La campaña de Castilla y León ha entrado en su tramo decisivo con una escena que resume bien el momento político del bloque conservador: el Partido Popular pide el voto útil mientras su socio natural cuestiona los pactos y amenaza con endurecer las condiciones. En el segundo debate electoral, Alfonso Fernández Mañueco y el candidato de Vox, Carlos Pollán, escenificaron una desconfianza mutua que desmiente el discurso de estabilidad que Alberto Núñez Feijóo intenta vender desde Madrid.
La campaña autonómica en Castilla y León se ha convertido en un laboratorio político para el liderazgo de Alberto Núñez Feijóo. El líder del PP intenta proyectar la imagen de una derecha ordenada y capaz de gobernar sin sobresaltos. El problema es que la realidad de la campaña muestra exactamente lo contrario.
En el segundo debate electoral, el presidente de la Junta y candidato popular, Alfonso Fernández Mañueco, lanzó una pregunta que parecía dirigida tanto a Vox como a su propio electorado: “¿Para qué sirve votar a Vox si no quiere pactar con nadie?”.
La respuesta llegó de inmediato. Carlos Pollán, candidato de la formación de Santiago Abascal, replicó que Vox sí quiere gobernar, pero “sin engaños”. Y añadió algo que el PP preferiría no escuchar en plena campaña: el anterior pacto entre ambos partidos terminó, según él, entre incumplimientos y promesas que nunca llegaron a materializarse.
La escena no era nueva, pero sí especialmente reveladora. Durante los últimos años el Partido Popular ha construido buena parte de su estrategia territorial apoyándose en acuerdos con Vox. Feijóo intenta ahora presentar a su partido como una fuerza moderada capaz de gobernar sola, pero la aritmética política en muchas comunidades cuenta otra historia. Castilla y León es el ejemplo más evidente.
El propio Mañueco defendió en el debate que su objetivo es gobernar en solitario, una aspiración que suena razonable en campaña pero que depende, en última instancia, de un resultado electoral que no siempre acompaña a ese tipo de ambiciones. Pollán, por su parte, dejó claro que Vox también sale a ganar. Y añadió una advertencia que no pasó desapercibida: si hay negociación tras las elecciones, las condiciones las marcará quien tenga más apoyo en las urnas.
El recuerdo del pacto roto
La tensión entre ambos candidatos se explica en gran medida por el precedente más reciente. El gobierno de coalición entre PP y Vox en Castilla y León terminó saltando por los aires en el verano de 2024, cuando la dirección nacional de la formación de Abascal decidió abandonar los ejecutivos autonómicos. Desde entonces, la relación entre ambos partidos se mueve entre la necesidad mutua y la desconfianza permanente. Pollán recordó ese episodio durante el debate con una acusación directa: Mañueco incumplió el pacto anterior. Según el dirigente de Vox, cualquier acuerdo futuro exigirá garantías, plazos y compromisos concretos. Es decir, exactamente lo que el PP prefiere evitar en público durante una campaña.
El candidato popular trató de devolver el golpe reprochando a Vox que no renunciara a la presidencia de las Cortes de Castilla y León cuando abandonó el gobierno autonómico. Pollán respondió con ironía y con una lección institucional que incomodó al presidente de la Junta: el poder legislativo y el ejecutivo son cosas distintas.
El intercambio dejó al descubierto un problema mayor. La dereóocha gobierna juntas algunas instituciones mientras discute abiertamente en otras.
La aritmética que incomoda a Feijóo.
El candidato socialista, Carlos Martínez, aprovechó el momento para recordar algo que en el PP preferirían olvidar: la presidencia de Mañueco depende precisamente de los votos de Vox. Martínez lo resumió con una frase que resonó en el debate: el presidente de la Junta lo es porque Pollán le votó, y Pollán preside las Cortes porque el PP le apoyó. La política autonómica tiene a veces esa forma de espejo incómodo.
El debate también dejó espacio para otros asuntos. El candidato socialista defendió la necesidad de acuerdos parlamentarios en materias estructurales como la despoblación, la sanidad o la educación. También planteó un pacto por la paz y otro contra la violencia de género, así como una reforma de la legislación autonómica en materia de violencia machista.
La discusión sobre este último punto derivó en uno de los momentos más tensos del debate. Pollán atribuyó el aumento de violaciones al contexto político nacional. Martínez respondió que los datos eran incorrectos y rechazó la interpretación del candidato de Vox. El intercambio ilustró otro de los rasgos de esta campaña: la disputa constante sobre el terreno de los datos y los marcos ideológicos.
El socialista también introdujo en el debate el asunto de la llamada trama eólica, un caso de presunta corrupción vinculado a decisiones administrativas d El presidente de la Junta rechazó las acusaciones calificándolas de “insidias” y aseguró que su gestión ha sido “eficaz y limpia”.
Mientras tanto, desde Madrid, Alberto Núñez Feijóo insiste en presentar las elecciones castellano-leonesas como un paso más hacia el cambio político en España. El problema es que el escenario autonómico muestra algo mucho más prosaico:, muestra un bloque conservador que no termina de decidir si compite entre sí o si se necesita para gobernar. La pregunta que Mañueco lanzó a Vox durante el debate podría haber sido formulada también en sentido inverso. Y, probablemente, con resultados igual de incómodos.