Faltan 6 días para las elecciones autonómicas en Aragón y las encuestas dibujan un escenario político que va más allá de la aritmética parlamentaria y apunta a una transformación más profunda del equilibrio de poder. Los últimos sondeos de 40dB para El País y de Sigma Dos para El Mundo coinciden en lo esencial: el PP de Jorge Azcón ganará los comicios, pero su victoria estará inevitablemente ligada a Vox, que emerge como el actor más fortalecido de la campaña y como árbitro imprescindible de la gobernabilidad. Además, los sondeos prevén una nueva debacle electoral del PSOE de Pedro Sánchez.
La campaña ha tenido un efecto asimétrico. El Partido Popular consolida su posición y podría incluso rozar la mayoría absoluta con una estimación de 30 escaños, cuatro por debajo del umbral necesario para gobernar en solitario. Sería una mejora clara respecto a 2023 y una confirmación de que Azcón ha logrado capitalizar el desgaste del Gobierno de Pedro Sánchez, muy mal valorado en Aragón. Sin embargo, ese avance no es suficiente para evitar la dependencia de la extrema derecha, un rasgo que se ha convertido en constante en varias comunidades autónomas.
El gran perdedor es el PSOE en Aragón, que se encamina hacia su peor resultado histórico, lo que con Pedro Sánchez ya se está convirtiendo en demasiado habitual. Ambas encuestas coinciden en que la candidatura de Pilar Alegría podría caer hasta los 17 escaños, una pérdida que no logra compensarse con el crecimiento de las fuerzas a su izquierda. El retroceso socialista no solo refleja el desgaste nacional del partido, sino también una sangría de votos hacia la derecha y la extrema derecha. Una parte relevante de antiguos votantes socialistas se desplaza directamente al PP y a Vox, un fenómeno que subraya la fragilidad del eje tradicional izquierda derecha en contextos de alta polarización.
En contraste, Vox vuelve a aparecer como el partido que mejor está sabiendo aprovechar el momento político. Con una estimación cercana al 17 por ciento del voto y la posibilidad de duplicar su representación parlamentaria hasta los 14 escaños, a sólo 3 del PSOE, la formación de Santiago Abascal refuerza su papel y su crecimiento. A diferencia del PP, cuyo electorado muestra reticencias a una coalición, los votantes de Vox apoyan de forma abrumadora un acuerdo de gobierno conjunto. El resultado es una relación desequilibrada pero inevitable, en la que la extrema derecha gana capacidad de presión y condiciona el programa del futuro Ejecutivo.
El contexto en el que se produce este ascenso es clave. La encuesta muestra que las principales preocupaciones de los aragoneses son la sanidad, la calidad de los servicios públicos, la inflación y la vivienda. La inmigración y el cambio climático ocupan posiciones secundarias en el conjunto de la población, pero adquieren un peso central entre los votantes de Vox y del PP. Esta brecha en la percepción de los problemas explica parte del éxito de los discursos más duros, que convierten cuestiones identitarias y de orden en catalizadores del descontento.
El bloque progresista llega fragmentado y debilitado. Chunta Aragonesista logra resistir y crecer hasta situarse como la fuerza más sólida a la izquierda del PSOE, mientras que IU Sumar avanza de forma modesta. Podemos, en cambio, se hunde y queda fuera de las Cortes, confirmando la tendencia de desaparición institucional que sufre en varios territorios. La división del voto progresista penaliza especialmente en circunscripciones pequeñas y deja al PSOE sin aliados suficientes para articular una alternativa de gobierno.
Más allá de los números, el caso aragonés muestra una dinámica política más amplia en España. La derecha no solo gana elecciones, sino que lo hace en un marco en el que la extrema derecha deja de ser un actor marginal y se convierte en pieza estructural del sistema. El adelanto electoral convocado por Azcón para desbloquear su dependencia de Vox amenaza con producir el efecto contrario: reforzar a su socio incómodo y normalizar su presencia en el poder autonómico.
La percepción de liderazgo también juega un papel relevante. Jorge Azcón es el candidato más conocido y el mejor valorado, con una ventaja clara sobre Pilar Alegría y sobre el aspirante de Vox, Alejandro Nolasco, cuyo nivel de conocimiento crece rápidamente. La experiencia reciente en otras comunidades demuestra que la baja notoriedad inicial de los candidatos ultras no impide resultados electorales contundentes, un patrón que refuerza la tesis de que el voto a Vox es cada vez más estructural y menos coyuntural.
A seis días de las urnas, la mayoría de los aragoneses da por hecho que Azcón seguirá siendo presidente. La incógnita no es quién gobernará, sino con quién y en qué condiciones. Si se confirman las encuestas, Aragón se sumará a la lista de territorios donde el PP gobierna condicionado por Vox, una fórmula que redefine el centro de gravedad de la política autonómica y anticipa debates más profundos sobre el rumbo ideológico del país.
En ese sentido, las elecciones aragonesas funcionan como un laboratorio del nuevo ciclo político español, donde la debilidad de la izquierda, el desgaste del Gobierno de Pedro Sánchez y la consolidación de la extrema derecha configuran un escenario en el que ganar ya no significa gobernar libremente, sino hacerlo bajo la sombra de alianzas cada vez más determinantes.