El cambio del Mediterráneo no está ocurriendo únicamente en los termómetros, también puede verse nadando.
Una investigación recopilada por la Academia de Ciencias, Letras y Artes de Chipre estima que aproximadamente una nueva especie no autóctona entra en el Mediterráneo cada dos semanas. Ya se contabilizan más de 1.000 especies introducidas, frente a menos de 800 recogidas en estudios europeos correspondientes al periodo 2012-2017.
Las causas no son únicas
El calentamiento del mar está creando condiciones cada vez más apropiadas para organismos propios de aguas tropicales y subtropicales. Al mismo tiempo, el canal de Suez funciona como una enorme puerta de entrada desde el mar Rojo.
Algunos recién llegados son espectaculares.
El pez león, con sus enormes aletas y espinas venenosas, se ha extendido por aguas orientales del Mediterráneo. Allí prácticamente carece de depredadores naturales eficaces y consume peces y crustáceos autóctonos.
Otros resultan todavía más problemáticos. El pez globo Lagocephalus sceleratus contiene toxinas que pueden resultar mortales para los seres humanos si se consume incorrectamente. Además, pescadores lo relacionan con daños en aparejos y presión sobre especies comerciales.
También proliferan peces conejo que devoran algas hasta crear zonas submarinas prácticamente desnudas y cangrejos azules atlánticos que están modificando comunidades costeras.
Solo en aguas griegas los científicos contabilizan más de 230 especies llegadas durante las últimas décadas.
Pero investigadores y pescadores están intentando convertir el problema en recurso.
En Chipre se ensayan trampas selectivas para capturar especies invasoras. El pez león puede consumirse una vez retiradas correctamente sus espinas y ya comienza a introducirse en determinados mercados. Los cangrejos azules invasores también han encontrado salida comercial en algunos países.
Incluso se estudian usos de otras especies en piensos, cosméticos, suplementos y productos industriales.
La noticia puede resultar especialmente relevante para España porque el Mediterráneo occidental forma parte del mismo sistema ecológico.
Durante generaciones hablamos del Mediterráneo como si fuera un paisaje natural relativamente estable. Ya no lo es.
Bajo una superficie aparentemente idéntica, uno de los mares más conocidos del planeta está cambiando de habitantes.
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