Isabel Díaz Ayuso quería hablar este lunes de incendios, reconstrucción y ayudas a los municipios afectados de la Sierra Oeste, un terreno político cómodo en el que podía anunciar tres millones de euros para medio centenar de empresas, subvenciones de hasta 70.000 euros y recordar el resto de medidas desplegadas por su Gobierno. Era la Ayuso reconocible, la que enumera actuaciones, denuncia la gestión del Ejecutivo central y maneja una comparecencia preparada de principio a fin.
El problema llegó cuando acabó el discurso y empezaron las preguntas.
Porque el ático de Chamberí ya no permite repetir exactamente el argumentario de hace dos semanas. Desde este domingo existe un elemento nuevo y políticamente explosivo: Alberto Núñez Feijóo ha reconocido que el 8 de abril supo que el Gobierno madrileño preparaba obras en Sol y buscaba un espacio para trasladar temporalmente el despacho de la presidenta y su gabinete. Además, el líder del PP ha dicho que Patrimonio deberá explicar por qué se compró un inmueble que no podía destinarse a oficina.
Ayuso tenía este lunes la oportunidad de despejar una cuestión extremadamente sencilla: ¿sabía ya el 8 de abril que se iba a comprar aquel ático y se lo comunicó a Feijóo? No respondió.
Y ahí estuvo probablemente lo más revelador de la comparecencia.
Cuando las palabras dejan de servir
La periodista formuló las preguntas con precisión. Recordó las declaraciones de Feijóo, preguntó si demostraban que era imposible que Ayuso desconociera el movimiento inmobiliario y planteó además otra contradicción: Feijóo había hablado de problemas de cañerías, aire acondicionado y conservación en Sol, mientras la Comunidad acabó justificando la adjudicación del proyecto mediante una “actuación artística única”.
La respuesta de Ayuso comenzó con una frase aparentemente amable —“bienvenida a nuestras ruedas de prensa de este verano”— y continuó con el intento de clausurar el asunto: “Creo que ya lo hemos dicho todo”. Después sostuvo otra vez que se trata de un inmueble destinado a oficinas, aseguró que puede albergar despachos y recordó que está en venta.
Pero la pregunta fundamental seguía intacta.
Por eso otro periodista volvió a intentarlo y puso incluso fecha a la cuestión: 8 de abril. Le preguntó directamente si entonces sabía que iba a comprarse el ático, si se lo contó a Feijóo y si alguien debía asumir responsabilidades por adquirir una vivienda que pretendía utilizarse como oficina sin disponer del uso necesario.
Tampoco respondió.
“Ya no se puede estirar más este chicle”, dijo, antes de terminar con una expresión impropia de la gravedad de una operación realizada con 6,3 millones de euros públicos: “Está en venta. Chao, pescado”.
Los medios hemos destacado precisamente ese rechazo de Ayuso a entrar en el fondo de las preguntas, mientras Feijóo reclama ahora una explicación sobre la adquisición.
Un lenguaje corporal diferente
Pero hoy hubo algo más que palabras. Quien observe la comparecencia completa puede advertir una gestualidad mucho menos controlada cuando las preguntas abandonan el terreno de los incendios y llegan al ático: pequeños movimientos del cuerpo, cambios continuos de apoyo, sonrisas que aparecen en momentos en los que la pregunta no contiene nada humorístico, miradas rápidas hacia los lados y una mandíbula que se tensa repetidamente.
El lenguaje corporal no permite saber qué piensa una persona ni diagnosticar su estado emocional, y sería absurdo convertir un gesto en una prueba de culpabilidad. Pero sí forma parte de la comunicación política, especialmente en una dirigente que ha construido buena parte de su fortaleza pública sobre la seguridad escénica, la réplica inmediata y la capacidad de convertir prácticamente cualquier pregunta incómoda en un ataque al adversario.
Lo significativo hoy no es un gesto aislado, sino la diferencia entre el control con el que desarrolló su intervención inicial y la incomodidad que proyectó cuando tuvo que afrontar preguntas concretas sobre Feijóo y el 8 de abril.
La risa, el “chao pescao”, la referencia al “chicle” y el intento de presentar las preguntas como una persecución periodística pueden funcionar para crear un vídeo de unos segundos destinado a los propios seguidores. Funcionan mucho peor como respuesta a una operación de 6,3 millones de euros.
Vender el ático no borra la compra
Este es además el gran artificio de la defensa de Sol: insistir en que el piso está en venta como si la venta resolviera retrospectivamente las preguntas sobre la compra. No las resuelve.
Aunque mañana apareciera un comprador y la Comunidad recuperara hasta el último euro, seguiría siendo necesario explicar quién decidió adquirir el inmueble, qué informes justificaron la operación, qué alternativas se estudiaron, quién comprobó su compatibilidad urbanística y por qué una sociedad pública desembolsó 6,3 millones de euros para una finalidad que posteriormente quedó cuestionada.
Feijóo, además, ha hecho imposible seguir tratando todo aquello como una cuestión administrativa menor. El presidente nacional del PP sabía que se preparaba un traslado y ahora él mismo reclama explicaciones sobre por qué se adquirió un inmueble que no podía utilizarse como oficina.
Por eso la respuesta de Ayuso de este lunes resulta políticamente tan reveladora. No ha desacreditado las palabras de Feijóo, no ha explicado qué sabía el 8 de abril, no ha dicho quién decidió la compra y no ha anunciado responsabilidades.
Ha dicho que el ático está en venta.
Y ha añadido: “Chao pescao”.
Puede servir para terminar una rueda de prensa. No sirve para cerrar un expediente de 6,3 millones de euros de dinero público.
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