​​​​​​​Fernando Ónega, la voz que narró la Transición y convirtió el periodismo en memoria viva

Del joven reportero gallego al analista imprescindible de la democracia española, su trayectoria es la historia contada en primera persona por quien estuvo siempre donde ocurrían los hechos

03 de Marzo de 2026
Actualizado a las 20:22h
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Fernando Ónega en un acto en Torrejón de Ardoz, foto Agustín Millán
Fernando Ónega en un acto en Torrejón de Ardoz, foto Agustín Millán

Hay periodistas que informan y hay periodistas que se convierten en parte del relato colectivo. Fernando Ónega pertenece a esa segunda categoría. Su voz, grave y reconocible, ha acompañado a varias generaciones de españoles en momentos decisivos: elecciones, cambios de gobierno, crisis institucionales y jornadas que marcaron un antes y un después en la historia reciente.

Nacido en 1947 en Mosteiro, en la provincia de Lugo, Ónega llegó al periodismo desde la vocación temprana por contar lo que veía. Galicia fue su primera escuela y Madrid su gran escenario. En la capital encontró el pulso político del país y entendió que el periodismo no era solo narrar hechos, sino interpretar el tiempo que tocaba vivir.

Adolfo Suárez y Fernando Ónega, juntos en 1977
Adolfo Suárez y Fernando Ónega, juntos en 1977

La noche que cambió España

Su nombre quedó ligado para siempre a uno de los momentos más trascendentales de la democracia. Fue el autor de la frase que pronunció el rey Juan Carlos I el 23 de febrero de 1981, cuando el golpe de Estado sacudió las instituciones. Aquel mensaje televisado defendiendo el orden constitucional no solo calmó a un país en vilo; se convirtió en un símbolo de la continuidad democrática.

Ónega, que trabajaba entonces en el entorno de la Presidencia del Gobierno, vivió aquellas horas con la tensión de quien sabe que cada palabra cuenta. Con el paso del tiempo ha relatado cómo se construyó aquel discurso, medido al milímetro, consciente de que España entera estaba pendiente de una voz que debía transmitir serenidad y firmeza. Fue uno de esos instantes en los que el periodista no solo observa, sino que participa en la historia.

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De la radio al análisis político

Si algo ha definido su carrera ha sido la versatilidad. Ha dirigido informativos, ha sido comentarista político y ha ocupado puestos de responsabilidad en medios de comunicación. Pero donde su figura ha brillado con especial intensidad ha sido en la radio. Allí, frente al micrófono, ha demostrado que el análisis puede ser profundo sin perder claridad.

Durante años ha sido una referencia en la radio española, especialmente vinculado a Onda Cero, donde sus comentarios diarios se convirtieron en una cita habitual para miles de oyentes. Su estilo se caracteriza por la precisión, la ironía contenida y una capacidad poco común para explicar la complejidad política en términos comprensibles.

No es un polemista estridente ni un agitador de titulares. Ónega representa una forma de hacer periodismo basada en el contexto, la memoria y la reflexión. Su mirada es la de quien ha visto pasar gobiernos de distinto signo y sabe que la política es un territorio cambiante donde conviene huir de las simplificaciones.

Anecdotario de una vida entre poder y micrófonos

A lo largo de su trayectoria ha acumulado anécdotas que revelan la trastienda del poder. Ha contado cómo eran las conversaciones en los pasillos de la Moncloa en los primeros años de la democracia o cómo se gestionaban las crisis políticas antes de la era de las redes sociales. Recuerda con frecuencia que hubo un tiempo en que las exclusivas se cocinaban en cafés discretos y no en mensajes instantáneos.

Una de las historias que suele evocar es la de aquellas largas noches electorales en las que la información llegaba a cuentagotas y los periodistas dependían de llamadas telefónicas y confidencias. Nada que ver con la inmediatez actual. Para él, aquella lentitud obligaba a contrastar más y a pensar mejor.

También ha reflexionado sobre el peso de la responsabilidad cuando se ocupa una posición cercana al poder. Haber sido jefe de prensa de la Presidencia del Gobierno le permitió conocer el otro lado del periodismo: el de quienes gestionan la comunicación institucional. Esa experiencia le dio una perspectiva singular que más tarde trasladó a su labor como analista.

Una familia ligada a la comunicación

La comunicación no ha sido solo su profesión, sino casi un patrimonio familiar. Es padre de las periodistas Sonsoles Ónega y Cristina Ónega, ambas con trayectorias consolidadas en televisión. En más de una ocasión ha hablado con orgullo del camino recorrido por sus hijas, aunque siempre ha subrayado que cada generación debe encontrar su propio estilo.

Esa dimensión personal revela a un hombre que, más allá del personaje público, valora la discreción y la vida familiar. Quienes le conocen destacan su carácter afable y su sentido del humor gallego, mezcla de retranca y prudencia.

Fernando Onega
Fernando Onega

La memoria como compromiso

En los últimos años, Fernando Ónega ha insistido en la importancia de preservar la memoria de la Transición y de los primeros pasos de la democracia. No desde la nostalgia, sino desde el análisis crítico. Ha defendido que entender aquel periodo es clave para interpretar los debates actuales.

Su trayectoria ha sido reconocida con numerosos premios, entre ellos galardones de periodismo que valoran una carrera extensa y coherente. Sin embargo, más allá de los reconocimientos, su mayor legado es haber contribuido a que millones de ciudadanos comprendieran mejor el país en el que viven.

Fernando Ónega junto a su mujer (derecha) y sus hijos cuando fue investido Académico de Honor de la Real Academia Europea de Doctores (RAED) el 13 de marzo de 2025., foto Agustín Millán
Fernando Ónega junto a su mujer (derecha) y sus hijos cuando fue investido Académico de Honor de la Real Academia Europea de Doctores (RAED) el 13 de marzo de 2025., foto Agustín Millán

Fernando Ónega no es solo un periodista veterano. Es una voz que ha acompañado a España en sus momentos de incertidumbre y esperanza. Su biografía se entrelaza con la historia reciente del país y demuestra que el periodismo, cuando se ejerce con rigor y sensibilidad, puede convertirse en memoria compartida.

En un tiempo de ruido y polarización, su figura recuerda que el análisis pausado sigue teniendo espacio. Y que contar la historia con honestidad es, en sí mismo, un acto de responsabilidad.

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