La política madrileña atraviesa uno de esos momentos en los que las lealtades personales, los experimentos ideológicos y la aritmética institucional chocan con la cruda realidad del poder. La crisis en el Gobierno de Madrid desatada tras la salida de tres diputados del PP y varios altos cargos de Educación no es solo un ajuste de cuentas interno: es el síntoma de un proyecto fallido que deja tocada la estrategia educativa de Isabel Díaz Ayuso.
La renuncia de Pablo Posse, diputado encargado del área de Educación en la Asamblea, abrió una grieta que pronto se convirtió en fisura estructural. A su marcha se sumaron las diputadas Mónica Lavín y Carlota Pasarón, además de la salida de los directores generales Nicolás Casas y María Luz Rodríguez Lera.
El detonante inmediato fue el cese fulminante del consejero Emilio Viciana. Pero la causa profunda es más compleja: el fracaso de una arquitectura de poder basada en juventud, afinidad ideológica y tutela intelectual, más que en experiencia de gestión y capacidad de negociación.
En la Puerta del Sol la sorpresa fue tan notable como el desconcierto. Oficialmente, no constaba la renuncia de algunos cargos en el momento en que ya se comentaba en los pasillos de la Asamblea. La sensación dominante es de desorden: una salida intempestiva que proyecta improvisación en el corazón del poder autonómico.
Los “pocholos”
El grupo afectado era conocido internamente, con cierta ironía, como “los pocholos”: jóvenes de perfil acomodado, vinculados a un círculo teatral y formativo en torno a Antonio Castillo Algarra. Este dramaturgo y preparador de oposiciones, descrito por diversas fuentes como un consejero en la sombra, ejerció una influencia decisiva en el diseño del equipo y en la orientación ideológica de la reforma educativa.
La relación entre Ayuso y su mentor se convirtió en un experimento político singular: un liderazgo fuerte apoyado en un consejero oficioso, sin cargo formal pero con capacidad para moldear leyes y nombramientos. En los mentideros políticos se le bautizó como “el Rasputín de Ayuso”, en alusión al místico ruso que influyó en la corte de los zares. La comparación no es casual: su papel combinaba discreción formal y poder real.
La apuesta consistía en rejuvenecer la gestión universitaria y escolar con perfiles técnicamente formados pero políticamente alineados. El problema no fue la juventud, sino la ausencia de experiencia en una arena donde la negociación institucional es un arte sofisticado y despiadado.
Choque con los rectores
El gran escollo fue la incapacidad de cerrar un acuerdo con los rectores de las seis universidades públicas madrileñas. La nueva ley de educación superior debía redefinir el modelo de financiación y gobernanza. Para Ayuso, era una prioridad estratégica; para los rectores, un texto insuficiente y cargado de sesgo ideológico.
El conflicto alcanzó especial intensidad en la Universidad Complutense de Madrid y en la Universidad Rey Juan Carlos, donde las dificultades presupuestarias son más visibles. Aunque el Gobierno de Ayuso incrementó el presupuesto universitario en más de un 6%, los campus denunciaron deterioro estructural y tensiones para abonar nóminas.
El Consejo de Universidades de Madrid no otorga mayoría decisiva a los rectores, pero su autoridad moral y capacidad de movilización resultaron determinantes. Una multitudinaria manifestación universitaria demostró que el Ejecutivo podía ganar una votación, pero perder la legitimidad.
Viciana pretendía aprobar la ley a comienzos de año. No lo logró y en política, los proyectos estratégicos fallidos rara vez salen gratis: le costaron el cargo.
Mercedes Zarzalejo
El relevo de Viciana por Mercedes Zarzalejo indica un cambio de fase. Integrante del ala más dura del Partido Popular madrileño, Zarzalejo fue quien recibió el encargo de investigar a Begoña Gómez por su relación laboral con la universidad pública. Su perfil no es técnico-académico, sino político-ideológico.
La señal es inequívoca: si la negociación amable fracasó, se intentará la confrontación disciplinada. En Sol se da por hecho que habrá un nuevo equipo. Algunos cargos han optado por dimitir antes de ser cesados; otros esperan la confirmación oficial en el Consejo de Gobierno.
Desgaste estructural
Desde la oposición, el diagnóstico es devastador. Óscar López, ministro y líder socialista madrileño, habló de “desmoronamiento”. Más Madrid había advertido semanas antes de que dejar la reforma en manos de perfiles inexpertos y un asesor ideologizado era una temeridad institucional.
Pero más allá del ruido partidista, la crisis revela un dilema más amplio: el riesgo de gobernar con círculos de confianza excesivamente cerrados. El liderazgo carismático de Ayuso, eficaz en campañas y confrontaciones nacionales, encuentra límites en la gestión técnica prolongada.
