Hay cifras que explican un país entero. Y probablemente pocas describen mejor la fractura social actual que esta: el 85,5% de los jóvenes españoles entre 16 y 29 años no ha podido independizarse. Nunca había ocurrido algo parecido desde que existen registros.
Más de seis millones de jóvenes siguen viviendo en casa de sus padres no porque quieran prolongar cómodamente la adolescencia, como tantas veces repite cierta caricatura reaccionaria, sencillamente no pueden permitirse otra cosa y el problema tiene un nombre bastante claro: vivienda.
El alquiler medio en España alcanza ya prácticamente el equivalente al salario completo de una persona joven. Y comprar una vivienda exige ahorrar durante años cantidades absolutamente imposibles para buena parte de una generación atrapada entre salarios insuficientes, precariedad laboral y precios disparados. Ese es el verdadero drama.
Porque el acceso a la emancipación ha dejado de depender del esfuerzo individual para depender cada vez más del origen familiar. De si tus padres pueden ayudarte, de si puedes compartir piso eternamente y de si tienes una red económica que amortigüe el coste brutal de simplemente intentar vivir.
Y ahí empieza a romperse uno de los grandes contratos sociales de cualquier democracia moderna, la idea de que trabajar permite construir una vida autónoma.
El informe del Consejo de la Juventud desmonta además otro de los relatos más repetidos durante años. Ni siquiera tener estudios superiores garantiza ya estabilidad o emancipación. Una parte enorme de jóvenes sobrecualificados continúa atrapada en empleos precarios, alquileres abusivos y proyectos vitales permanentemente aplazados. Lo más inquietante es quizá la normalización progresiva de esta situación, como si fuera inevitable que generaciones enteras vivan más pobres que sus padres.
Como si retrasar la independencia hasta los treinta años fuera simplemente una nueva costumbre social y no el síntoma evidente de un mercado de vivienda profundamente roto. Por eso el debate sobre la vivienda ha dejado hace tiempo de ser únicamente económico,
Porque una sociedad donde millones de jóvenes no pueden construir un proyecto de vida propio termina convirtiendo el futuro en una forma permanente de precariedad.