Vox se dispara gracias a la inacción sectaria de PSOE y PP

La extrema derecha de Vox se consolida como el verdadero motor del cambio demoscópico mientras el Partido Popular retrocede en las encuestas y el PSOE lucha por amortiguar un desgaste permanente en plena tormenta judicial

14 de Julio de 2026
Actualizado el 23 de julio
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En la alta política del desgaste sistemático, allí donde los frentes judiciales de intensidad variable y la fragilidad parlamentaria deberían convulsionar de forma radical las coordenadas de la opinión pública, los cimientos de la gobernabilidad se mueven a un ritmo tan impredecible como revelador. Al término de un curso político especialmente asfixiante, marcado por el asedio procesal al entorno directo del Palacio de la Moncloa y la parálisis legislativa de un Congreso fragmentado, la superficie de la demoscopia nacional aparenta una engañosa estabilidad. Sin embargo, bajo esa corteza de inmovilismo aparente se incuba una transformación estructural de calado histórico. La fotografía que proyecta el último análisis del Gabinete de Estudios Sociales y Opinión Pública (GESOP) para Prensa Ibérica revela un fenómeno indiscutible: el avance de la extrema derecha representa el verdadero vector de cambio sociológico en España, una marea que no solo capitaliza el descontento social, sino que se nutre directamente del estancamiento del Partido Popular y de la lenta pero implacable erosión del espacio socialista.

El dinamismo del actual ciclo político no reside en la pugna clásica entre las dos grandes formaciones del turnismo tradicional por conquistar el centro sociológico, sino en la reconfiguración de las relaciones de poder en las entrañas de los dos grandes bloques ideológicos. La gran paradoja de este tiempo estival radica en que, a pesar de atravesar el Gobierno uno de sus momentos de mayor debilidad objetiva, la alternativa encabezada por Alberto Núñez Feijóo se muestra incapaz de asestar un golpe definitivo que le permita gobernar en solitario. La extrema derecha capitaneada por Santiago Abascal ha dejado de ser una simple muleta táctica para transformarse en un actor hegemónico de la derecha española, cuya fortaleza condiciona de forma irreversible cualquier horizonte de alternancia en la Moncloa.

Frenazo del Partido Popular

Para comprender la magnitud de la reestructuración de la derecha española es necesario examinar con lupa el comportamiento electoral de los votantes conservadores tras la primera mitad del año. La candidatura de Alberto Núñez Feijóo, que en el arranque de 2026 parecía cotizar al alza empujada por la hiperactividad de los juzgados madrileños y la erosión del Ejecutivo, ha experimentado un evidente frenazo en seco. La estimación de voto del 29,4% de los sufragios sitúa al PP en una horquilla de 123 a 127 escaños, una cifra sensiblemente inferior a los 137 diputados conquistados en las urnas en las elecciones generales de 2023 y el segundo porcentaje de apoyo más bajo para la formación conservadora en lo que va de legislatura.

Las causas de esta atonía en la sede de la calle Génova son múltiples y profundas. Si bien la formación conserva una fidelidad de voto considerable que roza el 66,6%, la fuga de papeletas hacia Vox no termina de restañarse de manera definitiva. A este goteo persistente de feligreses hacia las posiciones más radicales de la derecha se suma un fenómeno inédito respecto a sondeos previos: el pequeño pero significativo trasvase de voto directo hacia el PSOE (un 0,5%) y, sobre todo, un abultado volumen de electores indecisos que alcanza el 8,5% de sus votantes de 2023. La estrategia del Partido Popular de elevar el tono institucional y centrar su discurso casi exclusivamente en la denuncia de la corrupción del entorno de Pedro Sánchez ha mostrado síntomas de agotamiento entre las capas más moderadas del electorado, que no perciben en la oposición un proyecto económico y social con la entidad suficiente para desbancar al Gobierno.

Esta parálisis del PP entorpece su objetivo fundacional de reducir la dependencia estratégica respecto a sus socios potenciales de Gobierno. El sueño de Feijóo de alcanzar una mayoría amplia que le permitiese emular las épocas de Gobierno en solitario o gestionar el poder desde una posición de aplastante superioridad frente a Vox se desvanece a la misma velocidad con la que las encuestas políticas certifican la rigidez del mapa electoral. El Partido Popular retrocede tres puntos y medio en comparación con los últimos comicios generales, viendo cómo su ventaja sobre los socialistas se estrecha peligrosamente hasta los 2,9 puntos. Una distancia insuficiente para garantizar una investidura plácida y un indicador claro de que el electorado conservador no responde de manera automática a los estímulos de la confrontación parlamentaria.

