La política española parece estar ensayando una coreografía de regreso al pasado, aunque bajo un decorado radicalmente distinto al de las décadas de hegemonía absoluta. Tras años de fragmentación extrema y la irrupción de fuerzas que prometían asaltar los cielos o refundar la derecha, el último barómetro de 40dB. para El País y la Cadena SER certifica una tendencia que ya asomaba en los comicios de Castilla y León: la resistencia del bipartidismo. En un contexto marcado por la incertidumbre internacional, populares y socialistas no solo frenan su desgaste, sino que comienzan a canibalizar a sus socios de bloque, ganando ambos casi un punto en estimación de voto respecto al mes anterior.
Esta mutación demoscópica no es ajena a la realidad exterior. La investigación demoscópica se realizó bajo el impacto de la crisis en Oriente Medio, un factor que ha actuado como un reactivo químico en las preferencias del electorado. El PSOE parece estar capitalizando la firme postura de Pedro Sánchez frente a figuras como Donald Trump o Benjamin Netanyahu, encontrando en el rechazo mayoritario de los españoles a la guerra un asidero de movilización. Sin embargo, esta bonanza tiene un reverso amargo para la estabilidad de la coalición gubernamental: el crecimiento socialista se produce mediante vasos comunicantes que desangran a su flanco izquierdo. La transferencia de antiguos votantes de Sumar hacia las filas socialistas se ha disparado del 6% al 16% en apenas dos meses, dejando al espacio que ocupan Yolanda Díaz e Ione Belarra en una situación de extrema debilidad, muy lejos de sus resultados en las elecciones generales de 2023.
En el bloque conservador, el panorama presenta una clara ventaja aritmética que sitúa a la derecha por encima del 50% de los votos, pero con una reconfiguración interna significativa. El Partido Popular emerge como el principal beneficiado del estancamiento de Vox. La formación de Santiago Abascal, que venía de una escalada continua, ha visto frenada su progresión justo cuando el conflicto bélico internacional monopoliza el debate. El liderazgo de Alberto Núñez Feijóo ha optado por una ambigüedad estratégica, llegando a recuperar el histórico lema del "no a la guerra" para evitar fugas. Esta táctica ha dado frutos inmediatos al reducir la pérdida de votos hacia la extrema derecha: si en febrero el PP cedía más de un 15% de sus electores a Vox, esa cifra ha caído ahora por debajo del 13%, permitiendo a los populares invertir su tendencia descendente.
La radiografía social del voto también arroja datos sobre una España fracturada por criterios generacionales y de género. Mientras que el PP encuentra su mayor bastión en los ciudadanos mayores de 65 años, la juventud de entre 18 y 24 años se refugia en opciones más fragmentadas o alternativas como Podemos y la extrema derecha. Existe, además, una persistente brecha de género donde el voto masculino se inclina con mucha mayor intensidad hacia Vox que el femenino, mientras que el PSOE logra mantener un equilibrio más sólido entre las mujeres. Esta segmentación indica que, a pesar de la recuperación de las siglas tradicionales, las causas de la polarización y la especialización del voto siguen latentes.
Por tanto, se dibuja un escenario de bipartidismo de contención. La ventaja del PP sobre el PSOE se mantiene en dos puntos y medio, una distancia superior a la de las últimas generales, pero que no garantiza un cambio de ciclo absoluto dada la resistencia del bloque gubernamental. La política española ha entrado en una fase donde los grandes partidos ya no solo compiten por el centro, sino que sobreviven y crecen gracias a la absorción de sus propios satélites. Con las próximas elecciones autonómicas en Andalucía en el horizonte, queda por ver si este repliegue hacia el orden tradicional es una solución estructural del sistema o simplemente un refugio temporal de los ciudadanos ante un entorno internacional hostil.