Entre la mayoría soñada y los acuerdos inevitables, Feijóo ajusta su relato según el territorio

El líder del PP pide concentrar el voto para gobernar en solitario al tiempo que su partido normaliza acuerdos con Vox, en una tensión en el relato que indica más cálculo que convicción

23 de Abril de 2026
Actualizado a las 12:13h
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Entre la mayoría soñada y los acuerdos inevitables, Feijóo ajusta su relato según el territorio

En Lepe, bajo una luz limpia y complaciente, Alberto Núñez Feijóo volvió a invocar la estabilidad como si se tratara de una sustancia pura, una fórmula política que bastaría con repetir lo suficiente para que adquiriera consistencia, aunque en el fondo esa palabra arrastre hoy más matices, más contradicciones y más silencios de los que el propio discurso admite.

Feijóo apeló a la concentración del voto con una insistencia que denota un claro síntoma de una inquietud soterrada, la necesidad de asegurar una mayoría que permita gobernar sin depender de aliados incómodos, aunque esa incomodidad se haya diluido en otros territorios donde el Partido Popular ha aceptado sin excesivos reparos el respaldo de Vox, incorporándolo a la normalidad institucional con una rapidez que contrasta con la cautela que ahora se exhibe en Andalucía.

La frase, “cuanto más Partido Popular, más estabilidad”, funciona como una consigna limpia, de esas que caben en un mitin y resisten poco cuando se enfrentan a la realidad, porque la estabilidad que se promete en un escenario se relativiza en otro, y esa elasticidad del concepto revela hasta qué punto el discurso se adapta a las circunstancias sin demasiada voluntad de mantener una coherencia estricta.

Se trata de una forma de proceder que se ha ido asentando en el tiempo, donde los principios se subordinan al contexto y donde las alianzas se juzgan no tanto por su contenido como por su utilidad, de modo que lo que en un momento se presenta como un riesgo para la gobernabilidad se convierte, en otro, en un instrumento legítimo para alcanzarla.

En ese desplazamiento constante, Feijóo construye un relato que aspira a proyectar solvencia, orden y previsibilidad, recurriendo a una retórica de la decencia y la buena gestión que simplifica el escenario político en una oposición binaria, cómoda y eficaz, pero cada vez más difícil de sostener cuando los hechos recientes introducen matices que el discurso evita o minimiza.

Al mismo tiempo, la llamada a “apretar” y a no dar nada por ganado introduce una dimensión menos serena, más urgente, que convive con la imagen de control que se intenta transmitir, porque detrás de esa apelación se percibe la conciencia de que la mayoría absoluta no es un hecho consumado, sino un objetivo que requiere disciplina, movilización y, sobre todo, una narrativa capaz de ocultar las fisuras internas del propio planteamiento.

En ese contexto, el señalamiento a la candidata socialista adquiere un carácter instrumental, no tanto para confrontar proyectos como para debilitar la imagen del adversario, presentándolo como una figura provisional, poco arraigada, casi circunstancial, una estrategia que forma parte de una lógica política conocida pero que, en este caso, se superpone a una discusión más relevante sobre el tipo de mayorías que se consideran aceptables y sobre los límites que se están dispuestos a cruzar para alcanzarlas.

Porque, en última instancia, la estabilidad a la que apela Feijóo no es solo una cuestión de números, sino de consistencia política, y es precisamente en ese terreno donde el discurso comienza a mostrar una cierta fragilidad, ya que resulta difícil sostener una idea homogénea de estabilidad cuando esta depende de acuerdos que se aceptan o se rechazan en función del lugar y del momento, sin que exista un criterio claro que permita distinguir entre lo que es deseable y lo que es simplemente útil.

Así, el mensaje que se proyecta desde el escenario se mantiene pulido, ordenado, incluso convincente en su formulación, pero pierde parte de su fuerza cuando se confronta con una práctica política que introduce excepciones constantes, matices oportunos y adaptaciones que, lejos de fortalecer el relato, lo convierten en un ejercicio de equilibrio permanente entre lo que se dice y lo que se hace.

En ese equilibrio, cada vez más visible, se sitúa el núcleo del problema, porque la estabilidad, para ser algo más que una palabra eficaz, exige una coherencia que no siempre acompaña a quienes la invocan, y en ausencia de esa coherencia lo que queda no es un proyecto sólido, sino una construcción retórica que depende demasiado de las circunstancias y demasiado poco de una convicción sostenida en el tiempo.

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