Hay hombres que mueven el mundo sin que nadie sepa sus nombres. No salen en las portadas. No dan mítines. No sonríen en los photocalls. Pero están ahí. En la sombra. Por eso son los más peligrosos, porque siguen tirando de los hilos sin que nadie les vea. Jeffrey Leerink es uno de ellos. El arquetipo perfecto del oligarca moderno, un arquitecto de la ingeniería financiera capaz de mover miles de millones de dólares en operaciones especulativas sin que su nombre trascienda al gran público. Mientras la atención mediática se concentra en los rostros políticos de las grandes crisis, Leerink ha logrado pasar desapercibido como el nexo común entre dos de los mayores desastres corporativos de la reciente historia y una polémica iniciativa urbanística que amenaza con detonar una bomba climática en el cielo de Massachusetts.
La trayectoria del inversor ejemplifica los excesos de un modelo de desregulación agresiva promovido por la industria del capital privado. En 2019, Leerink vendió su firma de inversión, Leerink Partners, al Silicon Valley Bank (SVB) por 280 millones de dólares. Asumió la dirección de la división de valores de la entidad. La historia subsiguiente es bien conocida. La abrupta quiebra del SVB en marzo de 2023 se convirtió en la mayor debacle bancaria en suelo norteamericano desde la Gran Recesión de 2008. Un desastre anunciado. Gestado tras años de presiones legislativas en el Congreso para flexibilizar las salvaguardas prudenciales sobre la banca regional. Sin embargo, cuando el transatlántico financiero naufragó, Leerink ya había coordinado su salida. Recuperó la propiedad de su firma. Y trasladó su radio de acción hacia el goloso mercado de la atención médica y la biotecnología.
La extracción de valor en la sanidad
El desembarco de Leerink en el sector sanitario se produjo de la mano de Steward Health Care, la red hospitalaria con fines de lucro cofundada por el cirujano cardíaco Ralph de la Torre. La génesis de este imperio privado se remonta a 2010. Cuando de la Torre orquestó la compra de Caritas Christi, la red hospitalaria sin fines de lucro propiedad de la Arquidiócesis de Boston, por parte del fondo Cerberus Capital. Lo que siguió fue una estrategia clásica de desmantelamiento de activos orientada al beneficio inmediato de los ejecutivos. La red vendió la propiedad inmobiliaria de sus centros a la firma Medical Properties Trust (MPT). Y impuso a los propios hospitales alquileres inasumibles que precipitaron su insolvencia operativa.
En ese engranaje de apalancamiento y extracción masiva de dividendos, la figura de Leerink resultó determinante. Actuando como asesor financiero exclusivo de Steward en diversas operaciones de venta de activos, la firma facilitó las maniobras que permitieron a la cúpula corporativa repartirse 111 millones de dólares en dividendos. Mientras la red hospitalaria se encaminaba de forma irremediable hacia la quiebra. Las consecuencias sociales de la bancarrota de Steward cayeron sobre los hombros de los pacientes y los trabajadores sanitarios que presenciaron el deterioro progresivo de los servicios médicos esenciales mientras los altos directivos adquirían embarcaciones de gran eslora con las plusvalías obtenidas. Piénselo un momento. Hospitales cerrando. Pacientes desatendidos. Y ejecutivos comprando yates. Eso es el capitalismo depredador en su forma más pura. Más cruda. Más obscena.
La batalla por Hanscom Field
Tras las ruinas del sector financiero y la sanidad pública, el nuevo objetivo del magnate se sitúa a 32 kilómetros al noroeste de Boston. En la pista del aeropuerto de Hanscom Field. Asociado con el empresario de la automoción Michael Argiros, a pesar de que ninguno de los dos cuenta con trayectoria en la industria aeronáutica, Leerink encabeza un ambicioso megaproyecto inmobiliario para expandir de forma masiva los hangares destinados a jets privados de lujo en el aeródromo con mayor volumen de aviación ejecutiva de Nueva Inglaterra.
