural de polarización, no en programa político explícito.

Desenmascarar el truco

La crispación no responde a una España en ruinas, sino a una estrategia de deslegitimación del presente. Cuanto más se grita que todo está roto, más fácil es justificar cualquier ruptura futura.

Como escribió Theodor W. Adorno, “la mentira más eficaz es aquella que se repite hasta parecer inevitable”.

Recuperar la verdad como acto político

Desenmascarar esta situación no consiste en negar los problemas reales, sino en impedir que el conflicto sustituya a la verdad. Una democracia no se destruye solo cuando la economía cae, sino cuando el relato convierte la mentira en norma.

España no vive un colapso económico. Vive una batalla por el sentido de la realidad. Y esa batalla, a diferencia de los datos, sí es profundamente política.

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