Rufián pasa de prometer la unidad de la izquierda a pactar con Podemos

Los Comuns lo acusan de dividir a quienes pretendía unir, mientras Podemos vuelve a afrontar el coste político de sus desencuentros con el resto de la izquierda

13 de Octubre de 2026
Actualizado a las 9:36h
Guardar
Rufián al término de la comisión parlamentaria
Rufián al término de la comisión parlamentaria

Hay contradicciones políticas que adquieren especial relevancia cuando dejan de ser discusiones entre dirigentes y se convierten en decisiones electorales. Gabriel Rufián ha pasado buena parte de 2026 defendiendo la necesidad de construir una alianza amplia de las izquierdas, alertando sobre los riesgos de la fragmentación y reclamando generosidad a los partidos. Sin embargo, cuando las elecciones del 29 de noviembre han obligado a transformar las palabras en candidaturas, su decisión ha sido permanecer en Esquerra Republicana de Catalunya y alcanzar un acuerdo particular con Podemos.

El resultado inmediato no es la candidatura unitaria que venía reclamando, sino una nueva controversia entre organizaciones que comparten buena parte de sus propuestas sociales, pero mantienen estrategias electorales enfrentadas.

La decepción expresada por los Comuns resume el conflicto: el dirigente que se había convertido en uno de los principales defensores de una izquierda coordinada a escala estatal termina participando en una operación electoral que sus antiguos interlocutores consideran divisoria.

Y Podemos, que en diciembre de 2023 rompió con Sumar para recuperar su autonomía parlamentaria, vuelve a situarse ante una decisión de consecuencias relevantes para su futuro político.

Rufián y la unidad de la izquierda: de las grandes declaraciones a la realidad electoral

El 9 de febrero de 2026, Rufián reclamaba un frente de izquierdas capaz de enfrentarse al PP y Vox. Su mensaje era que las organizaciones políticas debían superar las diferencias entre siglas y territorios.

No fue una declaración aislada. En mayo llegó a ofrecerse para encabezar una candidatura si su participación facilitaba la colaboración entre las distintas formaciones.

Aquellas intervenciones le proporcionaron una proyección política que trascendía Cataluña. Su discurso sobre la desigualdad, la vivienda, los salarios y la defensa de los servicios públicos conectó con sectores de la izquierda situados fuera del espacio tradicional de ERC.

Rufián parecía aspirar a desempeñar un papel político más amplio que el de portavoz de una formación independentista con representación concentrada en Cataluña.

Sin embargo, aquella expectativa tenía una contradicción de origen: su propia organización nunca había asumido plenamente el proyecto de candidatura estatal.

Ya en febrero, la dirección de ERC había rechazado que el partido diluyera sus siglas en una alianza de ámbito español. Oriol Junqueras y sus colaboradores defendían la identidad propia del republicanismo catalán.

Rufián podía reclamar la unidad, pero no disponía de un acuerdo interno que hiciera viable su propuesta.

El independentismo que Rufián nunca ocultó

Sería incorrecto sostener que Rufián había abandonado el independentismo y que ahora ha recuperado clandestinamente esa posición.

Nunca dejó de defender la autodeterminación de Cataluña. El 10 de febrero declaró que consideraba ese derecho irrenunciable y rechazó que su propuesta debiera entenderse como un proyecto nacional español.

Su planteamiento era una colaboración entre izquierdas españolas, catalanas, vascas, gallegas y otras fuerzas soberanistas, sin exigirles renunciar a sus respectivas posiciones territoriales. Esta distinción es esencial para comprender el alcance de su decisión.

Una cosa es construir una alternativa social y electoral para todo el Estado y otra muy distinta defender la unidad territorial de España. Rufián nunca prometió lo segundo.

La decepción de quienes llegaron a interpretarlo como un posible dirigente de la izquierda estatal procede, por tanto, de otra cuestión: la expectativa de que su capacidad de interlocución pudiera materializarse en una candidatura compartida quedó finalmente subordinada a la estrategia electoral de ERC.

El acuerdo con Podemos que desencadena la ruptura

El 12 de octubre, ERC y Podemos confirmaron su colaboración para las elecciones generales.

El acuerdo contempla que Podemos contribuya a la candidatura republicana en Cataluña y que Gabriel Rufián e Irene Montero participen conjuntamente en actos electorales fuera de ese territorio.

La información publicada por la Cadena SER concreta que Podemos no presentará candidatura propia en Cataluña y solicitará el voto para ERC, mientras se estudia incorporar personas independientes próximas a la formación morada en las listas republicanas.

Este movimiento tiene una consecuencia política inmediata: ERC obtiene el apoyo de Podemos en Cataluña sin incorporarse al Frente Amplio que están articulando Izquierda Unida, Movimiento Sumar, Más Madrid y los Comuns.

Podemos, por su parte, alcanza un acuerdo con una organización que compite electoralmente con los Comuns, uno de los componentes del proyecto unitario que también le ha invitado a participar.

No es una contradicción jurídica. Los partidos tienen libertad para negociar alianzas diferentes en distintos territorios.

Pero sí constituye una contradicción política que merece explicación: ¿cómo puede presentarse una operación electoral bilateral como un avance hacia la unidad cuando otra parte de la izquierda sostiene que dificulta precisamente ese objetivo?

La respuesta dependerá de si Podemos termina integrándose también en el Frente Amplio y de cómo queden configuradas las candidaturas antes del cierre del plazo electoral.

Los Comuns expresan una decepción 

La reacción de los Comuns ha sido especialmente contundente. Según la información de la Agencia EFE del 12 de octubre, la formación catalana acusa a Rufián de haber generado una profunda decepción y de estar favoreciendo la división de la izquierda alternativa.

El reproche tiene una importancia particular porque no procede de un adversario ideológico situado en la derecha, sino de un partido que comparte con ERC numerosos planteamientos sociales y que había participado en las conversaciones para construir una alternativa común.

La credibilidad política también se pone a prueba

Rufián ha consolidado durante años una imagen parlamentaria basada en intervenciones directas, críticas al poder económico y mensajes contra la desigualdad.

Esa trayectoria explica que haya despertado interés político más allá del independentismo catalán.

Pero la capacidad de expresar problemas compartidos no equivale necesariamente a construir una organización política compartida.

La diferencia entre ambas cosas resulta especialmente visible cuando llega el momento de decidir candidaturas, programas, alianzas y responsabilidades.

De la misma manera, Podemos conserva el derecho a establecer los acuerdos que considere compatibles con sus principios, pero eso no elimina la necesidad de explicar sus decisiones a un electorado que ha asistido durante años a sucesivas rupturas entre fuerzas progresistas.

La contradicción de Rufián no está en seguir siendo independentista, una posición que nunca ocultó. Está en haber convertido la unidad de la izquierda en el eje de su discurso político mientras su proyecto termina, por ahora, en una alianza más limitada y discutida por quienes debían formar parte de esa unidad.

Añadir DiarioSabemos como fuente preferida de Google de forma gratuita

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora
Lo + leído