Según el reciente Barómetro Juventud y Género de la Fundación FAD Juventud, el sentimiento de pertenencia al movimiento feminista ha experimentado un retroceso significativo, situándose en el 38,4% de los jóvenes, la cifra más baja registrada desde 2021. Este descenso de casi doce puntos respecto al máximo histórico refleja una fractura ideológica en la que el feminismo es percibido por casi la mitad de los encuestados como una herramienta de manipulación política, conviviendo de forma inusitada con la creencia mayoritaria de que sigue siendo necesario para alcanzar la igualdad real.
Esta desafección no surge en el vacío, sino que se alimenta de una percepción de agravio creciente entre el sector masculino. Investigadores de la FAD señalan que está arraigando con fuerza la idea de que las políticas de igualdad han "pasado de frenada", colocando a los hombres en una supuesta posición de desventaja. Mientras que más del 61% de las chicas identifica grandes desigualdades de género en el país, solo el 36,7% de los chicos comparte esa visión, una brecha perceptiva que complica la recuperación de consensos sociales que se consideraban asentados pero que hoy parecen quebrantados.
En el ámbito de la vida privada, la paradoja se intensifica al analizar las dinámicas de pareja. Aunque existe un consenso teórico casi universal sobre la importancia de la comunicación y la igualdad de derechos, la práctica diaria revela una persistencia alarmante de conductas de vigilancia. Los jóvenes de hoy muestran una mayor tolerancia al control digital que la población adulta: un tercio de ellos considera aceptable conocer la ubicación de su pareja en todo momento. La realidad es especialmente cruda para las mujeres jóvenes, donde un 32,1% reporta enfados de su pareja por no responder mensajes de inmediato y un 27,3% denuncia que su teléfono móvil ha sido revisado, cifras que superan con creces las experiencias reportadas por sus compañeros varones.
Este escenario se ve agravado por la revitalización de los mitos del amor romántico, que vinculan la relación afectiva con una entrega absoluta y un proyecto inamovible de por vida. Estos marcos mentales facilitan la aceptación de estereotipos que se trasladan también al terreno laboral y doméstico. Todavía hoy, cerca de un tercio de la juventud niega la existencia de la brecha salarial y asocia sectores como la informática o la ingeniería principalmente al ámbito masculino. En el hogar, a pesar del discurso igualitario, cuando el reparto de tareas falla, la carga sigue recayendo de forma abrumadora en las mujeres en casi el 40% de los hogares, frente a un marginal 2,3% en los que el hombre asume la responsabilidad principal.
Este fenómeno de desafección no puede entenderse como un proceso aislado, sino como un síntoma de la polarización política que ha transformado la identidad de género en un campo de batalla electoral. El descenso del sentimiento feminista entre los más jóvenes coincide cronológicamente con la consolidación del discurso de Vox, una formación que ha hecho de la crítica al "feminismo hegemónico" uno de los pilares centrales de su estrategia de comunicación, logrando permear especialmente en el segmento de los varones de la Generación Z.
Para entender esta convergencia, es necesario analizar cómo la extrema derecha ha logrado capitalizar el malestar de una parte de la juventud masculina que se siente señalada por las políticas de igualdad. A través de conceptos como la "ideología de género" o la denuncia de una supuesta "persecución al hombre", Vox ha ofrecido un marco de reacción identitaria que resuena en aquellos que perciben los avances en derechos de las mujeres no como una ganancia social, sino como una pérdida de privilegios o una amenaza directa a su seguridad jurídica. Esta narrativa ha encontrado un ecosistema ideal en redes sociales como TikTok e Instagram, donde algoritmos de recomendación suelen amplificar discursos de confrontación que alimentan el negacionismo de la violencia de género.
El barómetro de la FAD refleja precisamente el éxito de esta estrategia: cuando casi la mitad de los jóvenes vincula el feminismo con la manipulación política, están reproduciendo el marco discursivo que la formación de Santiago Abascal ha impulsado en las instituciones y el debate público. Esta corriente ha logrado que el rechazo a la etiqueta "feminista" se convierta en un símbolo de rebeldía contra lo establecido, invirtiendo los roles tradicionales; ahora, para un sector de la juventud, lo "transgresor" no es la lucha por la igualdad, sino el cuestionamiento de los consensos que las generaciones anteriores dieron por sentados.
La coincidencia de este retroceso con el auge de la extrema derecha evidencia que la brecha ideológica de género es hoy más profunda que nunca. Mientras las mujeres jóvenes se desplazan hacia posiciones más progresistas y de defensa de derechos, un número creciente de hombres jóvenes se refugia en posiciones conservadoras o reaccionarias como mecanismo de defensa ante un mundo en transformación. Esta asimetría política no solo dificulta el entendimiento en las relaciones afectivas, como muestran los datos de control en la pareja, sino que pone en riesgo la estabilidad de los consensos democráticos sobre los que se han construido las leyes de igualdad en la última década.
El crecimiento de Vox y el repliegue del sentimiento feminista entre los jóvenes son dos caras de la misma moneda: una crisis de los marcos de convivencia que exige una reflexión profunda sobre cómo se están comunicando los valores de igualdad en la era de la posverdad digital. La política de la identidad ha pasado de las aulas al algoritmo, y en ese tránsito, el feminismo ha pasado de ser una causa compartida a un factor de división partidista que la extrema derecha ha sabido explotar para movilizar un voto joven que se siente, paradójicamente, huérfano de relato.