Feijóo es un desastre como estratega político

El plan del líder del PP de tratar de arrinconar a Vox adelantando elecciones regionales ha fracasado y solo ha servido para fortalecer a su competidor

12 de Febrero de 2026
Actualizado a la 13:25h
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Feijóo y Abascal en una imagen de archivo.
Feijóo y Abascal en una imagen de archivo.

Vox está apretando tanto a María Guardiola que ya se habla de repetición electoral. Abascal ha impuesto a la aspirante a presidenta de Extremadura duras condiciones para formar gobierno. Entre ellas, cuatro consejerías entre las más importantes. Y ante estas exigencias inasumibles, Feijóo anda guardiolando, es decir, mareando la perdiz, dejando pasar el tiempo a ver qué pasa, algo típico de gallegos (la estrategia Rajoy). 

Sin embargo, al líder del PP no le queda otra que tragar. Su estrategia de convocar elecciones regionales para arrinconar a Vox no le está dando resultado. El efecto ha sido justo el contrario: una extrema derecha cada vez más fuerte. Ya ocurrió en Extremadura, ocurrió en Aragón y pasará también en los comicios de Castilla-León y Andalucía. El dirigente genovés se ha hecho el harakiri. Ha protagonizado el suicidio colectivo del centro derecha de este país, hasta hoy representado por los populares. Ya no cabe ninguna duda: el fararón del lapsus, Anatop I, es un auténtico desastre como estratega, una calamidad, un finstro duodenal, tal como decía el gran Chiquito de la Calzada.

Ahora que el fiasco ya está consumado y se encuentra rehén de Abascal, ¿qué puede hacer Feijóo? Nada. Ceder todo lo que le pidan sus hermanos ultras, tal como los ha definido su portavor parlamentaria Ester Muñoz. Les dará las cuatro consejerías, el pin parental en las escuelas, los recortes en la lucha contra el cambio climático, el olvido de la memoria histórica y dos huevos duros. Algunos barones están muy hartos de él, mientras Ayuso, consciente de la debilidad del jefe, toma la iniciativa y arrecia en su verborrea falangista (la medalla de Madrid a Donald Trump es, además de una ofensa a la democracia y a la decencia, un corte de mangas al todavía líder popular).

Desde que Alberto Núñez Feijóo asumió la presidencia del Partido Popular, su estrategia respecto a Vox se ha convertido en uno de los ejes centrales del debate político español. Lo que comenzó como una relación incómoda, marcada por la necesidad aritmética en gobiernos autonómicos y municipales, ha terminado para muchos analistas en una cesión progresiva de espacio político, discursivo y estratégico. De ahí que haya ido ganando fuerza la idea de que “Feijóo se lo da todo a Vox”, una frase que sintetiza la percepción de que el líder del PP ha renunciado a marcar límites claros frente a la formación de Santiago Abascal.

El punto de partida de esta dinámica se encuentra en los resultados electorales de 2023. Feijóo aspiraba a gobernar en solitario o, al menos, con apoyos puntuales. Sin embargo, la realidad postelectoral lo obligó a depender de Vox en numerosos territorios. Lo que en un primer momento se presentó como acuerdos “técnicos” o “de gobernabilidad” se transformó rápidamente en coaliciones formales, reparto de consejerías y pactos programáticos. Cada uno de esos acuerdos reforzó la idea de que el PP, bajo el liderazgo de Feijóo, había asumido que su camino hacia el poder pasaba inevitablemente por Vox.

El problema para Feijóo es que esa dependencia no solo ha sido institucional, sino también discursiva. En su intento por evitar fugas de voto hacia la derecha, el PP ha endurecido su retórica en temas como inmigración, seguridad, memoria democrática o políticas de igualdad. Aunque Feijóo insiste en que su partido mantiene un perfil propio, la realidad es que muchas de sus posiciones se han ido acercando a las de Vox, especialmente en momentos de tensión política. Cada vez que el PP adopta un marco narrativo más radical, Vox aparece como el referente original, y el PP como su versión suavizada. Esa dinámica beneficia a Abascal, no a Feijóo.