Consolidación ultra

En el extremo opuesto del espectro conservador, las cifras de la demoscopia ofrecen una lectura diametralmente opuesta. Vox no solo se resiste al desgaste propio de la dinámica parlamentaria, sino que se afianza como el principal beneficiario del desencanto de la ciudadanía con el bipartidismo tradicional. Santiago Abascal se sitúa en un 17,8% estimado de los votos, una cifra que catapultaría a la formación de extrema derecha hasta una horquilla de 64 a 68 escaños en el Congreso de los Diputados. Esta proyección implica prácticamente duplicar su actual representación parlamentaria de 33 asientos y sumar más de cinco puntos y medio respecto al resultado obtenido en las urnas en julio de 2023.

La formación de extrema derecha consigna la mayor fidelidad de voto del panorama nacional (72%), bloqueando las expectativas del PP de absorber el voto a su derecha y asegurando que cualquier escenario de alternancia dependa inexorablemente de sus exigencias programáticas.

El dato más relevante para los analistas de la estrategia electoral no radica únicamente en la cifra global de escaños, sino en las métricas internas de su comportamiento sociológico. Vox registra la mayor fidelidad de voto de todo el arco político de España: más de siete de cada diez personas que eligieron la papeleta ultra en los pasados comicios aseguran que volverían a hacerlo hoy sin vacilación. Esta fortaleza se sustenta en la impermeabilidad de su núcleo duro de votantes, que resiste con solidez los llamamientos al "voto útil" emitidos desde las filas populares. Aunque el trasvase de votantes de Vox hacia el PP se ha reducido respecto a principios de año, la formación ha logrado abrir pequeñas vías de infiltración en sectores descontentos de la clase trabajadora y del voto joven que anteriormente optaban por otras alternativas o por la abstención.

El frenazo coyuntural de la escalada de Vox en los últimos meses, explicado en parte por la capacidad de resistencia del PSOE en el voto joven y el voto masculino, no oculta un cambio estructural de mayor calado: la extrema derecha española ha superado la fase en la que dependía de las inercias del Partido Popular para crecer. Hoy constituye una fuerza política con dinamismo propio, capaz de disputar la hegemonía del discurso de la derecha en materias como la inmigración, las políticas de igualdad, la soberanía energética o el modelo territorial. En la práctica, la marea ultra ha logrado secuestrar la agenda de la oposición, obligando al PP a bascular constantemente hacia posiciones de mayor dureza para evitar que el electorado más radicalizado considere que la formación de Feijóo es una mera gestora del statu quo.

Agonía del PSOE y fractura a su izquierda

En las filas del Gobierno de coalición, los datos del sondeo de GESOP provocan una mezcla de alivio táctico y preocupación estructural. Por un lado, el Partido Socialista consigue frenar la caída libre que muchos presagiaban tras meses de revelaciones sobre las actividades del entorno personal y político del presidente. Pedro Sánchez clava su suelo electoral en el 26,5% de los sufragios, proyectando una representación de 108 a 112 escaños. Pese a situarse en las cifras de apoyo más bajas de la legislatura y perder casi cinco puntos respecto a su rendimiento en las urnas en 2023, la formación socialista demuestra una notable resiliencia que le permite mejorar ligeramente su proyección de diputados respecto a los sondeos del pasado invierno.

El secreto de esta resistencia socialista reside en la rápida movilización de su base social más comprometida. El PSOE logra retener a cerca de seis de cada diez de sus electores (59,6%) y reduce de forma sustancial las fugas de papeletas que amenazaban con descomponer su flanco izquierdo. Salvo el trasvase residual del 6% de sus apoyos hacia el Partido Popular, Sánchez ha contenido los escapes hacia las opciones más a la izquierda de la Moncloa y ha mejorado sus métricas de penetración en sectores demográficos clave. Los socialistas recuperan la primera posición entre los votantes jóvenes y logran empatar con los populares en las preferencias del electorado masculino, amortiguando de este modo lo que amenazaba con ser un monólogo de la derecha en esos segmentos de la población.

Paralelamente, la figura de Pedro Sánchez como candidato al Ejecutivo sale reforzada en la comparativa directa frente a sus rivales. El secretario general del PSOE no solo incrementa su valoración personal entre el electorado propio y los votantes de socios parlamentarios como Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), sino que duplica su ventaja sobre Núñez Feijóo en la intención directa de voto y en las preferencias para la Presidencia del Gobierno, alcanzando un 25,1% frente al discreto 16,1% del líder del Partido Popular. Este indicador de liderazgo personal continúa siendo el principal activo de un Ejecutivo que, en términos de percepción general de gestión, atraviesa por momentos de elevado escepticismo entre la población.

