Hay cifras que no hacen ruido porque se han vuelto familiares. La última fotografía salarial muestra que las mujeres cobran de media 5.158 euros menos al año que los hombres. No es un retroceso, pero tampoco un avance. Es algo quizá más inquietante: una quietud estadística que normaliza la desigualdad.
La brecha salarial tiene algo de paisaje. Está ahí desde hace décadas, se discute cada cierto tiempo y luego vuelve a acomodarse en el terreno de lo inevitable. El último informe sindical confirma esa impresión: el diferencial ronda el 20%, prácticamente inmóvil en los últimos años. Si el ritmo de corrección se mantiene, harían falta más de tres lustros para cerrarla. Una generación entera trabajando bajo el mismo desequilibrio.
No es un fallo puntual del sistema, sino un patrón persistente. Los hombres perciben salarios medios superiores a los 31.000 euros anuales; las mujeres se quedan por debajo de los 26.000. Entre ambos números no solo hay dinero: hay trayectorias laborales distintas, oportunidades desiguales y una distribución del tiempo que sigue sin ser neutra.
El tiempo también cotiza
La estadística revela algo conocido pero todavía incómodo: el empleo a tiempo parcial explica más de la mitad de la brecha. No es una elección libre en la mayoría de los casos; es una adaptación silenciosa a una economía que sigue descansando sobre el trabajo invisible de los cuidados.
El dato es elocuente. Casi una de cada cuatro mujeres asalariadas trabaja con jornada reducida, frente a menos de uno de cada diez hombres. Traducido al lenguaje cotidiano: menos salario hoy, menos cotización mañana y una pensión previsiblemente menor pasado mañana.
La desigualdad no se construye solo en la nómina base. Cerca del 40% de la diferencia procede de complementos salariales ligados a disponibilidad horaria, presencia prolongada o puestos de responsabilidad donde la promoción continúa atravesada por inercias culturales. Son pluses que parecen técnicos pero que, en la práctica, premian modelos laborales diseñados históricamente para carreras masculinas.
Conviene detenerse en otro indicador que suele pasar desapercibido. Las excedencias por cuidado de hijos siguen teniendo rostro femenino en casi nueve de cada diez casos. Ha habido una mejora respecto a décadas anteriores, sí, pero el reparto continúa siendo desigual. El mercado laboral penaliza esas interrupciones con una eficacia casi automática.
No todo es inmovilidad. La subida sostenida del salario mínimo ha actuado como una herramienta correctora, elevando los ingresos de los tramos más bajos, donde la presencia femenina es mayor. Más de la mitad de las personas beneficiadas por esos incrementos han sido mujeres. Es un recordatorio de algo elemental: la política salarial también es política de igualdad, aunque rara vez se formule así.
Pero la mejora tiene un límite cuando no se acompaña de cambios estructurales. El problema no es solo cuánto se cobra, sino cómo se organiza el trabajo. Sin servicios públicos de cuidados suficientes, sin corresponsabilidad real y sin revisión de las formas de contratación parcial, la brecha tiende a reproducirse con la misma naturalidad con la que se publica cada año.
La economía española presume, con razón, de dinamismo en el empleo, pero ese dinamismo no siempre corrige las asimetrías. Hay sectores enteros, desde la sanidad hasta el comercio o los servicios profesionales, donde el diferencial se acerca al 30%. No parece un accidente sectorial; es una señal de que la igualdad formal convive con desigualdades muy materiales.
A veces se presenta este debate como una disputa ideológica. Sin embargo, basta mirar la demografía laboral para entender que no es un asunto accesorio. Una brecha persistente implica menor capacidad de consumo, mayor vulnerabilidad futura y un crecimiento económico menos equilibrado.
Quizá lo más revelador no sea la cifra, sino su resistencia al paso del tiempo. Las sociedades cambian más rápido en sus discursos que en sus estructuras. La brecha salarial pertenece a esa categoría de problemas que nadie defiende abiertamente y que, sin embargo, siguen funcionando cada mañana cuando se firman las nóminas.
No hay estridencia en los datos, ni titulares de emergencia. Solo una diferencia anual que se repite con disciplina contable. Como si la igualdad fuese todavía una promesa en fase de cálculo.