El barco se le hunde a Sánchez mientras la extrema derecha recoge los beneficios

La normalidad pasa a ser una derecha sobrerrepresentada y una izquierda obligada a reaprender algo tan elemental como para quién y para qué quiere ganar

16 de Febrero de 2026
Actualizado a las 11:34h
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Sanchez barco hunde

La demoscopia española dibuja un país en el que la derecha consolida su hegemonía parlamentaria mientras la izquierda se fragmenta y pierde apoyo estructural, y en ese nuevo equilibrio Vox se convierte en el verdadero motor del bloque conservador. El último ciclo de encuestas de NC Report y SocioMétrica apunta a algo más que a una oscilación coyuntural: sugiere un cambio de fase en el sistema de partidos, donde el PP amplía su poder parlamentario sin lograr un salto equivalente en votos, el PSOE entra en una fase de desgaste profundo y el espacio a su izquierda se hunde en una mezcla de división interna y desmovilización.

Los datos sitúan al PP en torno al 32‑33% del voto y en una horquilla de 140‑144 escaños, apenas unos puntos por encima de su resultado de 2023 pero con un incremento de diputados que refleja mejor las ventajas del sistema d’Hondt y de la fragmentación rival que una ola de entusiasmo popular. El PSOE, por su parte, cae hacia el 25% y ronda el centenar de escaños, una pérdida cercana a los seis puntos y a la veintena de diputados, que lo sitúa en uno de sus peores registros del ciclo democrático reciente. La izquierda no nacionalista –PSOE, Sumar y Podemos– retrocede a poco más de 110 representantes, muy por debajo de los 152 obtenidos en 2023 y por debajo incluso de los 121 diputados que sumaron PSOE e IU en 2011, síntoma de una crisis que se mide tanto en representación como en capacidad de articulación social.

En ese paisaje, Vox emerge como el principal beneficiario de la reordenación del voto. La formación de Santiago Abascal se asienta en el 18‑19% de las papeletas y en una proyección de 64‑66 escaños, lo que implica duplicar con holgura su fuerza en el Congreso y colocarse a una distancia inéditamente corta del PSOE, alterando el equilibrio tradicional entre segunda y tercera fuerza. Lo relevante no es solo la cifra, sino su composición: cerca de un 13‑14% de los votantes del PP en 2023 se desplazarían hacia Vox, sancionando los contornos del centrismo de Alberto Núñez Feijóo; en paralelo, alrededor de un 4‑6% de antiguos votantes socialistas cruzan el eje ideológico y optan por Vox, un tránsito que combina voto castigo, fatiga con el proyecto socialdemócrata y desconfianza hacia la izquierda alternativa. A ello se suma un elemento decisivo: más de un 16% de quienes se abstuvieron en 2023 estarían dispuestos a acudir ahora a las urnas para votar a Vox, lo que convierte al partido no solo en un competidor interno del PP, sino en un actor con capacidad de movilizar a sectores desenganchados del sistema.

El voto joven refuerza esa tendencia. En el tramo de 18 a 29 años, Vox se convierte en la segunda opción tras la abstención, por delante de PSOE y PP, lo que sugiere que la rabia generacional frente a la precariedad, los salarios bajos y la imposibilidad de acceder a la vivienda se canaliza menos hacia proyectos de nueva izquierda que hacia una derecha radical normalizada, que combina retórica de orden, denuncia antipolítica y promesa de ruptura con el consenso de la Transición. Es un desplazamiento que coloca a España en sintonía con otros casos europeos donde las generaciones jóvenes, lejos de inclinar masivamente la balanza hacia la izquierda, se reparten entre la desconexión y la apuesta por fuerzas de derecha dura.

El bloque de derechas se consolida así en una mayoría ampliada. La suma de PP y Vox se sitúa en el entorno de los 206‑210 diputados, muy por encima de los 176 que marcan la mayoría absoluta y con margen suficiente para gobernar sin depender de un mosaico complejo de apoyos territoriales. El dato se repite de sondeo en sondeo: la ventaja del bloque conservador sobre el bloque progresista se agranda y se estabiliza, no como una anomalía demoscópica, sino como una constante. El PP se convierte en el administrador de esa mayoría, pero el crecimiento estructural dentro del bloque se concentra en Vox, que capitaliza la pulsión de castigo, fija la agenda en inmigración, seguridad, memoria histórica y modelo territorial, y condiciona el campo de juego en el que los populares tendrán que moverse.

Frente a ello, la izquierda se ve atrapada entre la fragmentación y el cansancio. El PSOE retiene alrededor del 70% de su electorado, pero deja escapar casi un 10% hacia la abstención y otro porcentaje similar hacia el PP, una doble fuga que refleja tanto desafección ideológica como fatiga con la figura de Pedro Sánchez y con un gobierno percibido como permanentemente en campaña. Casos internos, tensiones territoriales y episodios como la gestión del accidente ferroviario de Adamuz actúan como catalizadores de un malestar más hondo, que se traduce en la sensación de que el partido ha agotado su capacidad de ofrecer un horizonte reconocible de progreso material a sus bases tradicionales.

A su izquierda, Sumar y Podemos entran en una espiral de vasos comunicantes decrecientes. Sumar desciende hacia el 6‑7% del voto, con 9‑11 escaños, y apenas retiene a un tercio de sus votantes, con fugas significativas hacia el PSOE, hacia Podemos y, sobre todo, hacia la abstención. Podemos, reducido a dos‑cuatro diputados, se revela incapaz de recuperar el músculo perdido en la última década y no compensa el derrumbe del espacio confederal. La consecuencia es un ecosistema progresista sobrepoblado de siglas y subrepresentado en las urnas, donde la energía política se consume en pugnas internas mientras el electorado se dispersa o se queda en casa.

En paralelo, el bloque nacionalista y regionalista registra variaciones limitadas: ligeros ascensos de ERC o Bildu, pequeños ajustes en Junts, PNV o BNG, sin que ello altere el equilibrio general de bloques. El protagonismo que estos actores tuvieron en la gobernabilidad de la última legislatura contrasta con un escenario futuro en el que la mayoría absoluta del tándem PP‑Vox reduce su capacidad de condicionar la agenda estatal, y los relega a un papel más defensivo en la negociación territorial.

El liderazgo político tampoco ofrece anclajes sólidos. Ninguno de los principales dirigentes consigue aprobar en valoración ciudadana: Yolanda Díaz apenas alcanza un 3 sobre 10, Santiago Abascal se sitúa en torno al 2,9, Pedro Sánchez en el 2,7 y Alberto Núñez Feijóo en el 2,6, en un paisaje de suspenso generalizado donde el voto parece expresar más rechazo al adversario que adhesión al propio candidato. Sin embargo, en la comparación directa entre los dos grandes partidos, Feijóo aventaja a Sánchez en preferencia como presidente, lo que sugiere que el posible cambio político se percibe más como relevo por desgaste del incumbente que como conquista de una nueva mayoría social.

El resultado de este proceso es un sistema político que anticipa el cambio antes de que se convoquen las urnas. Casi la mitad de los encuestados considera verosímil un giro político en las próximas generales, pero ese giro ya se insinúa en los sondeos: el bloque de derechas no solo conserva la mayoría, sino que la ensancha, y lo hace apoyándose en un partido –Vox– que se especializa en movilizar a jóvenes descontentos, abstencionistas crónicos y votantes desencantados de la izquierda. El PP se beneficia de esa ola, pero no la dirige plenamente: su crecimiento en escaños convive con la amenaza de quedar subordinado al impulso cultural y programático de su socio.

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