Ayuso no juega en el terreno de los datos, sino en el de la identidad emocional. Quien responde solo con tecnicismos pierde; quien responde con insultos, legitima su marco. Ese es su éxito.
Como advirtió Hannah Arendt, «cuando todo es política, nada es verdad». Ayuso prospera precisamente porque logra que todo se convierta en una guerra simbólica. Vencer ese discurso no es amplificarlo, sino desactivarlo.
Recuperar la verdad sin caer en el tecnocratismo
Uno de los grandes fracasos de las fuerzas progresistas en Occidente ha sido confundir verdad con estadística. Los datos son necesarios, pero no suficientes.
El filósofo Jürgen Habermas defendía que la democracia se sostiene sobre la acción comunicativa: la capacidad de explicar, argumentar y generar consensos comprensibles.
¿Qué significa esto en la práctica?
• Explicar la economía desde la vida cotidiana, no desde el PIB.
• Traducir políticas públicas en mejoras concretas y visibles.
• No hablar de crecimiento, sino de seguridad material.
Si la gente no entiende cómo le beneficia el sistema, el sistema pierde legitimidad.
El estado del bienestar no se defiende, se hace sentir
Uno de los grandes errores estratégicos es defender el estado del bienestar en abstracto. La gente no se moviliza por conceptos, sino por experiencias.
Cuando la sanidad funciona, cuando la educación protege, cuando el transporte es accesible, el discurso antisistema pierde fuerza sin necesidad de confrontación directa.
El politólogo Karl Polanyi lo explicó con precisión: las sociedades se rebelan no contra el mercado, sino contra el abandono social que este genera cuando no hay contrapesos.
La mejor forma de vencer a discursos ultraliberales no es refutarlos, sino hacerlos irrelevantes.
Desmontar el marco moral, no discutir el eslogan
Ayuso no gana por sus propuestas, sino por su marco moral: libertad contra opresión, individuo contra Estado, nosotros contra ellos.
Combatir esto exige cambiar la pregunta. No «¿qué propone Ayuso?», sino:
¿Libertad para quién y a costa de quién?
Cuando se demuestra que su «libertad» significa desigualdad, precariedad y abandono de lo común, el discurso se vacía.
Aquí es clave la advertencia de George Lakoff: «quien controla el marco, gana el debate». No hay que responder dentro del marco de Ayuso, sino romperlo.
Reconstruir mayorías sociales, no trincheras ideológicas
La extrema polarización beneficia siempre a quien vive del conflicto. Para defender la democracia hay que ensanchar el campo, no reducirlo.
Esto implica:
• Hablar a votantes no ideologizados.
• Abandonar el lenguaje de burbuja.
• Recuperar un «nosotros» social amplio.
El filósofo Antonio Gramsci llamaba a esto hegemonía cultural: no imponer, sino convencer; no gritar, sino sedimentar sentido común.
Ayuso gana cuando la política se convierte en identidades enfrentadas. Pierde cuando se vuelve gestión compartida del bienestar.
La democracia se defiende con resultados, no con épica
Uno de los errores más graves es responder al populismo con épica vacía. La gente no necesita héroes, necesita certezas.
• Alquileres controlados.
• Alimentos accesibles.
• Servicios públicos robustos.
• Empleo estable y con derechos.
Cuando estas condiciones existen, el discurso del desastre suena falso. Cuando no, se vuelve creíble aunque sea mentira.
La democracia no cae, se deja caer
Las democracias occidentales no están condenadas al colapso. Lo que está en riesgo es su legitimidad vivida. Cuando la democracia no protege, la gente deja de defenderla.
Como escribió Theodor W. Adorno, «la democracia no muere por exceso de conflicto, sino por falta de sentido».
Vencer discursos como los de Ayuso no es destruirlos, sino hacerlos innecesarios. No es ganar una discusión, sino reconstruir confianza. No es prometer más, sino cumplir mejor.