Ayuso y el silencio machista: cuando el partido no protege y la víctima estorba

La reacción del PP ante las acusaciones contra el alcalde de Móstoles revela que el silencio se presenta como solución frente a las denuncias de abusos sexuales y laborales

06 de Febrero de 2026
Actualizado a las 11:17h
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El alcalde de Móstoles, Manuel Bautista, junto a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso y Elías Bendodo, foto PP
El alcalde de Móstoles, Manuel Bautista, junto a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso y Elías Bendodo, foto PP

El caso de los presuntos abusos atribuidos al alcalde de Móstoles no puede leerse solo como un conflicto personal ni como un episodio aislado de confrontación política. Tampoco puede reducirse a las palabras —más o menos desafortunadas— de un solo dirigente. Lo que ha salido a la luz dibuja algo más profundo y estructural: la forma en que el Partido Popular gestiona las denuncias internas cuando estas afectan a cargos propios y amenazan con romper la disciplina del silencio.

En esas conversaciones internas se llega a calificar la situación descrita como “un acoso de manual”. Esa expresión no procede de la oposición ni de colectivos externos, sino del propio entorno del partido.

La exconcejala que denunció acoso sexual y laboral no buscó inicialmente ni titulares ni tribunales. Hizo lo que muchas mujeres hacen cuando el poder está dentro de su propia organización: pidió ayuda. Solicitó amparo. Expuso los hechos ante la dirección del partido en Madrid y, más tarde, ante la dirección nacional. Su expectativa era razonable: ser escuchada, protegida y que se activaran mecanismos internos de investigación. Lo que encontró fue otra cosa.

Una respuesta basada en contener, no en esclarecer

Las conversaciones internas conocidas muestran un patrón reiterado: disuadir, rebajar, enfriar, desactivar. No aparece una voluntad clara de investigar a fondo, sino un esfuerzo constante por evitar que el conflicto trascendiera. Se le habló de las consecuencias personales, del impacto mediático, del daño a su entorno familiar y de lo difícil que sería soportar una denuncia pública. Se le aconsejó no denunciar, no judicializar, no hacer ruido.

No se trató de una reacción improvisada ni de un comentario aislado. Fue una línea sostenida por distintos cargos del partido en diferentes reuniones. La idea de fondo era clara: el problema no era lo que se denunciaba, sino que se denunciara.

Aquí es donde el caso deja de ser individual y se convierte en político. Porque cuando una organización prioriza la contención del daño reputacional frente a la protección de una posible víctima, está tomando partido, aunque luego invoque la neutralidad o la presunción de inocencia.

El reconocimiento implícito y la inacción explícita

Hay un elemento especialmente revelador: en esas conversaciones internas se llega a calificar la situación descrita como “un acoso de manual”. Esa expresión no procede de la oposición ni de colectivos externos, sino del propio entorno del partido. Y, sin embargo, ese reconocimiento no se tradujo en la apertura de un procedimiento garantista ni en medidas de protección.

La contradicción es evidente: si se considera que el relato encaja en un patrón claro de acoso, ¿por qué no se actúa en consecuencia? Y si no se considera así, ¿por qué se insiste tanto en que no se denuncie?

La respuesta parece estar en una lógica antigua pero persistente: resolver el problema apartando a quien lo señala. De hecho, la salida final fue esa. Tras meses sin una respuesta efectiva, la exconcejala entregó su acta y abandonó el partido. El conflicto se cerró, pero no porque se aclararan los hechos, sino porque desapareció quien los ponía sobre la mesa.

El papel del partido: ni protocolo ni escucha real

Cuando el asunto llegó a los órganos nacionales del Partido Popular, el resultado fue similar. La denunciante presentó un escrito extenso, detallado, con documentación y testigos propuestos. Sin embargo, el expediente terminó archivado sin que ella fuera citada ni escuchada personalmente, y sin constancia de que se practicaran las diligencias que ella solicitaba.

Formalmente, el partido puede alegar que actuó. Políticamente, lo que transmite es otra cosa: una investigación sin escucha no es una investigación, es un trámite defensivo. Sirve para cerrar filas, no para esclarecer responsabilidades.

Este modo de proceder tiene consecuencias que van más allá de un caso concreto. Envía un mensaje nítido a cualquier mujer dentro de la organización: denunciar puede salir caro, y el coste lo paga quien habla, no quien es señalado.

No se puede defender a las mujeres solo cuando hacerlo resulta rentable.

Ayuso, el pp de madrid y el cierre de filas

Las declaraciones de Isabel Díaz Ayuso deben entenderse dentro de ese marco más amplio. La presidenta madrileña no es la única responsable de la respuesta del PP, pero sí es su principal referente político. Cuando opta por deslegitimar la denuncia y por presentarla como parte de una ofensiva política, refuerza la estrategia de cierre de filas y desplaza el foco lejos de las decisiones internas del partido.

No es solo Ayuso. También están la dirección regional, la nacional y los órganos que decidieron no escuchar a la denunciante. Pero su voz amplifica un mensaje: el problema no es lo ocurrido, sino el ruido que genera.

Ese enfoque contrasta con la severidad que el PP ha mostrado en otros casos cuando los acusados pertenecían a otras formaciones. Entonces, la exigencia de responsabilidades era inmediata, la palabra de las denunciantes se consideraba suficiente para exigir dimisiones y la ejemplaridad se invocaba como principio irrenunciable.

La doble vara y sus efectos

La incoherencia no es solo moral; es política. No se puede defender a las mujeres solo cuando hacerlo resulta rentable. No se puede exigir denuncias judiciales como prueba de credibilidad mientras, al mismo tiempo, se presiona para que esas denuncias no se presenten cuando afectan a los propios.

Este doble rasero erosiona la confianza en las instituciones y banaliza el discurso contra el acoso. Porque convierte un problema estructural en un arma arrojadiza y vacía de contenido cualquier apelación a la igualdad o al respeto.

Lo que queda cuando el partido no protege a la víctima

Al final, el balance es claro. Una mujer pidió ayuda dentro de su partido. Expuso una situación grave. Fue disuadida de denunciar. No se activaron mecanismos eficaces de protección. Acabó fuera de la institución y del partido. Y el expediente se archivó sin escucharla.

Ese recorrido no es un accidente. Es el resultado de una cultura política que sigue entendiendo el conflicto como algo que hay que sofocar, no como una oportunidad para corregir abusos y mejorar las reglas del juego.

Aquí no se está pidiendo una condena anticipada ni se está negando la presunción de inocencia de nadie. Lo que se está señalando es algo más elemental: la obligación de escuchar, investigar y proteger. Cuando un partido no cumple con eso, el problema no es la denuncia. El problema es la organización que decide que es más cómodo mirar hacia otro lado.

Y mientras esa lógica no cambie, ningún discurso, ninguna consigna ni ningún cierre de filas podrá ocultar lo esencial: el silencio no es neutral, siempre beneficia al poder.

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