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Quítaselo a tu niño

19 de Octubre de 2026
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Quítaselo a tu niño. Móviles

La «culpa» de esa tecnomanía compulsiva que afecta a la población en general, pero muy especialmente, a tu niño o niña, no es justamente achacable a «la sociedad en la que vivimos» o «la presión del sistema». Eso se lo dirás a todas. La culpa, o la responsabilidad, si quieres, es ahora lo de menos. La emergencia nacional (o universal), es este problema de salud mental y ambiental que está ahí, aunque no quieras verlo, quizás por presentarse tan colosal y «normalizado». Pero mi tarea sigue siendo dar la vara; y a eso voy.

En teoría, el no-teléfono inteligente funciona como substituto de tu memoria, criterio, imaginación, lógica, deducción, orientación, del puro pensamiento y hasta del derecho a pensar, por dos minutos, en nada; todo se aparca bajo la obediencia simple al mandato del no-teléfono (el más tonto de todo pueblo tiene uno y sabe usarlo mejor que tú). Fíjate: solo en base a esta su reconocida misión de substituto universal, su razón de ser, ya debería generar, como mínimo, inquietud. Y ahí permanece: pontificado, colgando del cuello de millones de jóvenes que no conciben salir a la calle sin su «dispositivo». No precisan ubicarse mentalmente, identificando edificios, calles, cosas con sus ojos, porque ne-ce-si-tan y siguen, como auténticos autómatas, la línea trazada por su prótesis no-teléfono, arriesgando la vida en cada paso de cebra, conectados sin descanso a ese dispensario de instrucciones, a esa fábrica de necesidades en que se ha convertido Internet para todos aquellos cuya personalidad se encuentra en pleno desarrollo: los niños y adolescentes; a día de hoy, la población mundial al completo.

De cualquier manera, hay ya mucha gente sobrepasada y asqueada por esta realidad, ficción, más bien. A toda ella le sugiero que salga una tarde a la calle sin su cacharro, sin su prótesis, como liberada de una muleta que nunca necesitó, porque nunca la necesitó realmente, solo en la medida en que los demás no soportan su ausencia. Y es tan fácil discriminar ese movimiento, esa maniobra que te empuja a conectarte, por enésima vez, para consultar el buscador, la red social, el correo electrónico (ya ni eso). Es tan fácil prescindir de esa otra media hora frente a la pantalla, y tan evidente que los mercachifles de las pantallas te quieren ahí, quietecito, mamando publicidad y regalando datos, ya desde primera hora del día, y la noche…

La única manera de recuperar, por momentos, el paraíso perdido de la infancia, pasa por desconectar el puñetero no-teléfono móvil; el tuyo y el de tu niño. Quítaselo. ¿Imposible, dices? No. Más bien «incómodo». Ahí, quietecito, está mucho más guapo y soportable, ¿verdad? Él jugando a doscientos por hora, y la niña, mírala, sacando morritos, matándose a selfis mientras lleva hacia atrás su planchada melena, doscientas veces por minuto, buscando la perfección que le vende su pantallita... Cosa de juzgado y psiquiatra de guardia, como mínimo, y lo sabes. Y luego el loco soy yo.

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