Estudios independientes revelan que casi la mitad de los 38.000 vuelos anuales que despegan de Hanscom responden exclusivamente a desplazamientos recreativos o de ocio de las élites económicas. La ampliación impulsada por Leerink añadiría unos 6.000 vuelos adicionales al año. Desatando la indignación de una potente coalición vecinal y ambiental que integra a más de 120 organizaciones bajo la plataforma Stop Private Jet Expansion at Hanscom. La tentativa del equipo promotor de justificar la obra bajo el argumento de que la infraestructura reduciría las emisiones globales al recortar la necesidad de los llamados "vuelos de traslado" fue desmantelada con severidad por el senador estatal Michael Barrett en una audiencia pública. Acusando a los promotores de emplear falsas excusas ecológicas para enmascarar un negocio millonario concebido para dar servicio a las rentas más altas.
La protección mediática y la solidaridad entre oligarcas
Frente al historial de escándalos financieros y la fuerte oposición social al proyecto aeronáutico, llama la atención la tibieza con la que el principal medio de comunicación de la región ha abordado las actividades del empresario. El diario The Boston Globe, a través de su prestigioso equipo de investigación, ha documentado de manera minuciosa el colapso de la red hospitalaria Steward y la controversia ambiental en Hanscom Field. Pero ha evitado vincular de forma sistemática el nombre de Leerink a estas tramas. Por el contrario, la cobertura del diario ha incluido perfiles adulatorios que ensalzan su habilidad para los negocios en el ecosistema de las ciencias de la vida.
Para comprender este vacilamiento editorial resulta imprescindible observar la composición del accionariado y las redes de sociabilidad de la élite de Boston. El propietario de los Boston Red Sox y dueño de The Boston Globe, John Henry, comparte con Leerink la condición de usuario habitual de las instalaciones de jets privados de Hanscom Field. Esta convergencia de intereses entre la propiedad de los medios de comunicación y las grandes fortunas del capital privado y la aviación de lujo dibuja un escenario de protección corporativa. Donde las maniobras especulativas que arruinan la sanidad de las comunidades o aceleran el deterioro medioambiental quedan amparadas por un manto de silencio informativo.
El oligarca que no quiere ser visto
A pesar del rechazo inicial de la evaluación ambiental por parte de las autoridades de la Mancomunidad de Massachusetts, los promotores preparan ya la presentación de un plan complementario para antes de que concluya el año 2026. La cruzada por Hanscom Field se ha transformado así en un hito simbólico sobre los límites del poder corporativo en Estados Unidos. La confrontación entre una comunidad dispuesta a frenar el deterioro climático y la impunidad de una oligarquía financiera acostumbrada a privatizar los beneficios y colectivizar las ruinas.
Porque eso es, en esencia, lo que hace Jeffrey Leerink. Y otros como él. Privatizar los beneficios. Socializar las pérdidas. Quedarse con lo mejor. Y dejar lo peor para los demás. Para los pacientes de Steward. Para los vecinos de Hanscom. Para los trabajadores sanitarios. Para el planeta. Para todos nosotros. Y mientras tanto, él sigue en la sombra. Sin focos. Sin cámaras. Sin responsabilidad. Como si nada de esto fuera con él. Como si el mundo fuera un casino y él solo un jugador más. Un jugador muy hábil. Un jugador muy rico. Un jugador que nunca pierde. Porque las reglas, al parecer, están escritas para que él gane. Siempre.
La impunidad del oligarca
Jeffrey Leerink no es un caso aislado. Es un síntoma. Un síntoma de un sistema que permite que unos pocos acumulen riqueza mientras muchos pierden derechos. Un sistema que privatiza beneficios y socializa pérdidas. Un sistema que protege a los poderosos y castiga a los débiles. Y mientras ese sistema siga en pie, habrá más Leerinks. Más SVBs. Más Stewards. Más Hanscoms. Más oligarcas invisibles saqueando lo público. Contaminando el cielo. Arruinando vidas. Y nadie hará nada porque nadie sabe sus nombres, porque nadie quiere saberlos, porque, al fin y al cabo, el sistema funciona así. Y cambiarlo requiere algo más que indignación. Requiere valentía. Requiere memoria. Requiere justicia. Y eso, por desgracia, escasea.
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