La cesión más evidente se ha producido en el terreno territorial. En comunidades como Castilla y León, la Comunidad Valenciana, Aragón o Extremadura, Vox ha logrado entrar en gobiernos autonómicos con carteras de peso, influencia presupuestaria y capacidad para marcar agenda. En algunos casos, incluso ha impuesto líneas rojas que el PP ha aceptado sin demasiada resistencia. La derogación de leyes de igualdad, los cambios en políticas culturales o las modificaciones en programas educativos han sido presentados por Vox como victorias propias, mientras el PP ha quedado en la posición incómoda de justificar decisiones que no formaban parte de su discurso tradicional.

Feijóo ha intentado mantener un equilibrio complicado: por un lado, necesita a Vox para gobernar en muchos territorios; por otro, aspira a presentarse como alternativa moderada a nivel nacional. Esa dualidad ha generado contradicciones constantes. Cuando intenta distanciarse de Vox, los acuerdos autonómicos lo desmienten. Cuando intenta acercarse a posiciones más duras, pierde credibilidad entre los sectores moderados que lo apoyaron inicialmente. El resultado es un liderazgo atrapado entre dos presiones opuestas, sin capacidad para imponer un rumbo claro.

Otro elemento clave es la batalla por el espacio mediático. Vox ha demostrado una habilidad notable para marcar agenda, generar polémicas y condicionar el debate público. Feijóo, en cambio, ha optado por un estilo más institucional, menos estridente. En un contexto político tan polarizado, esa estrategia lo deja en desventaja. Cada vez que Vox lanza un mensaje contundente, el PP se ve obligado a reaccionar, y en esa reacción suele ceder terreno. La iniciativa política rara vez está en manos de Feijóo, y eso alimenta la percepción de que es Vox quien marca el paso.

La situación se agrava por la presión interna dentro del propio PP. Algunos barones territoriales consideran que la alianza con Vox es inevitable y que debe normalizarse. Otros temen que esa cercanía erosione la marca del partido y aleje a votantes moderados. Feijóo, en lugar de imponer una línea clara, ha optado por una estrategia de ambigüedad que, lejos de pacificar al partido, ha generado más incertidumbre. Cuando un líder no define los límites, otros actores los definen por él. Y en este caso, Vox ha sabido aprovechar ese vacío.

La frase “Feijóo se lo da todo a Vox” no pretende describir una entrega literal, sino una dinámica política en la que el PP parece actuar a la defensiva, condicionado por las exigencias de su socio potencial. Cada concesión territorial, cada giro discursivo, cada rectificación pública refuerza la idea de que Feijóo no está liderando la relación, sino adaptándose a ella. En política, la percepción de fortaleza es tan importante como la fortaleza real, y en este terreno Vox ha logrado proyectar una imagen de influencia que supera su peso institucional.

El riesgo para Feijóo es evidente: si el PP se acerca demasiado a Vox, pierde su capacidad de atraer al votante moderado que necesita para gobernar España. Si intenta distanciarse, corre el riesgo de fracturar sus alianzas territoriales y de alimentar la narrativa de que no tiene una estrategia coherente. En ambos escenarios, su liderazgo queda debilitado. Y mientras tanto, Vox capitaliza la situación presentándose como el guardián de la “coherencia ideológica” frente a un PP que, según ellos, duda y vacila.

El futuro de esta relación dependerá de varios factores: los resultados electorales, la evolución interna del PP, la capacidad de Feijóo para imponer un relato propio y la habilidad de Vox para mantener su influencia. Pero, a día de hoy, la percepción dominante es que Feijóo ha cedido demasiado espacio, demasiado rápido y sin obtener a cambio una posición de fuerza. En política, quien marca la agenda gana. Y en esta etapa, muchos consideran que Vox está marcando la agenda del PP más de lo que Feijóo está dispuesto a admitir.

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