Sin embargo, el optimismo de la Moncloa encuentra su freno en la grave descomposición del espacio político situado a su izquierda. Las caídas continuadas de Sumar y Podemos amenazan con hacer inviable la reedición de una mayoría plurinacional de progreso. La coalición liderada por la vicepresidenta Yolanda Díaz acentúa su tendencia a la baja, dejándose dos diputados desde enero para situarse en un peligroso 7,7% de estimación de voto y una horquilla de 14 a 16 escaños. Con una fidelidad de voto desplomada hasta el 37%, Sumar padece una sangría bilateral inapelable: un 22,2% de sus antiguos apoyos busca refugio en Podemos y un 16,6% se repliega hacia el voto útil del PSOE.

Por su parte, la formación morada encabezada por Irene Montero apenas logra rentabilizar el desgaste de sus antiguos socios de coalición, estancándose en un 4% de los sufragios que le otorgaría una modesta representación de 4 escaños. En términos agregados, las dos formaciones que en 2023 sumaron más del 12% de los sufragios y 31 asientos en la Cámara Alta apenas obtendrían hoy la mitad de ese peso político. Esta desintegración del espacio a la izquierda del PSOE imposibilita que los socialistas puedan compensar sus propias pérdidas electorales con el crecimiento de sus aliados, dejando la suma del bloque progresista (38,2%) a más de nueve puntos de distancia de la suma de las fuerzas conservadoras (47,2%).

Bloques bloqueados

El análisis detallado del tablero parlamentario proyectado por las encuestas al cierre del curso político dibuja un escenario de bloques netamente descompensados pero condicionados por una paradoja de fondo. Con una horquilla conjunta que se mueve entre los 187 y los 195 diputados, la suma del Partido Popular y Vox superaría holgadamente el umbral de la mayoría absoluta situado en los 176 escaños. Sin embargo, la naturaleza de esa hipotética mayoría no se parecería en nada a los ejecutivos monocolores del pasado ni a las alianzas atenuadas de la política centroeuropea. La entrada con fuerza de la extrema derecha en las instituciones implicaría una revisión completa de los consensos políticos, económicos y sociales construidos en España en las últimas décadas.

La percepción de los ciudadanos sobre la situación política y económica refleja esta encrucijada de expectativas encontradas. Aunque el pesimismo sobre la marcha general del país continúa siendo la nota dominante para un 63,3% de la población, los indicadores de optimismo han registrado una leve mejoría, recuperando niveles próximos a los de hace un año. De forma paralela, las opiniones favorables a la actuación del Gobierno de coalición alcanzan su punto más elevado de la serie temporal (29,8%), mientras que la valoración negativa desciende cinco puntos hasta situarse en el 52,6%. Esta paradoja —un Gobierno que mejora ligeramente en percepción de gestión mientras su bloque de investidura se erosiona en escaños— se explica por la extrema polarización política del electorado y por el suspenso colectivo que la sociedad otorga a la clase política en su conjunto.

Ningún líder político nacional logra aprobar en la valoración de líderes media de la ciudadanía, con puntuaciones que oscilan entre el discreto 4,1 de Yolanda Díaz (la dirigente mejor puntuada en el global poblacional) y el 2,7 de Santiago Abascal. Feijóo permanece anclado en un 3,3 que solo encuentra respaldo positivo entre los votantes de su propia formación, mientras que Sánchez cotiza en un 4,0 apoyado en la disciplina de filas del electorado socialista. Este desgaste generalizado de las cúpulas de los partidos tradicionales alimenta una brecha de desconfianza que resulta ser el caldo de cultivo idóneo para el crecimiento de las opciones radicales y antipolíticas.

A un año de la fecha teórica para la convocatoria de las elecciones generales, siempre a expensas de un adelanto electoral que la inestabilidad de los presupuestos y la erosión judicial podrían precipitar en cualquier momento, España se asoma a un cambio de era en su sistema de partidos. El bipartidismo que durante décadas vertebró la alternancia institucional no ha sido capaz de reabsorber a los actores emergentes nacidos al calor de las crisis del siglo XXI. Por el contrario, la extrema derecha ha logrado consolidar una posición de fuerza que erosiona el liderazgo del PP y asfixia las opciones de resistencia del PSOE. La marea ultra ya no es un fenómeno meteorológico pasajero en la política española, sino el terremoto soterrado que reescribe de forma definitiva las reglas del juego parlamentario.

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