Desde hace meses, José María Aznar ha intensificado su presencia pública, su discurso y su estrategia para erosionar al Gobierno de coalición. Lo que podría parecer la simple reaparición de un expresidente se ha convertido en algo mucho más trascendental: Aznar ha enarbolado el manual trumpista de Steve Bannon consistente en la deslegitimación institucional. Un manual que combina agitación social, presión judicial, manipulación mediática y una narrativa de “salvación nacional” que justifica cualquier método para derrocar al Gobierno legalmente constituido. En realidad, es el golpismo a la española de toda la vida, pero pasado por el filtro del manual de la secta MAGA.
Aznar ya habla de impedir a toda costa que gane la izquierda y el Gobierno de coalición porque eso supondría acabar con “el sistema” democrático. Preparémonos de aquí a las elecciones para una andanada del líder ideológico del PP con bulos como el pucherazo de la izquierda, el miedo a la llegada del comunismo y el apocalipsis del “se rompe España”.
La conexión de Aznar con el trumpismo no es metafórica. Steve Bannon, ideólogo de la nueva extrema derecha estadounidense y arquitecto de la estrategia de Donald Trump para sembrar dudas sobre la legitimidad electoral, lleva años tejiendo redes clientelares en Europa. Su influencia en sectores de la derecha española es conocida, y su receta es clara: convertir la política en una guerra cultural permanente, desbordar las instituciones y forzar un clima de excepcionalidad. Aznar, que nunca ha ocultado su admiración por la derecha estadounidense más dura, parece haber encontrado en ese manual una hoja de ruta para su ofensiva actual.
El primer paso del manual trumpista consiste en construir un relato donde el adversario político no es un rival legítimo, sino una amenaza existencial. Trump lo hizo con los demócratas, acusándolos de “robar elecciones” y “destruir América”. Aznar ha adoptado un tono similar: habla de “deriva autoritaria”, “ruptura constitucional” y “Gobierno ilegítimo”, pese a que el Ejecutivo actual fue elegido por mayoría parlamentaria.
Este discurso no busca convencer con argumentos, sino movilizar emocionalmente a una base que ya está predispuesta a ver al PSOE y a sus socios como enemigos de España. La idea es simple: si el Gobierno es ilegítimo, cualquier acción para derribarlo se vuelve legítima. Es la lógica del “todo vale”.
Una de las frases más inquietantes pronunciadas por Aznar en los últimos meses ha sido su célebre “el que pueda hacer, que haga”. No es una frase improvisada. Es una consigna. Un llamamiento a la acción que recuerda demasiado a los mensajes de Trump antes del asalto al Capitolio: insinuaciones, medias palabras, apelaciones al “patriotismo” y a la “defensa de la nación”. ¿Pedirá Aznar que los militantes de la derecha tomen el Congreso de los Diputados o la Moncloa como en su día hicieron los trumpistas con el parlamento norteamericano? El señor de la guerra parece fantasear con ese delirio. Nunca permitirá que la izquierda gane unas nuevas elecciones. Lo impedirá por lo civil o por lo criminal.
Aznar no pide explícitamente desobediencia institucional, pero la sugiere. No llama directamente a la movilización permanente, pero la alienta. No ordena a jueces, policías o funcionarios que actúen contra el Gobierno, pero deja caer que “España lo necesita”. Es un juego peligroso: activar a sectores del Estado para que actúen como contrapeso político, no como garantes neutrales de la legalidad.
El segundo pilar del manual trumpista es la instrumentalización del poder judicial. En Estados Unidos, Trump intentó colocar jueces afines, presionar a fiscales y utilizar los tribunales como arma política. En España, la estrategia pasa por otra vía: la acumulación y sincronización de causas judiciales contra el PSOE, sus dirigentes y sus aliados parlamentarios. Mientras los procesos contra el partido socialista avanzan a una velocidad de crucero, en buena medida gracias a informes de la UCO o de la UDEF cogidos por los pelos, los que afectan a las derechas se retrasan, se ralentizan o se guardan en un cajón. El caso Montoro, la trama Kitchen y el sumario del novio de Ayuso por delitos fiscales son buenos ejemplos de cómo se eternizan los casos que no interesa investigar.
No se trata de negar que existan investigaciones legítimas. El problema es la evidente coordinación temporal: querellas que aparecen en momentos clave, filtraciones interesadas a determinados medios, autos judiciales que se publican horas antes de votaciones decisivas. La sensación de “asedio judicial” no es casual; es parte de una estrategia para desgastar al Gobierno y sembrar la idea de que está rodeado de corrupción, aunque muchas de esas causas terminen archivadas.
Aznar y su entorno han sido especialmente activos en amplificar estas causas, presentándolas como pruebas irrefutables de un supuesto “régimen socialista”. La realidad es más compleja, pero la narrativa ya está instalada.
El trumpismo no funciona sin un ecosistema mediático dispuesto a amplificar cada acusación, cada sospecha y cada mensaje incendiario. En España, ciertos medios han asumido ese papel con entusiasmo. La estrategia es clara: titulares alarmistas, tertulias crispadas, columnas que presentan al Gobierno como una amenaza para la democracia.
Aznar, que mantiene una influencia notable en algunos de estos medios, ha sabido activar esa maquinaria. Cada aparición suya genera una ola de editoriales, entrevistas y análisis que refuerzan su discurso. La repetición constante convierte la exageración en normalidad y la sospecha en certeza.
Otro elemento del manual trumpista es la movilización constante. Trump alentó manifestaciones, caravanas y protestas frente a instituciones. En España, hemos visto cómo determinados sectores de la derecha han adoptado tácticas similares: concentraciones frente a sedes del PSOE, protestas nocturnas, escraches a ministros y una presencia creciente de grupos ultras.
Aznar no lidera estas movilizaciones, pero las legitima. Su discurso las alimenta. Su narrativa las justifica. Y su silencio ante los excesos las normaliza.
La suma de todos estos elementos (guerra judicial, presión mediática, movilización social, deslegitimación institucional) no es casual. Es una estrategia de desgaste total cuyo objetivo es forzar una crisis política que haga caer al Gobierno antes de que termine la legislatura. No se trata de ganar elecciones, sino de impedir que el adversario gobierne. No se trata de debatir ideas, sino de destruir al rival. Es la lógica del trumpismo: si no puedo gobernar, haré ingobernable al país. Fascismo posmoderno.
España no es Estados Unidos, y la sociedad española tiene anticuerpos democráticos fuertes. Pero la tensión política actual demuestra que el manual trumpista ha calado en ciertos sectores de la derecha. Aznar, con su autoridad simbólica y su capacidad de influencia, se ha convertido en el principal difusor de esa estrategia.
