Hay momentos en política en los que las palabras revelan más de lo que pretenden. Y probablemente eso fue lo que ocurrió este lunes con Alfonso Rueda.
El presidente de la Xunta compareció tras el Consello semanal intentando trasladar una idea de serenidad institucional después de las elecciones andaluzas. Pero entre felicitaciones a Juanma Moreno y apelaciones a “dar normalidad” a los pactos con Vox, terminó verbalizando algo mucho más importante que una simple valoración electoral. Rueda asumió públicamente que la relación entre el Partido Popular y la extrema derecha ya forma parte del paisaje político habitual de la derecha española.
Durante años, el PP gallego cultivó con cuidado una imagen de excepcionalidad. Galicia aparecía como el territorio donde la derecha todavía podía gobernar sola, sin depender de Vox, sin entrar en la lógica de confrontación permanente y sin asumir buena parte de los marcos culturales de la extrema derecha española.
Rueda sigue intentando sostener ese relato. De hecho, volvió a insistir este lunes en que su objetivo es conservar una mayoría suficiente “para no estar en este tipo de situaciones”. Es decir, para no necesitar a Vox. Pero mientras pronuncia esa frase, al mismo tiempo legitima políticamente los acuerdos con la ultraderecha en otros territorios.
Y ahí aparece la contradicción. Porque Rueda no se limitó a reconocer la aritmética parlamentaria andaluza. Fue bastante más allá. Defendió que hay que “dar normalidad” a las negociaciones con Vox y criticó a quienes se “echan las manos a la cabeza” por esos pactos mientras aceptan hablar con otras fuerzas políticas.
La frase parece medida. Moderada incluso. Pero encierra un cambio político de enorme profundidad.
Hace apenas unos años, buena parte del PP intentaba mantener una cierta distancia retórica respecto a Vox. Hoy dirigentes autonómicos del partido hablan ya de esos acuerdos como una consecuencia natural de la voluntad popular. Como algo casi administrativo. La extrema derecha ha dejado de ser presentada como una anomalía para empezar a ser tratada como un socio legítimo de gobierno, y eso transforma inevitablemente el debate político.
Porque Vox no es únicamente un partido conservador más. Su discurso sobre inmigración, feminismo, memoria democrática, derechos LGTBI o recentralización territorial representa una ruptura explícita con consensos democráticos construidos durante décadas. Normalizar esos pactos implica también normalizar parte de ese marco ideológico, aunque se intente maquillar bajo apelaciones genéricas a la “estabilidad” o al “respeto a los votantes”.
Rueda sabe perfectamente que Galicia vive todavía en otra realidad electoral. Vox no tiene representación en el Parlamento gallego ni capacidad de condicionar gobiernos autonómicos. Y probablemente por eso el presidente gallego se permite hablar desde una posición cómoda, casi pedagógica, sobre lo que otros dirigentes del PP deben hacer. Pero la política española lleva años demostrando que ninguna excepcionalidad es eterna.
El propio crecimiento de Vox en comunidades donde durante mucho tiempo parecía irrelevante debería servir como advertencia. Andalucía era hace no tanto un territorio donde la extrema derecha apenas existía electoralmente. Hoy condiciona gobiernos, agendas y discursos. Por eso las palabras de Rueda tienen tanta importancia.
Porque mientras intenta preservar la singularidad gallega, al mismo tiempo contribuye a consolidar la legitimidad política de Vox en el conjunto del Estado. Y los marcos políticos nunca permanecen encerrados dentro de las fronteras autonómicas. Acaban desplazándose.
El viejo refrán lo resume bastante bien. Cuando las barbas de tu vecino ves cortar, pon las tuyas a remojar.
La cuestión no es solo si Galicia necesitará algún día a Vox. La cuestión es qué ocurrirá con el propio PP gallego si la derecha española termina asumiendo como estructural una alianza con la extrema derecha. Porque el riesgo no es únicamente parlamentario. Es también cultural.
El PPdeG lleva años construyendo una identidad basada en la moderación, el autonomismo pragmático y cierta distancia respecto a los excesos ideológicos madrileños. Pero esa identidad puede empezar a erosionarse si el partido termina aceptando como normal aquello que durante mucho tiempo presentó como ajeno a su forma de entender la política.
Rueda intenta mantener ambos mundos a la vez. La falsa centralidad gallega y la convivencia con Vox dentro del ecosistema del PP nacional. ¿Cuánto tiempo podrá sostener ese equilibrio sin que una de las dos cosas termine arrastrando a la otra?