En la Comunidad de Madrid de Isabel Díaz Ayuso, ya se sabe, la artillería verbal no busca la verdad; busca titulares. Busca trinchera. Hoy hemos asistido a otra de esas piruetas narrativas que retratan de lleno la doble vara de medir del poder.
Salió Isabel Díaz Ayuso ante las cámaras, durante su intervención en un foro organizado por el Círculo de Empresarios, con el rictus grave de las grandes crisis de Estado. ¿El motivo? Denunciar lo que calificó, sin despeinarse, de «algaradas» destinadas a crear un «ambiente irrespirable» en la capital. Pero, ¡ojo!, que no protestaba por el colapso de la sanidad ni de los servicios sociales. Protestaba por la indignación social provocada tras ver a Maricarmen, una mujer de 87 años en silla de ruedas, echada a la calle para regocijo del mercado inmobiliario.
Pues bien. El ardor con el que la presidenta señala ahora a los manifestantes choca frontalmente con su memoria reciente. Da verdadero vértigo ver cómo cambia la definición de "desorden público" según quién ocupe la acera.
Cuando las concentraciones en Ferraz acabaron con contenedores ardiendo, agresiones a periodistas y cánticos franquistas a las puertas del PSOE, en la Real Casa de Correos guardaron un silencio atronador. Casi complaciente. Lo de Ferraz era, según la derecha, el pueblo ejerciendo su sagrado derecho a la protesta patria. Lo del portal de una anciana desahuciada es, por arte de magia, una insurrección teledirigida.
Pura hipocresía.
En su discurso, Ayuso llegó a acusar directamente al presidente del Gobierno de alentar la «quema de calles» para deshumanizar a los ejecutivos conservadores. Según ella, las protestas no nacen del dolor de ver a una anciana en la calle, no. Nacen de un complot urdido en Moncloa para asustar a los inversores, fastidiar a los comerciantes y tapar los líos judiciales del Ejecutivo central. La resistencia vecinal pasa así, de un plumazo, a ser mero vandalismo populista.
Con esta maniobra, Ayuso pretende desviar la atención para que no se hable de los fondos buitre ni de la especulación salvaje; se habla de la supuesta conspiración para quemar Madrid. Se asusta al ciudadano diciéndole que será "preso" de un clima violento, criminalizando la protesta de paso. El foco cambia rápido: la víctima ya no es la mujer desahuciada, sino el pobre empresario que no puede trabajar tranquilo.
Resulta sonrojante la falta de coherencia. Durante los meses en que la extrema derecha sitió la calle Ferraz, arruinando la caja de los comercios de Argüelles y cortando el tráfico a diario, en el PP miraron para otro lado. En aquel momento, la tensión no perjudicaba a la «prosperidad de todos». Era la rabia legítima del pueblo.
Esa amnesia selectiva demuestra que el diccionario del poder del ayusismo es de goma. Si la protesta señala la falta de vivienda pública, se le llama algarada. Si la algarada la organiza la ultraderecha contra el Gobierno central, se convierte en un ejercicio supremo de libertad. La calle solo vale si aplaude a los tuyos o golpea al rival.
Lo de Maricarmen deja al descubierto que la vivienda ya no es un problema de gestión: es la gran trinchera ideológica. Mientras la gente ve cómo el alquiler se comilona más de la mitad de su sueldo, la respuesta oficial es negar el problema y culpar a los vecinos que se concentran en un portal.
Y hablar de «deshumanización» en este contexto tiene guasa. Para quienes intentaron parar el desahucio a pie de calle, la verdadera deshumanización no son las críticas a la presidenta. La verdadera deshumanización es ver a una anciana de 87 años expulsada de su casa en silla de ruedas.
Mientras en el Gobierno regional sigan sacando el comodín de la conspiración para tapar las vergüenzas de su modelo, la brecha con la realidad de los barrios será cada día más grande. Para algunos gobernantes, ya se sabe: las piedras solo duelen cuando caen en su propio tejado.
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