Abascal pide la cabeza de Guardiola y Feijóo está dispuesto a entregarla

El enfado de Génova por la forma en que la candidata del PP ha llevado la negociación con los ultras es "monumental"

17 de Febrero de 2026
Actualizado a las 11:37h
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Feijóo con su candidata María Guardiola
María Guardiola y Alberto Núñez Feijóo en Don Benito | Foto: PP

La tensión interna en el Partido Popular ha vuelto a aflorar con fuerza a raíz de las negociaciones entre María Guardiola, presidenta del PP de Extremadura, y Vox para intentar desbloquear la gobernabilidad en la región. Lo que inicialmente parecía un proceso complejo pero encauzado ha derivado en un pulso político que amenaza con fracturar la estrategia nacional del partido y poner a prueba el liderazgo de Alberto Núñez Feijóo.

El ultimátum lanzado desde la dirección nacional al equipo de Guardiola refleja no solo la importancia simbólica de Extremadura, sino también la dificultad de gestionar alianzas con Vox en un contexto de creciente presión electoral. Estamos, sin duda, ante un "hasta aquí hemos llegado" de la cúpula, cuya paciencia se ha agotado tras semanas de tira y afloja. Pasa el tiempo y la victoria del PP en las urnas puede traducirse en derrota al verse doblegado por la intransigencia de Vox.

Guardiola se encuentra en una posición delicada: por un lado, arrinconada por el partido de Abascal, que se ha enrocado en el rupturismo antisistema y se niega a negociar ningún tipo de reparto de cuotas de poder con la candidata popular (se la tiene jurada y va a por ella no solo por cuestiones políticas, también por cuitas pendientes que llegan a lo personal); por otro lado, queda claro que Guardiola está perdiendo el respaldo del partido, de la cúpula, del propio Feijóo. A esta hora, podría decirse que su cabeza pende de un hilo. Si no logra atar los acuerdos con Vox y lo hace ya, habrá repetición electoral, que con los ultraderechistas disparados en las encuestas podría terminar en un fiasco para los intereses del Partido Popular.

Fuentes de Génova 13 aseguran que el nivel de Guardiola es, en una escala de cero a diez, el máximo, es decir, “monumental”. No ha gustado la forma de negociar de la expresidenta ni su gestión del proceso. Se considera que ha aireado demasiadas conversaciones y que ha asumido un papel demasiado protagonista concediendo entrevistas a medios de comunicación. El resultado de ese enfado es que Feijóo le ha ordenado a Guardiola que trabaje más y más discretamente para lograr el apoyo de Vox y se deje de ruido y debates públicos sobre el feminismo. Las contradicciones de la candidata han sido sonrojantes: primero arremetiendo contra el machismo de “los señoros” ultras, después declarando que su feminismo es igual que el de Vox (en realidad el partido de Abascal repudia cualquier tipo de etiqueta sobre defensa de los derechos de la mujer). Todo este embrollo ha aumentado el cabreo de Génova 13.

Desde el principio, las conversaciones entre PP y Vox en Extremadura han estado marcadas por la desconfianza mutua. Vox reclama entrar en el Gobierno autonómico con consejerías de peso, mientras que Guardiola ha defendido públicamente que su proyecto debe mantenerse “moderado” y “centrado”, evitando ceder áreas sensibles a la formación de Santiago Abascal. Esta postura, que en un primer momento fue interpretada como una estrategia negociadora, ha ido generando fricciones con la dirección nacional del PP, que busca evitar bloqueos institucionales y proyectar una imagen de solvencia y capacidad de pacto.

El ultimátum llega precisamente en ese punto crítico. Según fuentes del partido, la dirección nacional habría exigido a Guardiola que cierre un acuerdo con Vox en un plazo breve y sin más dilaciones. El mensaje es claro: el PP no puede permitirse perder la oportunidad de gobernar Extremadura después de haber sido la fuerza más votada, y mucho menos aparecer como responsable de una repetición electoral o de un bloqueo institucional. La presión no solo es interna; también procede de los barones territoriales, que observan con preocupación cómo cada negociación autonómica se convierte en un termómetro del equilibrio entre PP y Vox. Ahí la responsabilidad de Feijóo está clara: fue él quien dio la orden de convocar elecciones anticipadas en Extremadura, Aragón, Castilla León y Andalucía, para doblegar a Vox, y la jugada le ha salido mal.

Para Guardiola, la situación es especialmente delicada. Su discurso durante la campaña electoral se centró en la regeneración, la transparencia y la defensa de políticas moderadas. En varias ocasiones afirmó que no gobernaría con Vox si ello implicaba renunciar a principios fundamentales, especialmente en materia de igualdad o violencia de género. Sin embargo, la aritmética parlamentaria ha dejado claro que sin el apoyo de Vox no es posible formar gobierno. Esta contradicción entre el compromiso electoral y la realidad política ha alimentado un debate interno sobre hasta qué punto la presidenta regional puede mantener su posición sin poner en riesgo el conjunto del proyecto popular.

El ultimátum de la dirección nacional también responde a un cálculo estratégico más amplio. Feijóo ha intentado proyectar una imagen de liderazgo firme y pragmático, capaz de llegar a acuerdos cuando es necesario, pero sin renunciar a la identidad del partido. En ese marco, cada negociación autonómica se convierte en un precedente que puede influir en otras regiones y en la política nacional. Si Extremadura se convierte en un foco de inestabilidad, el mensaje que se transmite es que el PP no logra gestionar con eficacia sus pactos territoriales. Por eso, la presión sobre Guardiola no es solo una cuestión regional, sino un intento de evitar un efecto dominó. Ya hay quien dice que la presidenta está sentenciada. Abascal ha pedido su cabeza y Feijóo estaría dispuesto a darla si no se arregla pronto la situación.

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